La trascendental y beatífica verdad

La voluntad del pueblo está por encima de la ley, sostienen Jorge Verstrynge y Arnaldo Otegi. Envidio su seguridad.

Frente a la arbitrariedad del monarca absoluto, en el siglo XVIII cristalizó la alternativa de la voluntad popular. Se trata, sin embargo, de una contraposición tramposa. El monarca absoluto es un señor concreto (Carlos I, Luis XVI, Nicolás II), pero la voluntad popular es un artificio. No te cruzas con ella en el rellano de la escalera ni se cría en el campo. Hay que construirla. ¿Y cómo se hace eso? Cuando a Winston Churchill le preguntaron qué opinaba de los franceses, replicó: “No sé, no los conozco a todos”. La anécdota es seguramente apócrifa, porque si algo le encantaba a Churchill era generalizar sobre los franceses y sobre cualquier bicho viviente, pero revela la dificultad de agregar miles de voluntades particulares en una que las resuma a todas.

Jean Jacques Rousseau creyó dar con una solución una vez que iba a visitar a su amigo Diderot. Fue como “un deslumbrante rayo de inspiración”, cuenta Isaiah Berlin. “Se sintió como un matemático que de pronto hubiese resuelto un problema complicado y torturante, […] como un místico que ha visto la verdad, la trascendental y beatífica verdad”. La experiencia fue tan intensa, que “se sentó a un lado del camino y lloró”.

¿En qué consistía el hallazgo? “Rousseau”, sigue Berlin, “pensaba que, puesto que la naturaleza es armonía (y esta es la gran premisa, la grande y dudosa premisa de casi todo el siglo XVIII), lo que yo en realidad deseo no puede chocar con lo que otra persona realmente desea”, porque “lo que es cierto para un hombre racional es cierto para otros hombres racionales” y, si emplean “un método válido basado en premisas auténticas”, llegarán inevitablemente “a la misma conclusión”. La voluntad popular y la recta razón son, en suma, una misma cosa.

Muchos ilustrados compartían esta ingenua convicción. Condorcet sostenía que la aplicación de criterios científicos a los asuntos morales abriría una era de “felicidad y virtud”, que él consideraba ligadas por “una cadena irrompible”. Pero la única cadena que conoció fue la que le echaron encima en Bourg-la-Reine, donde murió en 1794. El Terror que lo devoró junto a miles de compatriotas fue una brutal refutación las tesis rousseaunianas. Resultaba que dos hombres racionales sí podían llegar a conclusiones distintas, y las de Condorcet no solo no coincidían con las de Robespierre, sino que lo irritaban profundamente.

Ante la imposibilidad de acceder a la voluntad popular mediante inferencia, el liberalismo intenta otra aproximación. Recoge todas las posiciones que se dan sobre un tema controvertido (el divorcio, el aborto, lo que sea), las debate y las vota. Así funciona un régimen parlamentario y, cuando el proceso se lleva a cabo con las debidas garantías (libertad de expresión, igualdad de oportunidades, etcétera), se asume que su producto (o sea, la ley) es la expresión de la voluntad popular.

Pero, ¿lo es realmente? No, nunca lo es, porque nadie sabe qué aspecto tiene. Salvo, claro, el iluminado, el fanático, el místico que ha visto la verdad, la trascendental y beatífica verdad.

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