Elogio de la cobardía (o por qué Puigdemont va tan bien en los sondeos)

El soldado que huye es un miserable y nos podrá caer fatal, pero, como dicen los italianos, vale para otra batalla.

Si un candidato le dijera a su jefe de campaña: “He pensado huir esta noche a escondidas mientras meten en la cárcel a mis compañeros de Gobierno”, lo normal es que le respondiera: “¿Estamos tontos o qué nos pasa?” El relato electoral requiere cierta épica y el ingreso en prisión, como si uno fuera el conde de Montecristo, parece más apropiado que una fuga vergonzante.

Sin embargo, y a la espera de lo que suceda este 21 de diciembre, ahí están los sondeos: desde su indigno refugio belga, Carles Puigdemont no ha dejado de comerle terreno a Oriol Junqueras. ¿Cómo es posible?

“Los cobardes mueren muchas veces, los valientes solo una”, proclama el Julio César de Shakespeare la mañana de su asesinato, después de que Calpurnia le refiera sus terribles premoniciones y le ruegue que no acuda al Senado. Es una frase soberbia, pero imprudente, porque César acaba efectivamente cosido a puñaladas debajo de la estatua de Pompeyo.

El soldado que huye es un miserable y nos podrá caer fatal, pero, como dicen los italianos, vale para otra batalla. Además, ni siquiera es verdad que nos caiga fatal. En infinidad de comedias disfrutamos con las salidas de los cobardes. Woody Allen ha alumbrado algunos inolvidables. ¿Recuerdan la escena de Sueños de seductor en la que explica a un amigo cómo se ha desembarazado de dos tipos que se pusieron tontos con su chica en un bar? “Tuve que darles una lección”, alardea. “A uno le golpeé con la cara en un puño y a otro le di en la rodilla con mi nariz”.

A los americanos Woody Allen no les hace tanta gracia y, de hecho, si viviera exclusivamente de la taquilla de su país, sus películas no cubrirían gastos. A los americanos los educan con el apólogo de George Washington, que siendo niño taló un cerezo e, incapaz de mentir a su padre, confesó noblemente que había sido él, para que no castigara a otro en su lugar. A los españoles lo que nos enseñan en el colegio es cómo el Cid engaña a los judíos entregándoles dos arcas supuestamente llenas de oro, pero que en realidad solo contienen arena, y también cómo el Lazarillo pone al ciego delante de una columna y le dice que salte con todas sus ganas para cruzar un arroyo inexistente y lo abandona luego “medio muerto y hendida la cabeza”.

Si la historia del Lazarillo la hubiera contado Charles Dickens, los británicos llevarían llorando sin parar desde el siglo XVI, pero a nosotros no nos interesan los padecimientos de los huerfanitos de buen corazón, sino las andanzas de los pícaros sin escrúpulos. Nuestro modelo de gobernante no es George Washington, sino Fernando el Católico, al que Maquiavelo llama “príncipe nuevo” y elogia porque invadió Granada sin otro motivo que distraer a los aristócratas “de toda veleidad de cambio” y consolidar su poder, y porque, en otro calculado gesto de “pía crueldad”, expulsó y expolió a los judíos: “una acción mezquina […] como pocas”, admite, pero que sirvió para mantener “en vilo y asombrados los ánimos de sus súbditos”.

Así nos tiene Puigdemont: en vilo y asombrados. De Junqueras, por el contrario, apenas ha habido noticia.

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