Maldito sesgo

No somos fríos optimizadores al estilo del señor Spock, como pretende la teoría económica clásica. Somos humanos vulnerables a las ilusiones que fragua nuestro propio cerebro.

“El postulado central de la economía es que la gente optimiza”, escribe Richard Thaler en Todo lo que he aprendido con la psicología económica (Deusto, 2016). “De entre todos los bienes y servicios que se le ofrecen, cada familia escoge lo mejor que se puede permitir”. Pero, se plantea el Nobel a renglón seguido, ¿realmente es así? Basta un paseo por una gran superficie para comprobar la enormidad de artículos expuestos por cada categoría. En el supermercado de su barrio, el psicólogo estadounidense Barry Schwartz contó una vez 285 tipos de galletas dulces, 16 purés de patata instantáneos, 120 salsas para pasta, 275 cereales y 175 aderezos para ensalada.

Obviamente, nadie lleva a cabo una cata exhaustiva para determinar cuál de los 175 aderezos para ensalada prefiere, pero durante mucho tiempo se consideró que nos comportábamos como bayesianos conservadores. La expresión procede del matemático inglés Thomas Bayes, que en el siglo XVIII concibió un teorema para hacer inferencias a partir de una muestra limitada. Permítanme poner un ejemplo.

Supongamos que es usted el responsable de aduanas de un puesto fronterizo con Borduria, un importante exportador de cocaína. Los servicios de inteligencia le han alertado de que el Gobierno bordurés aprovecha el 10% de sus delegaciones oficiales para introducir droga, pero discretamente: solo dos de los 10 miembros la llevan. Dentro de unos días recibe a una misión y, aunque no quiere ocasionar un incidente internacional, tampoco puede tolerar el contrabando. Discute el asunto con sus dos ayudantes y uno le dice que lo siente mucho por las relaciones diplomáticas, pero que el único modo de asegurarse de que los bordureses no llevan nada encima es registrarlos a todos. “No es preciso”, replica el otro. “Con inspeccionar a dos es suficiente”. ¿A quién hace usted caso?

Bayes se inclinaría por el segundo. No voy a aburrirles con los números, pero de acuerdo con su teorema, si ninguno de los dos delegados cacheados oculta cocaína, las posibilidades de que la misión esté limpia son del 94%. Es una cifra sorprendentemente elevada y demuestra que se pueden efectuar estimaciones bastante precisas a partir de muy poca información, que es como generalmente funcionamos.

El común de los mortales no tiene naturalmente ni idea de qué es una inferencia bayesiana, pero una serie de experimentos realizados tras la Segunda Guerra Mundial desvelaron que individuos legos en estadística se comportaban como si la conocieran. Cuando sacaban una ficha roja de una bolsa, decían que esta contenía sobre todo fichas rojas. Y cuando las tres primeras eran rojas, se aventuraban a afirmar que la probabilidad de que hubiera más fichas rojas era de tres contra una. Aunque la asunción era correcta, se quedaba corta. La probabilidad real era muy superior y por eso se hablaba de bayesianos conservadores.

La conclusión que se extrajo fue que, del mismo modo que un jugador de billar no necesitaba saber física para realizar sus carambolas, los ciudadanos de a pie nos las arreglábamos para dar con el aderezo para ensalada adecuado mediante catas parciales y sin recurrir a fórmulas matemáticas. A veces nos equivocábamos, pero era culpa de las emociones y, como estas eran aleatorias, se contrarrestaban entre sí y los economistas podían ignorarlas con tranquilidad a la hora de elaborar sus modelos.

Esta simplificación que nos retrata como “fríos optimizadores, al estilo del señor Spock de Star Trek”, como escribe Thaler, empezó a desmoronarse en la primavera de 1969, cuando el psicólogo israelí Daniel Kahneman invitó a Amos Tversky a impartir un seminario a sus alumnos. La exposición versó sobre los experimentos de las fichas rojas y, cuando terminó, Tversky se giró hacia su colega en busca de aprobación, pero tropezó con un gesto de absoluta perplejidad. “Danny [Kahneman]”, recuerda Michael Lewis en Deshaciendo errores (Debate, 2017), “creía que la prueba que describía Amos [Tversky] era una estupidez. Cuando alguien saca una ficha roja de una bolsa aumentan las probabilidades de que suponga que dentro hay más fichas rojas: muy bien, pues vaya. ¿Qué iba a suponer si no?”

Una vez superada su sorpresa, Kahneman pasó al ataque. “La noción de que todo el mundo tiene derecho a manifestar su opinión”, explicaría más adelante, “era muy típica de California, pero en Jerusalén las cosas son distintas”. Kahneman llevaba años observando cómo las personas cometían errores de previsión garrafales. Derrochaban alegremente sin pensar en la jubilación, conducían bebidas o pagaban cifras absurdas por bulbos de tulipán. ¿Dónde estaba la racionalidad de todo eso?

Tversky era a la sazón el enfant terrible de la psicología y no estaba habituado a que lo vapulearan en público, pero sabía apreciar una línea de investigación en cuanto la veía y estableció con Kahneman una sociedad cuyo primer hito fue corroborar que no somos bayesianos conservadores ni progresistas. En “La creencia en la ley de los pequeños números” (1971), el artículo inicial de una fecunda colaboración, demostraron que, sea lo que sea lo que nuestra mente hace cuando se enfrenta a una situación de incertidumbre, no es estadística. Al contrario. Ignora cualquier cálculo matemático. Por eso nos inquietan tanto los atentados terroristas, a pesar de que es mucho más probable morir ahogado en la bañera. Y por eso consideramos que los tiburones son peligrosos y los mosquitos inofensivos, aunque aquellos matan a 10 humanos al año y estos a 750.000.

Pero si la mente no hace estadística, ¿qué es lo que hace?

Vocación. A principios de los 70, más o menos por la época en que Kahneman y Tversky se dedicaban a catalogar sesgos cognitivos, mi amigo José Miguel Sanz aprobó COU y decidió hacerse novelista. Sus padres no acogieron el anuncio con entusiasmo. Eran un matrimonio humilde y les hacía ilusión que el mayor de sus dos hijos fuera a la universidad y estudiara para abogado o médico.

“Ya, pero lo que yo quiero es ser escritor”, les explicó José Miguel con el sereno aplomo que gastaba. Jamás lo vi perder la calma, pero tampoco vibrar de entusiasmo. El desencanto era un estado de ánimo altamente apreciado en los círculos intelectuales de la época, pero en el caso de José Miguel no era premeditado. Le salía espontáneamente.

Nos conocimos en 1980 a través de un amigo común, Jesús Marchamalo. Entre los tres realizamos un efímero programa de humor para Radio Juventud. Con Jesús discutía alguna vez, pero con José Miguel nunca. Le fascinaban la literatura de Dashiell Hammett y Raymond Chandler y el cine de Woody Allen, y congeniamos en seguida. Yo admiraba secretamente la determinación con que seguía el dictado de su vocación. José Miguel había interiorizado la sentencia de Edison de que el genio es un 1% de inspiración y un 99% de transpiración y cada mañana se sentaba delante de la máquina y no se levantaba hasta haber producido media docena de folios.

“Es como ir a la oficina”, decía con su absoluta falta de romanticismo.

No sé si llegó a saberlo, pero esa constancia implacable era la misma fórmula que había llevado al éxito a su admirado Woody Allen. “Su rutina consistía en escribir hasta 15 horas seguidas”, cuenta un biógrafo del director de Annie Hall. José Miguel no llegaba a tanto, pero seis folios diarios son una cantidad respetable. No tarda uno en amontonar una obra voluminosa y, aunque José Miguel no encontraba quien se la editara, no desfallecía. Era consciente de que todas las grandes figuras habían pasado su travesía del desierto.

A mí me daban un poco de pena sus padres y, como José Miguel no era ningún monstruo, a él también se la daban, así que después de un tenso tira y afloja, accedió a matricularse en Topografía y Delineación. Sacó la carrera a curso por año y, en cuanto tuvo el título, lo enmarcó y se lo regaló a sus padres.

“Ya he hecho lo que vosotros queríais”, les dijo. “Ahora dejadme que haga yo lo que quiera”.

Luego se encerró en su dormitorio y se consagró a aporrear su Olivetti cinco horas diarias, de lunes a sábado. Los domingos le gustaba pasear por el Retiro.

Representatividad. Una de las premisas de Kahneman y Tversky es que nuestro cerebro no reproduce fielmente la realidad. No tiene tiempo. “El universo es demasiado grande y complejo para que seamos capaces de verlo todo”, dicen Stephen Macknik y Susana Martínez-Conde en Los engaños de la mente (Destino, 2013). Cuando admiramos una alfombra persa, nuestras retinas no procesan cada hilo, cada nudo. “No tenemos suficientes células […]. Vemos una pequeña porción […] y rellenamos el resto”.

No miramos únicamente con los ojos, sino con hipótesis. Cuando juzgamos algo, lo hacemos comparándolo con alguna referencia que guardamos en la memoria. ¿Cómo ha llegado ahí? No lo sabemos. Quizás la evolución la haya seleccionado porque, en condiciones normales, es una representación útil. Cuando vemos una cabeza asomando por un extremo de una caja y unos pies por el otro, deducimos que pertenecen a la misma mujer, y generalmente acertamos. Pero un mago puede aprovechar nuestra suposición para meter a dos mujeres y crear la ilusión de que ha aserrado a su asistente por la cintura.

A la visión antropocéntrica del cerebro como un instrumento de precisión casi perfecto, Kahneman y Tversky oponían la imagen de una navaja del ejército suizo: una herramienta versátil y aceptable para muchas tareas, pero que no llegaba a ser del todo apropiada para ninguna y que a veces nos inducía a error. Por ejemplo, cuando preguntaban: “¿Qué secuencia de sexos es más frecuente en seis hermanos: HMHHHH o MHMHHM?”, la mayoría escogía la segunda, porque se acercaba más a la idea que se tiene de una familia típica. Las matemáticas asignan a ambas las mismas posibilidades, pero si un proceso se debe al azar, consideramos que su resultado debe reflejarlo. “Durante la Segunda Guerra Mundial”, dice Michael Lewis, “los londinenses estaban convencidos de que los proyectiles alemanes iban dirigidos a objetivos concretos, porque ciertos barrios de la ciudad fueron golpeados de forma reiterada”, pero investigaciones posteriores “probaron que la distribución era la que cabía esperar de un bombardeo aleatorio”.

No solo se nos da fatal la estadística, sino que nos gusta dotar a todo de sentido. Atribuimos formas de animales a la disposición fortuita de las estrellas o a la silueta caprichosa de una nube, y juntamos hechos dispersos en relatos a los que nos aferramos contra toda evidencia. “Era muy fácil”, decía Kahneman, “encontrar auténticas idioteces que eran aceptadas como verdades sagradas por el mero hecho de que formaban parte de una teoría a la que los científicos habían dedicado su carrera”.

Impresionismo. El sesgo de representatividad fue el primero que describieron Kahneman y Tversky, pero no tardaron en tropezar con otro igualmente poderoso: el de disponibilidad.

“Existe una tendencia muy fuerte a olvidar los fracasos y concentrarse en los aciertos”, escribe el matemático John Allen Paulos en El hombre anumérico (Tusquets, 1990). “Los casinos abonan esta tendencia haciendo que, cuando alguien gana un cuarto de dólar en una máquina tragaperras, parpadeen las lucecitas mientras la moneda tintinea en la bandeja de metal. Con tantas lucecitas y tanto tintineo, no es difícil llegar a la conclusión de que todos están ganando. Las pérdidas son silenciosas”.

Cualquier incidente vívido o reciente tiene más probabilidades de ser recordado. Nuestra memoria no es una biblioteca donde los sucesos se archivan meticulosamente. Es más bien el dormitorio de un adolescente, con carteles llamativos en las paredes y montones de ropa tirada por el suelo, y cuando metemos la cabeza para recuperar alguna información, la que está disponible no suele ser la más relevante. Hay que apartar antes muchas imágenes de tiburones y atentados.

Este desbarajuste tiene seguramente una justificación evolutiva: el sistema nervioso marca emocionalmente las amenazas potenciales para la especie. Pero al dejar que lo impresionante prevalezca sobre lo probable, acabamos trazando mapas de la realidad distorsionados y siguiendo rutas que no llevan a ningún lado.

José Miguel fue una víctima de este sesgo de disponibilidad. Las ejecutorias de Chandler, Hammett y Allen eran eventos impresionantes, pero improbables. La historia saluda con lucecitas y tintineos a los pocos que materializan su sueño y silencia a los miles que se quedan por el camino.

La chica de ayer. Una tarde de principios de 2006 recibí la llamada de una desconocida. “Soy la novia de José Miguel”, se identificó.

Después del breve episodio del programa de humor, no había vuelto a trabajar con José Miguel, pero habíamos conservado la relación. Yo me había orientado hacia el periodismo económico y él seguía aferrado a su vocación literaria, que simultaneaba con alguna colaboración para la radio, la prensa e incluso una agencia de detectives privados. Al borde de la cincuentena, se había comprado un piso, pero la inestabilidad financiera aún lo obligaba a pasar alguna temporada con sus padres.

Solíamos quedar una o dos veces al año. Comíamos en un bar del centro y luego caminábamos sin rumbo fijo por Madrid. Su novia de toda la vida se había casado con otro, imagino que desesperada ante la ausencia de perspectivas, y él había empezado a salir con una chica a la que llevaba algunos años. Nunca me dio muchos más detalles sobre ella y por eso no la reconocí cuando me llamó aquella tarde para decirme que José Miguel había muerto de un tumor fulminante.

“Hablaba a menudo de Jesús, de ti y de vuestra época en Radio Juventud”, me comentó. “Pensé que os gustaría saberlo”.

En el tanatorio de San Isidro estaban sus padres y su hermano. Les di el pésame e hice algo que nunca hago: asomarme para ver al difunto. Me parecía tan increíble que José Miguel hubiera fallecido que necesitaba cerciorarme con mis propios ojos.

Modelos para armar. “La obra que Amos [Tversky] y Danny [Kahneman] crearon juntos permitió que los economistas y legisladores fueran conscientes de la importancia de la psicología”, escribe Michael Lewis. Richard Thaler es probablemente la figura que más ha hecho por divulgar sus teorías. “No tenemos por qué dejar de inventar modelos abstractos que describan el comportamiento de los imaginarios econs [abreviatura de homo oeconomicus]”, argumenta en Todo lo que he aprendido… “Lo que sí debemos hacer es dejar de asumir que estos modelos son descripciones precisas de nuestro comportamiento”.

No somos bayesianos conservadores ni fríos optimizadores. Somos, como José Miguel, personas vulnerables a las ilusiones que fragua nuestro propio cerebro.

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