La ley de las consecuencias indeseadas

El sainete de Franco no es un hecho aislado, sino un síntoma. Este Gobierno no pierde ninguna oportunidad de estrellarse contra los hechos.

Cambiar el mundo es muy ingrato. La idea de que las cosas se pueden organizar mucho mejor con un poco de sentido común y buena voluntad tropieza una y otra vez con la ley de las consecuencias indeseadas. La Wikipedia tiene un artículo ilustrativo. La introducción del conejo en Australia pretendía reforzar la producción de alimentos, pero ocasionó una plaga que asoló las cosechas. La oferta de una recompensa por cada cobra entregada en la India colonial animó a muchos emprendedores a montar granjas de reptiles. Y el apoyo a los talibanes que luchaban contra la ocupación soviética de Afganistán facilitó el salto de Bin Laden a la primera división terrorista.

El último ejemplo (no incluido en la Wikipedia) es el tira y afloja que se trae Pedro Sánchez con los restos de Franco. Carmen Calvo vendió su exhumación del Valle de los Caídos como un hito histórico, que ponía fin a la “anomalía” de “tener al dictador en un mausoleo de Estado y en un lugar donde puede ser exaltado”. Los nietos del generalísimo acataron la decisión sin grandes protestas, pero luego se ha visto que era un astuto gambito. Sacrificaban el peón de Cuelgamuros para ganar una posición más favorable: la cripta de la Almudena, donde el abuelo podrá previsiblemente ser exaltado con mayor comodidad por sus partidarios. Lo que parecía una victoria fácil ha acabado con la vicepresidenta empantanada en los corredores del Vaticano.

El sainete de Franco no es un hecho aislado, sino un síntoma. Este Gobierno no pierde ninguna oportunidad de estrellarse contra los hechos. Ahí está su idea de que la subida de impuestos carece de contraindicaciones e impulsará la recaudación, cuando la experiencia indica que también incentivará las maniobras elusivas. O la convicción de que las alzas generosas del salario mínimo no afectan al nivel de empleo. O la perla de que las bombas que les hemos vendido a los saudíes “son de alta precisión” y no van a matar a los yemeníes por error (y es verdad: los van a matar adrede).

La realidad no es una masa inerte, que soporta pasivamente nuestra actuación. Cada decreto que le arrojamos no va a alojarse dócilmente en un hueco previamente asignado en el casillero de las soluciones, sino que, como en una gigantesca mesa de billar, golpea a todas las demás bolas, descolocándolas y descolocándonos. La energía nuclear y la ganadería intensiva nacieron como remedios, pero dieron lugar a nuevas complicaciones, como los residuos radiactivos y las vacas locas. Y la globalización no ha hecho más que potenciar esta complejidad. Nada de lo que pasa en el planeta nos es ya ajeno. Un mal dato de confianza de la Universidad de Michigan hunde las bolsas asiáticas y el estallido de una epidemia de gripe aviar en China provoca despidos en las aerolíneas occidentales. Todo nos afecta a todos.

La izquierda está desconcertada. Añora tiempos más simples, cuando los malos eran siempre de derechas. Hoy todo es un lío. Los socialistas defienden el mercado, los conservadores impulsan el gasto social y el vil capitalismo ha erradicado los peores azotes de la humanidad. “El electricista medio, el instalador del aire acondicionado y el reparador de la alarma antirrobo llevan una existencia que habría hecho bizquear al Rey Sol”, dice Tom Wolfe.

La urgencia por encontrar problemas para sus soluciones lleva a estos populistas a importarlos del pasado y te sueltan a Franco en medio del debate como se suelta una perdiz en un ojeo. Es un juego cuyas reglas creían conocer, pero ya les digo que cambiar el mundo es muy ingrato, aunque sea un mundo añoso y apolillado.

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