O ellos o nosotros

En política no hay lugar para los matices. El que no es listo es tonto, y lo es de una pieza, macizo, sin costuras.

¿Cuántos granos de arena forman un montón? Uno no, desde luego. Ni dos, ni tres. Quizás 10.000, pero ¿lo son entonces 9.999? ¿A partir de qué grano puede hablarse de montón? ¿Y cuántos pelos debe uno tener para dejar de ser calvo?

Hemos levantado nuestra civilización sobre la metafísica de Parménides: el ser es y el no ser no es. Esta lógica binaria alumbró la ciencia y sus aplicaciones prácticas, que tantas satisfacciones nos han reportado. Pero la vida está llena de fronteras porosas, de zonas difusas y territorios de transición en donde las cosas son y no son a un tiempo. “Lo humano se escapa a la razón físico-matemática como el agua por una canastilla”, escribe José Ortega y Gasset. Llevamos siglos empeñados en reducir la sociedad y la vida a explicaciones geométricas sin que haya “servido para aclararnos nada”, y en ningún ámbito es esto más cierto que en la política.

La política es la apoteosis de lo binario: izquierda o derecha, republicanos o demócratas, socialistas o liberales. No hay lugar para los matices. El que no es listo es tonto, y lo es de una pieza, macizo, sin costuras. Como dice Chantal Mouffe, la musa de Podemos, lo político es “un espacio de poder, conflicto y antagonismo”. Consiste en el enfrentamiento entre un “nosotros” y un “ellos”, cuyo resultado nunca es el consenso, sino la imposición, la hegemonía. Esta dialéctica genera una sistemática demonización del adversario. “El lío de Cataluña es culpa de la intransigencia de Madrid”, dicen los unos. “Qué va”, replican los otros, “si de algo ha pecado Madrid ha sido de blando”.

¿Quién miente? Todos y nadie. En septiembre de 2005, durante la tramitación del estatut impulsado por Pasqual Maragall, José Bono preguntó a José Luis Rodríguez Zapatero en una carta qué sentido tenía “poner en solfa la propia Constitución cuando, además, los ciudadanos de Cataluña no tienen entre sus prioridades tal reforma”. Una encuesta del Centre d’Estudis d’Opinió de la Generalitat había puesto efectivamente de manifiesto en junio de ese año que un ridículo 0,4% de los catalanes citaba un “nuevo estatuto” entre “los tres problemas que más le afectan”. En aquel momento, apenas el 14% de la población de la comunidad era partidaria de la independencia, pero cuando Zapatero abandonó la Moncloa la proporción ya superaba el 28%.

La llegada de Mariano Rajoy y su negativa a aceptar el pacto fiscal de Artur Mas dio otro vigoroso empujón al secesionismo, que año y medio después defendía el 49% de los catalanes, pero ¿es este ascenso únicamente imputable a la actitud del presidente? ¿En qué medida no se ha visto también afectado por el malestar de la crisis y la labor de agitación y propaganda de la Generalitat?

No hay modo de saberlo, pero el último interesado en dilucidarlo es el político, porque vive del voto y el voto es un instrumento igualmente burdo y binario: sí o no, blanco o negro, cero o uno. Todo el debate público es un enorme embudo por el que al final sale una papeleta y, como pontifica Mouffe, ahí solo caben ellos o nosotros.

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