El miedo es el mensaje

Cada medio crea sus propios contenidos. Pasó con la radio y la televisión y está volviendo a pasar con Twitter y YouTube.

En Unidad Editorial tenemos unos paneles donde figuran las noticias ordenadas por visitas y la mayoría de las que acaban en lo más alto jamás habrían superado el filtro de un consejo de redacción. Me imagino perfectamente la expresión de Hernando Calleja si el jefe de Sociedad le hubiera dicho: “Nosotros vamos a abrir la sección con la encerrona del Koala en Gran Hermano VIP. Llevamos además la lista de los invitados a la boda de Marta Ortega y un reportaje con los peor vestidos de los Grammy Latinos”. A Hernando se le habrían caído los empastes seguramente, pero esas eran las noticias más vistas de El Mundo el sábado.

La falta de sintonía entre los criterios periodísticos tradicionales y la demanda popular no es un problema reciente. La llegada de la televisión ya provocó en los 60 un encendido debate entre integrados y apocalípticos. Los primeros veían con agrado la pequeña pantalla, mientras los segundos sostenían que corrompía las bases de la auténtica cultura, aunque hoy Falcon Crest nos parece el catecismo del padre Astete comparada con House of Cards.

Yo nunca he sido un apocalíptico. De hecho, durante años mi amiga Blanca me incluyó en el Frente anti-Alphaville, la icónica sala de la plaza de España que acabó con el arraigado prejuicio de que una buena película debía ser comprensible y entretenida.

Pero tampoco me considero un integrado alegre y confiado. Ninguna innovación es inocua y pienso, como Marshall McLuhan, que si cambia el medio, cambia el mensaje. Tendemos a verlos como elementos separados del proceso de comunicación: el mensaje vive en su mundo ideal, a la espera de ser identificado, y el medio lo reproduce a continuación, sin tocarlo ni mancharlo. Esto no es así. El mensaje es a menudo una creación del medio. Henry David Thoreau, un hombre cuyo amor por la naturaleza rozaba la tecnofobia, observó: “Nos damos muchísima prisa para construir un telégrafo entre Maine y Texas, cuando Maine y Texas igual no tienen nada importante que decirse”. Ignoraba que, una vez inventada la herramienta, es difícil que no se use, y entonces es ella la que te reinventa. Primero Occidente construyó el tren y luego el tren reconstruyó Occidente. Y el abaratamiento de la impresión a principios del siglo XIX amplió el público potencial de la prensa e indujo a los editores a incorporar la crónica de sucesos. El medio crea su mensaje.

¿Cuál será el impacto de internet? Mientras los grandes dinosaurios de la comunicación dominaron la Tierra, las informaciones atrabiliarias tenían escasas posibilidades de alcanzar la noosfera, pero han encontrado un hábitat propicio en el ciberespacio. Este vídeo en el que Pablo Iglesias defiende que “el miedo es crucial” lleva más de 15.700 visitas en YouTube. Y no es casual que el presidente de Estados Unidos sea un adicto a Twitter. Del mismo modo que el auge de los viejos fascismos está asociado a la radio y el cine, el de los nuevos populismos sería inexplicable sin las redes sociales.

Ni YouTube ni Twitter han inventado el odio y el engaño, pero los han convertido en estrategias lícitas para captar audiencia, y los medios tradicionales debemos ahora desentrañar las leyes de este ecosistema en el que el Koala importa más que el brexit y los Grammy Latinos más que la guerra de Siria. Posiblemente siempre fuera así y lo que sucedía es que no éramos tan conscientes. Pero la civilización consiste justamente en no ser tan conscientes de nuestros peores instintos, aún a sabiendas de que están ahí.

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