Sea educado. Es mejor para la salud

Los estallidos de ira elevan la presión sanguínea. En cambio, reaccionar con amabilidad ante una ofensa la reduce.

El primer redactor jefe que tuve en Marca era un personaje entrañable, aunque no se mordía la lengua. “¿Dónde cojones está Cipri?”, te decía con los ojos encendidos y, como no lo supieras, te caía un diluvio de improperios. Si por el contrario eras tú quien buscaba a Cipri y le preguntabas a él si lo había visto, alzaba parsimoniosamente el mentón, tiraba de la aleta de su nariz para que apreciaras en todo su peludo esplendor su amplia fosa nasal y respondía: “Sí, mira, aquí”.

En aquella época se estilaba en la vida y la escritura una actitud bronca y castiza, que combinaba los hallazgos poéticos con el vocabulario cuartelero. La habían puesto de moda prosistas como Rafael García Serrano y, sobre todo, Camilo José Cela, que se pasaba el día soltando tacos en televisión. En el caso de mi redactor jefe, los exabruptos se amparaban además en una prescripción facultativa. Había sufrido un ataque al corazón y el médico le había sugerido que no se guardara nada. “Si tienes que soltarle a alguien cuatro frescas, se las sueltas”.

El consejo se basaba en la hidráulica de las emociones que preconiza la escuela psicoanalítica. Según Freud, el odio y el miedo no desaparecen una vez generados. Se solidifican y sedimentan en el fondo de nuestro inconsciente hasta que inevitablemente afloran como síntomas no deseados: hipertensión, depresión, ansiedad, fobia.

Esta explicación “se introdujo sin un cuestionamiento serio y exhaustivo tanto en la cultura popular como en el ámbito académico”, escribe Martin Seligman. Protestar, gritar, revolverse al menor contratiempo se consideraba una catarsis liberadora e incluso se teorizaba que espectáculos de masas como el fútbol cumplían una valiosa función de válvula reguladora de la violencia social.

Resulta, sin embargo, que era todo mentira. “Centrarse demasiado en la ofensa y la expresión de la cólera”, dice Seligman, “causa más enfermedades cardiovasculares y más enfado”. La falta de tiempo, la competitividad y la represión de la furia no parecen determinantes en el aumento de los infartos. Un seguimiento de 255 estudiantes a lo largo de 25 años demostró que los hombres con más probabilidades de padecerlo eran “los que tenían las voces más explosivas, los que más se irritaban cuando debían esperar y los que manifestaban su enfado de forma más visible”. Los estallidos de ira también elevan la presión sanguínea en la mujer. “Por el contrario, reaccionar con amabilidad ante una ofensa la reduce”.

Las emociones no se solidifican ni sedimentan. Tienen una naturaleza vegetal, más que mineral. Si ignoramos el dolor, se marchita y seca. Pero si volvemos sobre él, lo cultivamos pacientemente, nos proclamamos los seres más desgraciados del universo y arrojamos sal sobre nuestras llagas, el sufrimiento nos envolverá en sus ramas y se adueñará de nosotros.

“Nuestra mente ha evolucionado para asegurar que los sentimientos negativos prevalezcan sobre los positivos”, observa Seligman. El único modo de salir de esta selva de amargura es “perdonando, olvidando o eliminando los malos recuerdos”.

Es verdad que el perdón de ciertos agravios es injusto, pero a menudo hacemos un mundo de incidentes nimios. La última vez que vi a mi redactor jefe estaba sentado en las escaleras del periódico, pálido y jadeante. Me contó que acababa de mantener una acalorada discusión por una plaza de aparcamiento. Pocas horas después fallecía.

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