¿Qué es mejor? ¿Ahorrar para poder pagar al contado o pedir un crédito?

La extracción de un billete es como la de una muela. Por fortuna, disponemos de anestesia.

El restaurante japonés de debajo de mi casa languidecía hasta que a sus dueños se les ocurrió cambiar la política de precios y, a las opciones convencionales de la carta y el menú de mediodía, añadieron un bufé libre de 18,8 euros por las noches. El sushi, el tempura y los makis seguían siendo los mismos de antes, pero de pronto había gente cenando entre semana y muchos sábados no daban abasto. ¿Por qué nos afecta tanto el modo en que nos cobran?

“El hecho de pagar estimula las mismas regiones del cerebro que procesan el dolor físico”, escriben Dan Ariely y Jeff Kreisler en Las trampas del dinero (Ariel, 2018). La extracción de un billete es como la de una muela. Por fortuna, “numerosos avances tecnológicos recientes han facilitado tanto los pagos que apenas nos damos cuenta de ellos”. Los peajes electrónicos, las transferencias automáticas, los monederos virtuales cumplen una finalidad similar a las fichas de los casinos: crean la ilusión de que no estamos usando dinero de verdad. El gasto en efectivo presenta, por el contrario, una desagradable característica que los psicólogos llaman “prominencia”: debemos sacar los billetes, contarlos, comprobar las vueltas, “y todo ese proceso nos hace sentir más su pérdida”.

Al aplazar (o anticipar) el pago, lo desvinculamos del momento del consumo, lo que nos ayuda a disfrutar más plenamente. Una vez asumido el desembolso de los 18,8 euros, los clientes del restaurante japonés pueden desentenderse de si el nigiri de pez mantequilla está más caro que el de atún toro y engullir sin remordimientos el que les apetezca.

Ariely y Kreisler ilustran en su libro el contraste entre un matrimonio americano que contrata un viaje a Antigua con todo incluido y otro inglés que lo hace en régimen de alojamiento y cena. Los primeros se pasan el día “comiendo, bebiendo y haciendo de todo”. “Estábamos gordos, borrachos y quemados por el sol”, recuerdan, y cuando a mitad de estancia se puso a diluviar como solo lo hace en el Caribe, tampoco fue ningún drama: se instalaron en el bar y se dedicaron a probar todos los licores que había.

Los ingleses, en cambio, “no bebían gran cosa”: un par de copas de vino por las noches y casi nada en la playa. “Lo que sí hacían era discutir, y mucho”, porque “tenían no pocas discrepancias sobre lo que podían permitirse”. Y no se peleaban únicamente entre sí: el último día, mientras el resto de los turistas subían al autobús del aeropuerto, ellos se quedaron “negociando en recepción una factura de 19 hojas”.

¿Qué comportamiento es más sensato? Depende. Ser consciente del dolor de pagar tiene mucho sentido. Del mismo modo que las personas que padecen analgesia son más propensas a los accidentes porque no se dan cuenta de que la superficie en la que se apoyan está al rojo vivo, los consumidores que anestesian todas sus extracciones de efectivo acaban sufriendo graves percances financieros.

Pero eso no significa que debamos llenar nuestras vidas de eficiencia y tristeza, como los ingleses de Antigua. A menudo gestionamos nuestros ingresos de forma que no tiene mucha lógica económica, pero que nos hace sentir bien. En mi opinión, mitigar de vez en cuando el dolor de pagar y darse un homenaje de sushi tampoco es tan grave.

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