Tetas de Hombre

¿Por qué nos cuesta tanto deshacernos de nuestras opiniones?

No podemos remediarlo: nos encanta tener razón. El problema es que también necesitamos tomar decisiones acertadas y lo uno no es siempre compatible con lo otro. Se puede ganar un debate, callar al antagonista, humillarlo incluso y, sin embargo, estar equivocado.

Si fuéramos perfectamente racionales, cada vez que alguien nos rebatiera de modo convincente no sentiríamos una punzada de humillación, sino la misma plenitud que experimentamos cuando una idea se nos ocurre a nosotros. Diríamos: “Es verdad”, y cambiaríamos de punto de vista.

Pero las ideas inéditas deben abrirse paso a través de un sedimento de prejuicios. ¿Por qué nos cuesta tanto deshacernos de nuestras opiniones? “La gente se esfuerza mucho para obtener información que ya tiene y evitar los conocimientos nuevos”, anotó en cierta ocasión el psicólogo israelí Amos Tvarsky. Advertimos sin dificultad el dato que confirma nuestra teoría y rechazamos el que la contradice. Michael Lewis cuenta que en la liga americana de baloncesto emplean sofisticados modelos matemáticos para determinar a quién contratan cada temporada y, en 2007, identificaron a un novato de 2,12 metros que jugaba de pívot en España: Marc Gasol. “Al algoritmo [de los Rockets de Houston] le gustó mucho”, escribe Lewis. Pero los registros de asistencias, canastas y rebotes iban acompañados de una foto en la que exhibía el torso desnudo. “Estaba fofo, tenía cara de niño y le bailaban los pectorales”, y los cazatalentos le colgaron el remoquete de Man Boobs, Tetas de Hombre.

“Los nombres importan”, reflexiona Lewis. El equipo técnico de los Rockets se pasaba el día riéndose de Gasol: Tetas de Hombre por aquí, Tetas de Hombre por allá. “Era la primera vez que estaba al cargo de la selección y me faltó valor”, reconocería años después Daryl Morey, el director general de los Rockets. A pesar de las fabulosas estadísticas de Gasol, dejó que los Grizzlies se lo quedaran y resultó “el tercer mejor fichaje de la NBA en toda la década, después de Kevin Durant y Blake Griffin”.

Pocas personas toman una decisión basándose exclusivamente en los números, sobre todo si deben rendir cuentas de ella, porque ¿qué ocurre cuando algo sale mal?

“Tenía un porcentaje de triples del 54%”, habría alegado Morey.

“Claro”, le habrían replicado entre risitas, “no había más que mirarle las tetas”.

Los números se comprenden mal y para el ciudadano de a pie no significan nada. Nuestros cerebros no han sido diseñados para el conocimiento científico de la realidad. Es demasiado compleja, no hay tiempo. Deben generar rápidas certezas que orienten la acción y, para ello, elaboran hipótesis plausibles, como por ejemplo: los buenos pívots poseen torsos musculosos. No son reglas de conducta perfectas, pero han funcionado en el pasado y, una vez contrastadas, el sistema nervioso las almacena en la memoria y las marca con una carga emocional que agiliza su recuperación, pero que también dificulta su refutación.

Tenemos poderosos motivos para encapricharnos con nuestras opiniones, porque seguramente nos han rendido servicios inapreciables. Pero como cualquier otro artefacto humano tienen una vida útil y, cuando ya no funcionan ni explican nada, deberíamos ser capaces de renunciar a ellas con la misma naturalidad con que nos desprendemos de una tele que no se ve o de un microondas que no calienta.

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