La frase más terrorífica de la historia es “Aquí está naciendo un nuevo país”

 

La búsqueda del paraíso ha justificado toda suerte de atrocidades, pero su encanto no decae.

Recoge Mario Vargas Llosa en Lituma en los Andes un episodio conmovedor. Unos terroristas de Sendero Luminoso llegan a una reserva de vicuñas que el Gobierno ha creado en un altiplano perdido entre montañas y preguntan al encargado dónde están los animales. La víspera ha habido una tormenta, les explica, y han pasado la noche en unas grutas, apelotonadas, unas encima de otras, dándose calor y temblando por los rayos y truenos. “Llévanos”, le ordenan. El encargado los guía campo a través y, cuando llegan al dormidero, les pide que se oculten para no espantarlas, porque son muy asustadizas. Luego entra en la cueva de puntillas y, mediante caricias, chasqueando la lengua, tranquilizándolas, logra que empiecen a salir husmeando el aire húmedo, con las orejas enhiestas, moviendo la cabeza a izquierda y derecha.

Entonces los senderistas proceden a masacrarlas concienzuda, meticulosamente. “Además de dispararles, algunos corrían al encuentro de las que trataban de escapar, cerrándolas, arrinconándolas, y las acababan a culatazos y cuchillazos. […] Uno de ellos hizo volar a dos crías que habían quedado quietas junto a la madre muerta, reventándoles un cartucho de dinamita”.

¿Cómo se justifica una barbaridad semejante?

“Esta es una reserva del enemigo”, le dicen al encargado cuando, sin fuerzas ya para seguir implorando, se desploma sobre la tierra, horrorizado. “No nos gusta hacer esto”, pero era indispensable. Como otro terrorista argumenta más adelante, “aquí está naciendo un nuevo país. Con mucha sangre y mucho dolor”.

A lo largo de la historia de la humanidad, la coartada de un nuevo país (o de un hombre nuevo) ha amparado toda suerte de atrocidades, desde las guerras de religión a la Revolución Cultural. Pero su encanto persiste porque ¡simplifica tanto todo! La vida es un dilema constante, agotador. La empatía se interpone a cada paso, exhortándonos a apiadarnos del prójimo, a ayudarlo o al menos a no perjudicarlo en la legítima búsqueda de nuestro interés. El compromiso no es siempre sencillo. ¿Por qué debemos renunciar a una parte de nuestro dinero para subirle el sueldo al portero, o para dejar más propina, o para dar una limosna?

El progresista debiera ser el primero en predicar con su generosidad, pero no es infrecuente que sea el peor dispuesto. Sus ideales constituyen una rémora. Frente a la resignación del conservador, piensa que otro mundo es posible y lucha denodadamente por traerlo, pero no en el ámbito estrecho del día a día, con propinas y limosnas, sino en el auténtico campo de batalla: en el mitin, en la algarada callejera, en las elecciones.

Cuando la prioridad se nos impone tan nítida, los dilemas éticos desaparecen. La vicuña no importa. El portero no importa. Son meros peones en un juego mucho mayor. Lo único que cuenta es: ¿me aproximan o no mis actos al paraíso? Lo bueno es lo que te acerca, lo malo lo que te aleja. Eso es todo. No hay empatía. No hay remordimientos.

Tu voto, tu gallarda defensa teórica de los más débiles en el bar te exoneran de tu oposición a una defensa más práctica en la reunión de vecinos. Cuando el nuevo país nazca, ya tendrá ocasión de resarcirse el portero.

En el fondo, tendría que darte las gracias.

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