La leyenda del Pupas

Publicitariamente, el argumento del equipo perdedor pero entrañable es muy atractivo. Deportivamente, es un desastre.

Nada más caer en Milán ante el Madrid, un amigo me llamó consternado. “Al Atleti siempre le pasa lo mismo”, me dijo. “Nunca dejaremos de ser el Pupas”. El mote se le ocurrió, por lo visto, a Vicente Calderón tras otra final de infausta memoria: la de Bruselas en 1974. Allí vencíamos 1-0 cuando, a falta de 42 segundos, Schwarcenbeck, el central del Bayern, chutó a la desesperada desde casi 30 metros y el balón se coló pegado (más o menos) al palo derecho de Reina.

La idea de que la fatalidad nos persigue incluso inspira nuestra publicidad. “Papá, ¿por qué somos del Atleti?”, preguntaba sinceramente intrigado un niño en el célebre anuncio de Sra. Rushmore. El éxito de aquella campaña tendría continuidad en otra aún más derrotista en la que un inmigrante suramericano cuenta a su familia lo “chévere” que le va en España. “Vivo en un departamento en el puritito centro”, dice. Y se le ve caminando de madrugada entre unas vías de tren. “¡Hay tantos lugares lindos para trabajar!” Y se le ve empujando en el matadero una hilera de canales de res. “Me hice socio del mejor equipo de acá”. Y se le ve enfundándose la camiseta rojiblanca. “Lo ganamos todo”. Y se le ve desolado en la grada.

Desde el punto de vista del marketing, este argumento de la imperfección y la humildad es muy atractivo para una audiencia saturada por las promesas de felicidad de los anunciantes tradicionales y, de hecho, la temporada de Sra. Rushmore se saldó con récord de abonos.

Deportivamente es, sin embargo, un error.

El pesimismo refuerza nuestro sentido de la realidad y nos ayudó a sobrevivir en la hostil sabana africana, pero sin la esperanza de un futuro distinto jamás habríamos salido de allí ni habríamos levantado catedrales. El progreso requiere soñadores. “¿Qué es lo que diferencia a sus grupos creativos de los incompetentes?”, le preguntó una vez el psicólogo Martin Seligman a un hombre de negocios que le tocó de compañero de vuelo. “Todos y cada uno de ellos”, respondió, “están convencidos de que pueden andar sobre las aguas”.

Los pesimistas no insisten cuando tropiezan con alguna dificultad y los estudios revelan que tienen peores trabajos, cobran menos, se divorcian más y presentan una salud más endeble, tanto física (sufren más infartos) como mental (se deprimen más). Los beneficios de un espíritu positivo son perceptibles en todos los ámbitos. En economía, Seligman recuerda que, cuando lo contrató en 1987, Metropolitan acababa de perder el liderazgo del sector a manos de Prudential. El psicólogo persuadió a la aseguradora para que eligiera a los agentes en función de su optimismo y, unos años después, había ampliado su cuota de mercado un 50%.

En política, los candidatos más optimistas a la Casa Blanca salieron airosos en nueve de las 10 elecciones presidenciales celebradas entre 1949 y 1984. El contenido de sus declaraciones es, al parecer, un predictor más fiable que los sondeos.

Y en deporte, los jugadores con palmarés más brillante son los que, en caso de derrota, buscan cualquier pretexto: “Esa pelota venía endemoniada”, “El césped estaba alto” o “Hacía mucho calor”. Por el contrario, los equipos que fracasan en los momentos decisivos culpan a fuerzas superiores e ingobernables: “Es algo mental”, “El destino ha sido cruel” o “Somos el Pupas FC”, como proclamó Calderón aquella aciaga noche.

Mientras en el Atlético no rompamos ese discurso, la historia seguirá cebándose con nosotros. ¿Y no perderemos la simpatía de millones de aficionados? No lo creo. Como bien saben el Madrid y el Barcelona, no hay marketing más eficaz que ganar.

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