La sinrazón nacionalista

“Perdóneme, pero no le entiendo. Viven ustedes en un país maravilloso, con todos los adelantos y todas las libertades imaginables. ¿Por qué se meten en el lío de la secesión?”

Hace unos años estuve en Montreal. Con tiempo soleado no hay probablemente un lugar más agradable en el planeta: próspero, limpio, civilizado, seguro… Al grupo de periodistas con el que viajaba nos asignaron como guía a un independentista quebequés. Justificadamente orgulloso de la ciudad en la que residía, el hombre sacaba a cada paso el tema del nacionalismo y, en un momento dado, alguien le comentó: “Perdóneme, pero no le entiendo. Viven ustedes en un país maravilloso, con todos los adelantos y todas las libertades imaginables. ¿Por qué se meten en el follón de separarse?” El guía tardó unos instantes en reaccionar y, finalmente, balbució algunas generalidades: somos distintos, es una aspiración histórica, el pueblo, etcétera.

He recordado este incidente leyendo en El País un reportaje sobre Canadá. “La joven historiadora del mercado Jean Talon”, escribe Amanda Mars, “se queda muda cuando le piden ejemplos que ilustren por qué sus valores son tan distintos de los de un anglófono de su ciudad. Hay algo emocional, más allá de la lengua”.

Ese “algo emocional”, ese sustrato telúrico y sentimental que ni mi guía ni la historiadora son capaces de verbalizar, parece una vulnerabilidad del nacionalismo, pero es en realidad su principal fortaleza. “Todo lo que es edificado por la razón puede ser pulverizado por la razón”, sostenía Joseph de Maistre, el aristócrata moderado al que el espectáculo del Terror jacobino convirtió en un apóstol furibundo del Antiguo Régimen. “Lo único que puede dominar al ser humano es el misterio impenetrable”. Y aportaba como prueba la pervivencia desde la noche de los tiempos de la monarquía, la religión o el matrimonio. “¿Qué puede ser más absurdo que el hecho de que dos personas deban permanecer unidas hasta la muerte simplemente porque en una etapa de sus vidas se enamoraron?”

En los años 70 los revolucionarios marxistas miraban con desdén al Movimiento de Liberación Nacional Vasco desde la atalaya de sus teorías presuntamente científicas, pero dos décadas después ellos se habían disuelto como azucarillos mientras el Estado debía movilizar todos sus recursos para derrotar a ETA. Sus militantes tenían una idea muy rudimentaria de la lucha de clases y la acumulación capitalista y, cuando la policía los detenía, no les incautaba libros de Marta Harnecker o Antonio Gramsci, sino novelas de Marcial Lafuente Estefanía y Agatha Christie. Pero en su interior ardía ese “misterio impenetrable” que ni ellos mismos entendían.

Erwin Koch, un redactor de Der Spiegel, intenta desentrañarlo en una entrevista de 2001. Tras una larga búsqueda, ha localizado al etarra Kandido Azpiazu en su casa de Azkoitia y, mientras sorben té “en unas tacitas con bordes dorados sobre platitos de bordes dorados”, indaga por qué ametralló en 1980 a un concejal de la UCD.

“Yo no soy un asesino”, alega Azpiazu.

“Pero usted ha matado”.

“Porque tenía que hacerse. […] Por necesidad histórica, por responsabilidad ante el pueblo vasco, que es magnífico […] muy distinto al español”.

Y Azpiazu relata cómo, cuando era niño, “todo era bonito. Era bonito mirar a mi padre mientras trabajaba. Él me hizo a mí carpintero. Y era bonita esa sensación de ser vasco. Desde que tengo uso de razón he luchado por la independencia de los vascos”.

El nacionalismo moderno rara vez tiene que ver con la democracia, la libertad o la justicia. Su raíz es esa inefable y bonita sensación de ser vasco (o quebequés o catalán). Se alimenta de mitos y sentimientos, no de argumentos. No atiende a razones y por ello, como diría De Maistre, tiene los siglos contados.

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