Por qué es tan difícil encontrar taxi las tardes de lluvia (y va a seguir siéndolo)

Estamos más pendientes del beneficio ajeno que del propio, y así nos luce el pelo.

Si le pregunta a un taxista cuántas horas pasa al volante, lo más probable es que le responda: “Depende”. La mayoría de nosotros cumplimos una semana laboral de 40 horas, pero ellos se plantean un objetivo de recaudación. Deben hacer tantos euros y no se retiran hasta que los han reunido. Eso sucede unos días antes que otros. Por ejemplo, si hace mal tiempo alcanzan más deprisa su objetivo, porque tendemos a coger más taxis. Por eso es tan difícil encontrar uno las tardes de lluvia.

Un modo de resolver este inconveniente consiste en cobrar más cuando mayor es la demanda. Suena muy sensato. Piense en una de esas veces en que sale de la última sesión de una película y están cayendo chuzos de punta ¿Cuánto estaría dispuesto a dar por que lo rescataran de debajo de la marquesina? Unos pocos euros. Y a muchos taxistas tampoco les importaría prolongar su jornada a cambio de un buen sobresueldo.

Esta lógica indujo a Uber a incorporar una tarifa dinámica. En su blog explica que “cuando muchas personas solicitan un viaje al mismo tiempo”, el precio sube, lo que, por una parte, desincentiva la demanda (muchos pasajeros “prefieren […] utilizar otro método de transporte”); por otra, impulsa la oferta (orienta a los conductores hacia “las zonas donde hacen más falta”), y vacía el mercado.

El ciudadano de a pie no aprecia, sin embargo, en toda su belleza esta eficiencia microeconómica. “El dinero que estamos dispuestos a pagar […] depende a menudo de lo justo que nos parezca”, dicen Dan Ariely y Jeff Kreisler en Las trampas del dinero. Y relatan cómo en 2013, durante una tormenta de nieve en Nueva York, Uber incrementó hasta ocho veces su importe habitual, desatando una ola de indignación entre sujetos que no son precisamente menesterosos, como el novelista Salman Rushdie, el gurú de la tecnología Tim O’Reilly o la filántropa Jessicca Seinfeld, que anunció en Twitter que “jamás volvería a usar la compañía”.

Estoy seguro de que la mayoría de ustedes simpatizarán con sus puntos de vista, entre otras razones porque nuestro cerebro está cableado para ello. Como otros primates, no nos conformamos con que una decisión sea práctica: necesitamos además sentir que es justa. Hay un famoso experimento en el que se adiestra a dos capuchinos para que ejecuten una sencilla tarea a cambio de una rodaja de pepino. En un momento dado, sin embargo, se sustituye la recompensa por una sabrosa uva, pero solo para uno de los dos monos. ¿Qué hace el otro cuando ve que le siguen dando pepino? Se lo tira a la cabeza al investigador. No es muy racional, porque una rodaja es mejor que nada, pero al animal le puede el sentido de la equidad.

Del mismo modo, si llaman a un cerrajero porque han perdido las llaves y les abre la casa en un minuto, probablemente se sientan como el capuchino del experimento cuando les exija 200 euros. “¿Quién se ha creído este tío?”, pensarán. “¡Si gana más que Cristiano Ronaldo!” Pero, en el fondo, ¿qué preferirían? ¿Pasar una hora viendo cómo un incompetente forcejea con su cerradura? Al parecer, sí. Uno de estos profesionales le confesó a Ariely que, cuando empezó, tardaba horrores y muchas veces destrozaba las puertas. A pesar de ello, “los clientes pagaban sin rechistar e incluso le dejaban buenas propinas”. Ahora que es hábil y rápido únicamente oye comentarios desagradables.

No me interpreten mal. La justicia es estupenda, pero en materia de precios debería preocuparnos sobre todo la utilidad recibida. Mientras sigamos más pendientes del beneficio ajeno que del propio, no habrá modo de encontrar taxi las tardes de lluvia.

2 comentarios en “Por qué es tan difícil encontrar taxi las tardes de lluvia (y va a seguir siéndolo)

  1. Esa sensación que comenta de estar más pendiente del beneficio ajeno que del propio me ha recordado al chiste del genio que le ofrece a un individuo lo que quiera, cualquier cosa, pero con una sola condición: a su vecino le dará el doble. La propuesta es estupenda, seguro que pensó el tipo, o podría serlo, o a lo mejor no es tanto chollo, o… vaya mierda. El individuo se queda pensando y finalmente dice:
    “Déjame tuerto”.

  2. ¡Jajajajajá! Hay otro chiste similar de un granjero cuyo vecino tiene una vaca. Un día se le aparece un genio y le dice: “Pídeme lo que quieras”. “Mata a la vaca”, le responde escuetamente el granjero.

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