Dejar en paz a don Pelayo

Hace tiempo que la historia se les escapó de las manos a los historiadores y cobró vida propia. La policía científica lleva décadas persiguiéndola, pero la gente la acoge en sus casas, la alimenta, la defiende.

Muchos españoles consideran que el Gobierno central debería recuperar las competencias en educación. En algunas autonomías los colegios se han convertido en “un fértil campo de cultivo” del nacionalismo, denuncia en El Mundo Olga R. Sanmartín, y cuenta cómo John H. Elliott se quedó “estupefacto” cuando “un universitario” intentó “convencerlo de que la Guerra Civil había sido un conflicto de España contra Cataluña”.

Este país está lleno de idiotas y el encontronazo del hispanista con el encendido apóstol del secesionismo no debería sorprendernos. La escuela y la universidad tienen una influencia relativa en la conformación de las mentes. El franquismo nos sometió a millones de niños a una cuidadosa dieta nacionalsindicalista y, cuando en 1977 se celebraron las primeras elecciones libres, la Falange no sumó ni el 1% de los votos.

Incluso en el caso de que la indoctrinación funcionara, ¿qué debería enseñarse? Como explica Miguel-Anxo Murado, la historia académica no le importa a nadie: es “difícil de leer”, “muy seca” y carece de “esos elementos narrativos […] que llaman la atención de la gente”. Lo que los partidarios de recentralizar la enseñanza tienen en mente es un género literario que surge con el Romanticismo para legitimar el estado nacional y que se nutre de héroes como don Pelayo y gestas como Covadonga, que probablemente no fue más que una escaramuza, si es que alguna vez tuvo lugar.

Ningún profesional serio defiende hoy esa historia, pero “se ha refugiado en el cine, en la televisión” y desde ahí pervive y se perpetúa. Personas cultas elogian el rigor extraordinario de una serie como Isabel porque se ajusta a las crónicas de la época, pero “solo conocemos aquellas que defienden su legitimidad”, dice Murado en La invención del pasado, “todas las demás fueron eliminadas”. También se aduce que el vestuario se ha reconstruido minuciosamente a partir de la pintura coetánea, pero ¿era el que usaban realmente? Pensemos, observa Murado, en esos retratos de principios del siglo XX en los que los campesinos posan con traje, corbata y cuello de celulosa. Un arqueólogo del futuro que no tuviera otros documentos podría concluir que era su ropa de diario, que salían así al campo, cuando a menudo ni era suya: se la alquilaban los fotógrafos.

Hace tiempo que la historia se les escapó de las manos a los historiadores y cobró vida propia. La policía científica lleva décadas persiguiéndola, pero el pueblo la acoge en sus casas, la alimenta, la defiende. Erradicarla no es sencillo y es posible que ni siquiera deseable. Necesitamos relatos que nos ayuden a ordenar el angustioso caos que nos rodea y, cuanto más insisten en arrebatárnoslos, más nos aferramos a ellos.

Pero sí podemos comprometernos a no usar la historia como arma arrojadiza. No hay una versión oficial y definitiva, como dan por supuesto quienes hablan de recuperar las competencias en educación o quienes promulgan leyes de la memoria. “La historia es como la ceniza de un incendio”, escribe Murado. “No es el incendio, ni siquiera un resto del fuego, sino un vestigio de los efectos del incendio”. Una base demasiado débil e inestable, que jamás nos proporcionará las certezas que demanda la acción política.

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