Las ideas despreciables

Cuando la fe flaquea, lo racional es revisarla y, en su caso, abandonarla.

Pablo Iglesias no acudió a la capilla ardiente del fiscal general del Estado, José Manuel Maza, porque tenía “algo de homenaje”. Anteponer las ideas a los afectos le pareció un gesto de coherencia. Expresar simpatía habría sido una muestra de debilidad. El auténtico marxista se mantiene firme incluso cuando hay que “prender y fusilar a los hijos de los adversarios”, como hizo Stalin en 1919 y Trotski aplaudiría años después en Su moral y la nuestra. “Si la revolución hubiera manifestado desde el principio menos inútil generosidad, centenares de vidas se habrían ahorrado en lo que siguió”.

Este frío cálculo utilitario parte, sin embargo, de un lamentable equívoco: que la verdad es eterna y, una vez descubierta, debe imponerse sin miramientos. Por desgracia, la verdad es transitoria y no se descubre, sino que se construye. Cuestiones que nuestros antepasados dieron por incontestables pertenecen hoy al ámbito de las supersticiones y hasta del delito: leer el futuro en las vísceras de un buey, la esclavitud, la discriminación racial y religiosa… El progreso consiste en respetar a las personas y desechar las ideas, justo lo contrario de lo que enseñaban Stalin y Trotski.

Algún viejo rockero se lamentaba del “tremendo empuje” neoconservador tras el colapso de la Unión Soviética y de su “eficacísima estrategia cultural”, y sentenciaba: “Es difícil ser de izquierdas”. Pues no lo sea, oiga, no es obligatorio. La filiación política no es un estigma con el que haya que cargar para toda la eternidad. Es algo que uno elige porque lo considera adecuado. Pero cuando la fe flaquea, lo lógico es revisarla y, en su caso, abandonarla. La ideología no debe sostenernos a nosotros; somos nosotros los que debemos apuntalarla con nuestros argumentos y, si vemos que estos se tambalean, quizás haya llegado la hora de abandonarla.

“Lo que de veras quieren las ideas es ponerse a prueba, exponerse a ser rebatidas o confirmadas”, escribe Aurelio Arteta en Tantos tontos tópicos. “Por eso la vida de las ideas, en su afán imparable por valer para todos, consiste en un andar a la greña entre sí”. Al preservarlas del enfrentamiento, nos exponemos a que cristalicen en dogma, de modo que “el único respeto debido” a las ideas es, según Arteta, perderles todo respeto, asumir su carácter humilde de guías para la acción. Y concluye con esta anécdota: “Cuando se le preguntó al [antiguo camisa parda] Kurt Waldheim [que llegaría a ser secretario general de la ONU] si había leído Mein Kampf de Hitler […] esbozó esta respuesta: ‘Quizás debería haberlo leído. Tal vez hubiera comprendido mejor: hay quien dice que todo estaba ahí”.

Como otros nazis sobrevenidos Waldheim prefirió, sin embargo, no examinar el endeble andamiaje de una doctrina cuyo rechazo le hubiera obligado a renunciar a una carrera o un cargo apetecibles. Ese es a menudo el problema de fondo. Estamos demasiado a gusto no con las ideas en sí, sino con lo que nos procuran: fama, prestigio, votos… Pasar por encima de la capilla ardiente del fiscal no parece un precio exagerado a cambio.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s