“Me he comprado un Mercedes, pero no es el tope de gama”

A los indeseables hay que tratarlos con amabilidad, pero no para irritarlos, sino sinceramente.

Atravesar cada día serenamente, sin deslizarse por la suave pendiente que lleva a la frustración y la melancolía, requiere un temple notable. El mundo (admitámoslo) anda lleno de idiotas. Está, por ejemplo, el que te informa de que se ha comprado un Mercedes, para puntualizar a renglón seguido: “Pero no es el tope de gama”. O el que te dice: “Uf, cómo me estoy poniendo”, cuando pesa bastante menos que tú.

¿Qué pretenden? Parece que piden disculpas, pero es un astuto gambito con el que pretenden desactivar cualquier ataque contra sus puntos débiles para centrarse en los tuyos. En realidad, tú no pensabas atacar a nadie (ni mucho menos ser atacado), pero para ellos cada conversación es un pugilato. No pueden remediarlo. Todas las mañanas se echan al mundo dispuestos a demostrar que son los mejores.

Yo siempre he concebido la conversación como un pasatiempo civilizado. Mi hijo Miguel la compara con ese juego de palas que se practica en la playa. El objeto es mantener la pelota en el aire el mayor número posible de golpes, lo que exige facilitar al interlocutor la réplica, sonreír, soltar de cuando en cuando: “Ah, qué interesante”. Pero estas personas machacan inmisericordes cada globo que les envías. “A mí eso me parece una tontería”, sentencian despectivas cuando se aborda un tema que no dominan, y no cejan hasta que imponen otro en el que puedan lucirse: la biografía de Maria Antonieta, la decadencia moral de Occidente, le teoría de cuerdas, lo que sea.

¿Qué hacer con gente así?

No se me ocurre peor movimiento que aceptar el gambito y contraatacar. A los indeseables hay que tratarlos con amabilidad, pero no para irritarlos, sino sinceramente. Rafael Santandreu recoge en Ser feliz en Alaska el apólogo del monje y el discípulo que viajan por un solitario camino y divisan a lo lejos un elegante carruaje tirado por cuatro caballos. “A medida que se aproximaba, se dieron cuenta de que el vehículo no frenaba ni se apartaba del centro de la vía. En un minuto lo tuvieron encima, así que saltaron a una zanja”. El discípulo pensó en lanzarles una maldición, pero antes de que pudiera articular palabra, el maestro exclamó: “¡Que la vida os colme de bendiciones!”

El joven no podía dar crédito a sus oídos. “¡Pero si casi nos atropellan!”, le dijo mientras se incorporaba y se sacudía el barro de la ropa.

“¿Piensas de veras que si fueran felices irían por ahí molestando a los demás?”, replicó impávido el maestro.

Es una reacción parecida a la que tiene Sonia en Crimen y castigo cuando Raskólnikov le confiesa que ha matado a la usurera. Se levanta y estrecha al estudiante contra su pecho. “No lo entiendo, Sonia”, le dice este. “Me abrazas y me besas después de lo que te acabo de contar”.

“Ella no le escuchó”, escribe Dostoievski. “Exclamó conmovida: ‘¡No hay en el mundo ningún hombre tan desgraciado como tú!”

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