La postergación del individuo

¿En qué sentido son populares las fiestas populares? ¿En el de que el pueblo las desea?

Lo siento, pero no me gustan las fiestas populares. Ni las del pueblo donde veraneo, ni las del distrito de Salamanca, que se celebran estos días en el parque de Eva Perón. No le veo la gracia a montar carpas y poner música a un volumen atronador hasta la medianoche (en el mejor de los casos) o hasta el amanecer (en la hipótesis menos favorable). Comprendo y respeto que haya quien disfrute con ello (yo mismo, en mis años más gamberros), pero no veo por qué debe imponérsele al resto. ¿Solo porque son populares? ¿En qué sentido son populares? ¿En el de que el pueblo las desea?

Cuando afirmamos que “el pueblo quiere esto” o “quiere lo otro”, le estamos atribuyendo una capacidad de deliberación de la que carece. Quienes deliberan son las personas. Es verdad que hemos aprendido a agregar las preferencias de los ciudadanos mediante el sufragio, pero se trata de una tecnología tosca, que apenas ha evolucionado desde la Atenas de Pericles. Al día siguiente de las elecciones es habitual escuchar a alguien decir con solemnidad: “El pueblo ha hablado”, pero es un claro abuso del lenguaje. El pueblo no habla, no es un señor con el que te cruzas cuando vas a comprar el pan. Es un artificio gramatical, un sustantivo colectivo que usamos para designar a un conjunto de personas, del mismo modo que llamamos arboleda al conjunto de árboles o dentadura al conjunto de dientes. Al margen de esta convención, el pueblo no existe.

Rousseau persuadió, sin embargo, a muchos ilustrados de que la voluntad del pueblo podía inferirse, porque, venía a decir, lo que es cierto para un hombre racional lo es también para otro hombre racional y, si ambos emplean un método válido basado en premisas auténticas, llegarán invariablemente a la misma conclusión.

A partir de esta discutible suposición, el Romanticismo desarrolló una doctrina que hizo de la apelación al pueblo la legitimación suprema. El historiador José Álvarez Junco cuenta que, entre los progresistas españoles, el pueblo adquirió las cualidades del héroe mitológico: era el redentor, hoy durmiente, que un día despertaría para doblegar al dragón clerical y realista. Lo curioso es que los conservadores pensaban a su vez que el verdadero pueblo español era de esencia católica y monárquica y estaba con ellos.

Desde entonces, lo colectivo (bajo sus variantes de clase social, raza, nación o comunidad de creyentes) ha impulsado diversos programas, unos de izquierda, otros de derecha, pero todos con un denominador común: la postergación del individuo. Este es un peón irrelevante que debe sacrificarse en el altar del progreso y/o la tradición.

Las fiestas populares son una manifestación de este panteísmo, sin duda leve, pero no del todo inocua. Lo comprobé este verano, cuando pasé por Vitoria en vísperas de su día grande. El bullicio era ensordecedor y no pude por menos que compadecerme de los vecinos de la plaza de la Virgen Blanca, donde ultimaban la instalación de unos imponentes altavoces. “¿Y si a alguno le apetece irse temprano a la cama?”, pregunté con fingida inocencia al dueño de la pensión en la que me alojaba. El hombre había asumido ese atropello, pero sí lamentó que no hubiera toros. Los últimos festejos habían tenido además una gran acogida, a diferencia de los eventos alternativos, como el torneo de pelota, a los que no había ido casi nadie. “Deberían dejar que cada cual hiciera lo que quisiera”, me dijo. “Al que le gusten las corridas, que vaya, y al que no, que se quede en su casa, ¿no le parece a usted?”

El diálogo se interrumpió ahogado por el violento fragor de una prueba de sonido, aunque la respuesta era evidente. Los oráculos de la democracia que controlan el Ayuntamiento habían decidido que los toros no eran parte del macizo de la raza vasca y el torneo de pelota sí. ¿Qué importaba lo que pensara un humilde hostelero? No había empleado un método válido basado en premisas auténticas y su opinión no merecía tomarse en consideración.

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