¿Por qué tenemos tanta prisa?

El ocio ha sido históricamente el distintivo de los triunfadores. Hoy trabajan más que nadie.

Vivimos apremiados por la falta de tiempo. La existencia se nos va, no llegamos a nada. Esto no era lo acordado, como acertadamente señala The Economist. Cuando Keynes visitó la Residencia de Estudiantes en 1930 nos contó que gracias a la acumulación de capital la generación de sus nietos (o sea, la nuestra) no tendría que trabajar más de tres horas diarias y que el gran problema de esa nueva “edad de la abundancia y el ocio” sería cómo defenderse del tedio, algo para lo que el ciudadano ordinario no había sido educado.

Es verdad que la semana laboral se ha reducido notablemente en Occidente, pero estamos lejos de esa jornada de tres horas y, sobre todo, de cualquier sensación de tedio. La tecnología que debía liberarnos nos ha esclavizado. En casa, en la oficina, en el autobús suenan constantes alertas que nos recuerdan que ha llegado otro correo inútil, que debemos salir hacia una cita eludible o que cumple años alguien que ni siquiera sabíamos que siguiera vivo. Cuando vamos por la calle, nos movemos a todo lo que nos dan las piernas. Unos pinzados del British Council se han dedicado a medir la velocidad a la que se camina en distintas ciudades y han comprobado que Keynes no podía estar más equivocado: cuanto más próspero es el país, más acelerados van sus peatones. En Madrid circulamos a 100 metros por minuto, casi el doble que en Malawi. ¿Por qué tenemos tanta prisa?

El Nobel Gary Becker ya observó que cuando los salarios aumentan se tiende a trabajar más. Es una cuestión de incentivos. En las sociedades poco productivas, el empleo está mal remunerado y no se da mucha diferencia entre el bienestar del obrero que se mata y el del que funciona a un ritmo más flojo. Ambos arrastran una existencia miserable.

Pero a medida que la paga mejora, esforzarse compensa cada vez más y el coste de oportunidad del ocio (es decir, lo que se deja de ingresar por no trabajar) se dispara hasta alcanzar niveles estratosféricos en la cúspide de la pirámide de rentas. Piensen en esos ejecutivos de Wall Street que ganan miles de dólares por hora. Cada minuto suyo es oro líquido. ¿Cómo van a echarse una siesta después de comer? Al cabo de un año habrían perdido millones. Por eso Donald Trump se levanta a las cinco de la mañana, engulle un sándwich en su despacho al mediodía y nunca se coge vacaciones.

Ese ritmo agobiante acaba desbordándose hacia otros compartimentos de nuestra vida, porque la conciencia de que tenemos poco tiempo libre nos induce a aprovecharlo al máximo y lo llenamos con todo género de actividades: pádel, excursiones, cenas, cines, conciertos… El ocio queda así sometido a la tiranía de la agenda y nos increpa también desde el móvil con nuevos avisos que, como el restallido del látigo, nos tienen todo el día corriendo de un lado para otro.

La indolencia y la desocupación fueron en su momento los rasgos distintivos de los privilegiados. Los condes de las novelas de Tolstoi alardean de sus manos pálidas y de largas uñas, que certifican una absoluta falta de quehaceres. Hoy al triunfador se le reconoce porque va con la lengua fuera y no llega a nada.

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