Lo inconcebible

Muchos confían en que el seny frene en el último minuto la independencia. Ojalá, pero nadie ha perdido hasta ahora una apuesta por subestimar la sensatez de la Generalitat.

Cuando a media mañana del jueves pasado se confirmó que el Sabadell se iba de Barcelona, Oriol Junqueras convocó a su presidente a una reunión urgente. El contenido del encuentro no ha trascendido, pero si el conseller de Economía hubiera ofrecido a Josep Oliu garantías de que no iba a producirse una declaración de independencia, el traslado de sede no se hubiera consumado. La secesión comporta la salida de Cataluña de la UE y, por tanto, la quiebra de sus bancos, cuyos pasivos en euros no podrán cubrir unos activos denominados en endebles pesetas (o en la moneda que la nueva república quiera adoptar).

Puesto ante la tesitura de salvaguardar los intereses de sus depositantes o colmar el narcisismo de sus políticos, Oliu optó por el seny, que prevaleció así por primera vez en todo este delirante procés.

Bueno, no, digo mal. Fue la segunda epifanía del seny en pocos días. La primera había tenido lugar el fin de semana anterior, en el vestuario del Barça, cuando se planteó aplazar el encuentro contra la Unión Deportiva Las Palmas en protesta por las cargas policiales. ¿Cómo podían saltar al campo mientras el pueblo se desangraba en la calle? Entonces alguien observó que iban a perder los tres puntos del partido y otros tres por sanción. Me imagino el silencio apenas roto por un balbuciente: “Osti tu”. Y es que el derecho a decidir es sagrado y todo eso, pero el Madrid se ponía a un punto y una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. En resumidas cuentas, que acabaron jugando.

Mucha gente confía en que estos destellos de pragmatismo frenen en el último momento lo inconcebible, pero nadie ha perdido hasta ahora una apuesta por subestimar la sensatez de la Generalitat. Además, esa proclamación unilateral que nos parece inconcebible ha sido por desgracia la norma en nuestro pasado reciente. El siglo XIX y buena parte del XX están llenos de iluminados que atropellan el ordenamiento vigente en el nombre de alguna realidad superior y eterna: la voluntad popular, la moral divina, la justicia social, la nación sacrosanta.

Torcuato Fernández Miranda atribuía la tragedia de España a que nunca se había respetado la ley. Los sucesivos regímenes se levantaban tras un pronunciamiento o una revolución, sin respetar las opiniones discrepantes. Ese vicio de origen había alentado el resentimiento y la inestabilidad. Por ello, cuando le encomendaron la educación del príncipe Juan Carlos, le instó a evitar la ruptura y lograr que la transición de la dictadura se hiciera con el máximo consenso, de la ley a la ley.

Ahora, Junts Pel Sí y la CUP pretenden reeditar los grandes éxitos del XIX. Como aquellos espadones que Ortega y Gasset describe en España invertebrada, sus líderes están “convencidos de su idea no como está convencido un hombre normal, sino como suelen los locos y los imbéciles. Cuando un loco o un imbécil se convence de algo, no se da por convencido él solo, sino que al mismo tiempo cree que están convencidos todos los demás mortales”.

Los independentistas se ven a sí mismos inaugurando la Arcadia feliz, pero al ignorar la ley y el consenso siembran el agravio que prepara el terreno para el próximo loco o imbécil.

Un comentario en “Lo inconcebible

  1. No tiene desperdicio. La cita de Ortega, muy oportuna y actualísima. La figura de Fdez. Miranda creo que está injustamente olvidada. Desmontar todo el entramado jurídico de los tiempos de Franco sin que pase nada, no debió ser nada fácil. Nunca se lo agradeceremos bastante.

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