¿Qué habría hecho Keynes en nuestro lugar?

No nos hagamos vanas ilusiones. Tampoco él nos habría librado de las crisis.

John Maynard Keynes elaboró su ideario a partir de su experiencia como inversor. Según Bertrand Russell, tenía “el intelecto más agudo y más claro que yo haya conocido”, pero eso no le impidió arruinarse casi por completo tres veces. En 1920 embarcó a sus igualmente brillantes amigos de Bloomsbury en lo que hoy sería un hedge fund y se lanzaron alegremente contra la libra, pero el Banco de Inglaterra subió los tipos y perdieron hasta la camisa. Un coetáneo suyo recordaría que “la especulación mejoró la teoría económica [de Keynes] y la teoría económica mejoró su especulación”. Lo primero quizá sea cierto, pero lo segundo es más dudoso, porque el crac del 29 lo volvió a arrollar. Se dejó el 80% de su fortuna. En los años siguientes se rehizo y reunió un capital equivalente a 32 millones de euros, pero la crisis de 1937 lo redujo a un tercio. A esas alturas, Keynes había desarrollado un temperamento flemático y resignado. “El deber de un inversor serio es aceptar la depreciación de su cartera de valores con ecuanimidad y sin reprocharse nada”, comentaría. En el fondo, poco más podía hacerse. Tras dos décadas de vapuleo, había llegado al convencimiento de que la economía estaba sujeta a una incertidumbre irreductible.

La teoría clásica en la que Keynes se educó era una criatura ilegítima de la física newtoniana. Postulaba un universo de seres impasibles que se mueven por la búsqueda del interés propio, igual que la gravitación determina la órbita de los planetas. Podían darse perturbaciones, pero si se dejaba libertad para que los precios y los salarios se ajustaran, las fuerzas de la racionalidad devolvían el sistema a su punto de equilibrio. La oferta y la demanda se igualaban, los mercados se vaciaban y no quedaban recursos ociosos. El paro sólo persistía porque alguna gente rechazaba el sueldo que se le ofrecía.

Keynes y sus amigos de Bloomsbury habían comprobado, sin embargo, que este garboso modelo únicamente funcionaba en los libros. Ni la economía es una ciencia natural ni las personas somos bolas de billar. Abrigamos valores y deseos. Es como si la caída de la manzana al suelo dependiera de los motivos de la manzana, de si le merece la pena caer o de lo que el suelo opine de que le caiga encima. Lo que gobierna el mercado no son energías objetivas e impersonales, sino las expectativas que nos formamos sobre el futuro.

Hemos aprendido a cuantificar algunos riesgos. Es lo que hacen las aseguradoras con los accidentes. Pero este cálculo actuarial apenas cubre una parcela mínima de la realidad. Keynes tenía poca fe en la econometría. “Se espera demasiado de los datos”, decía, cuando no aguantan “ni una décima parte de la carga que se les pone encima”. No hay modo de saber cuál será el precio del cobre dentro un año o si estallará una guerra dentro de dos. Sólo podemos aventurar hipótesis. Algunas tienen un ropaje científico, pero son un fundamento tan precario como el capricho o la moda. “El mercado estará [siempre] sujeto a oleadas de sentimientos optimistas o pesimistas, que son irracionales y sin embargo legítimas, porque no hay bases sólidas para una conjetura razonable”.

Ahora que se acerca el décimo aniversario del colapso de Lehman Brothers, es difícil releer estas líneas sin experimentar cierto desasosiego culpable. En El regreso de Keynes, Robert Skidelsky escribe que durante 30 años alimentamos el espejismo de que “se podía evaluar correctamente todo riesgo y que los mercados se autorregulaban”. Ha sido “un largo viaje del absurdo al absurdo, con la revolución keynesiana como un interludio de sentido común”. Y concluye: “Es el momento para un nuevo cambio de paradigma”.

Skidelsky argumenta que la era de Bretton Woods, las dos décadas largas (1951-1973) en que la teoría keynesiana dominó el mundo, fueron más prósperas e igualitarias que los años del Consenso de Washington (1979-2009) que lo sucedieron. Pero se trató de un dominio más académico que real, porque el éxito no se debió tanto a los consejos de Keynes como a una avalancha de inversión privada, alentada por la puesta al día tecnológica de Europa y el auge del comercio (algo que admite el propio Skidelsky).

Es indudable que el paradigma neoclásico subestima la incertidumbre. Los sucesos imprevistos (los cisnes negros) son más frecuentes de lo que postula la hipótesis del mercado eficiente. Pero, ¿qué alternativa ofrece Keynes para neutralizarlos? Apenas escribió de regulación financiera, así que Skidelsky solo puede extrapolar y sugerir vaguedades, como separar la banca de inversión de la comercial, pactar “los tipos de cambio apropiados para el ajuste global”, potenciar la formación en humanidades de los macroeconomistas y, en general, ir con más cuidado.

En realidad, la pregunta de qué habría hecho Keynes en nuestro lugar es difícil de responder, porque Keynes siempre creyó que, en nuestro lugar, la economía habría dejado de ser una preocupación. Consideraba el capitalismo una fase transitoria de la civilización. Había que estimular la demanda para alcanzar lo antes posible un nivel en el que la población pudiera vivir con más ocio, “sabiamente”, “como los lirios del campo”. Calculó que bastaría con una renta per cápita de entre cuatro y ocho veces la de su época, pero hace tiempo que estamos ahí y nadie tiene la menor intención de vivir como un lirio.

Otra prueba más de que la economía está sujeta a una incertidumbre irreductible.

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