Por qué nunca seremos Silicon Valley

Mátate para sacar adelante una empresa y no te preocupes que, cuando triunfes, caerá sobre tus hombros todo el peso de los grupos de interés, los tribunales y Hacienda.

Existe la creencia de que la investigación lidera el progreso, pero probablemente suceda al revés. Según Nassim Taleb, los académicos llevan siglos apropiándose de los méritos de los emprendedores. La geometría surgió para restablecer las lindes de los campos inundados por el Nilo; la astronomía, para orientar a los navegantes en alta mar; la termodinámica, para explicar el funcionamiento de la máquina de vapor, y la microbiología, para liquidar las plagas que asolaban los viñedos franceses. “Creamos teorías a partir de la práctica”, escribe Taleb.

La Revolución Industrial fue obra de iletrados, no de filósofos, y tiene lógica que fuera así. Quienes viven del veredicto del público saben que elaborar hipótesis sesudas y predicciones no compensa. Lleva demasiado tiempo. El único método contrastado es el ensayo y error. Para prosperar hay que equivocarse muy deprisa, y nadie hace eso mejor que el mercado. Cada día millones de personas lanzan en todo el mundo nuevos artículos. La generalidad no va a ningún lado, un puñado sale adelante y una minoría aún más exigua se convierte en unicornio, que es la compañía cuya valoración supera los 1.000 millones de dólares.

La cría del unicornio se ha convertido en el objetivo declarado de cualquier político que se precie. Hasta Pablo Echenique habla de avanzar hacia un modelo productivo de alto valor añadido. Todos quieren emular a Silicon Valley, y condiciones no nos faltan. “Sol, mar, arena y una generación de jóvenes deseosos de éxito”, escribe Ben Hall en el Financial Times. “España y Portugal ofrecen el estilo de vida más parecido a California que se da en Europa”. Apoyo por parte de las autoridades tampoco ha faltado: se han financiado infraestructuras, concedido ayudas y captado inversores, y algún resultado empieza a verse. “Maxi Mobility”, dice Hall, “alcanzó este año la categoría de unicornio”. ¿Maxi Mobility?, se preguntarán. Perdonen, seguro que les suena más si les doy el nombre de su principal servicio: Cabify.

Y aquí es donde ustedes empiezan a comprender por qué nunca seremos Silicon Valley. Este país está lleno de teóricos y toreros de salón. Las sillas se nos dan de maravilla, pero nos arrugamos cuando hay que entrar a matar, y la innovación no es indolora. El telar mecánico arruinó a los tejedores, el motor de vapor acabó con las diligencias y el automóvil jubiló a los coches de caballos. El paso del tiempo ha demostrado que todos esos inventos impulsaron decisivamente nuestro bienestar y, por eso, recibieron en seguida el respaldo de los consumidores. Pero nuestros líderes desprecian el mercado. “El trato dado a Cabify es muy revelador”, señala Hall. “Enfrentado a una bien organizada campaña de los taxistas, el Gobierno terminó cediendo”. Y señala a continuación el acoso al que se ha sometido en los tribunales a Glovo o la fiscalidad especial que se prepara para las grandes tecnológicas.

Ese es el destino que aguarda al emprendedor español: protestas, pleitos, impuestos. Mátate para sacar adelante un proyecto y no te preocupes que, cuando lo tengas consolidado, caerá sobre tus hombros todo el peso de los grupos de interés, los jueces y la Agencia Tributaria.

Si usted tuviera una idea y estudiara dónde desarrollarla, ¿elegiría España?

Pues eso.

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