Por qué es tan difícil erradicar la corrupción

El capitalismo de amiguetes es arbitrario e ineficiente, pero garantiza la paz. Si se desmantelan las alianzas que lo soportan, puede que uno acabe convirtiéndose en Dinamarca, pero puede asimismo que se hunda en una guerra civil.

En su toma de posesión, Andrés Manuel López Obrador ha prometido que “acabará con la corrupción y la impunidad que impiden el renacimiento de México”. No quiero ser aguafiestas, pero la crónica reciente del país está llena de declaraciones grandilocuentes (“Seremos implacables”, “No hay lugar para la impunidad”, “Tolerancia cero”, etcétera) que no han ido a ningún lado. López Obrador está convencido de que la regeneración es cuestión de voluntad y se trata, sin duda, de una condición necesaria, pero no suficiente.

La corrupción se fundamenta en un equilibro perverso: todos saben que estarían mejor si cambiaran, pero nadie se anima a dar el primer paso por temor a que los demás no lo secunden. Si pagas tus impuestos y todo el mundo defrauda, no experimentas un legítimo orgullo, sino la desagradable sensación de estar haciendo el primo. ¿Y cómo se rompe este círculo vicioso? Se lo pregunté hace unos años a Bo Rothstein y me contestó que, cuando en 2004 fundaron el Instituto para la Calidad de Gobierno, pensaban que “bastaría con consultar los libros de historia para ver cómo lo habían conseguido Dinamarca, Holanda, Alemania… Pero no encontramos una estrategia articulada”.

Lo que sí quedó claro es que las heroicidades no funcionan. La idea de que un Eliot Ness puede sacudir con su ejemplo la conciencia de la ciudadanía y hacer que se alce y plante cara a los malos, es un bonito argumento para una película o una serie de televisión, pero en la realidad acaba con el valiente decapitado o colgado de un puente con los genitales en la boca. Hace falta una ofensiva general, me dijo Rothstein, que involucre a todos los ámbitos: la política, la justicia, la economía, la educación… “Si atacas con pequeñas iniciativas a los corruptos, estos se defenderán”. Y a menudo con gran crueldad.

Concebimos la corrupción como si fuera un accidente, una desviación de nuestra recta naturaleza, pero lo excepcional es la honestidad. El origen de la vida civilizada no es una amena democracia silvestre a partir de la cual hemos ido evolucionando hasta convertirnos en Suecia. La humanidad ha vivido casi toda la historia bajo regímenes despóticos, en los que una pequeña élite se apropiaba de la mayoría de la riqueza. Solo muy recientemente se han empezado a configurar sistemas alternativos. John Joseph Wallis explica que todavía a principios del siglo XIX en Inglaterra se necesitaba la autorización del Ejecutivo para emprender muchos negocios.

La situación era similar en Estados Unidos, pero cambiaría radicalmente cuando en 1839 ocho estados y el territorio de Florida se declararon en quiebra. Las investigaciones posteriores determinaron que la culpa había sido de la discrecionalidad con que habían actuado los gobernadores y se decidió que, en lo sucesivo, nadie pudiera beneficiarse de una concesión pública sin que se aprobase mediante una ley, con luz y taquígrafos. Este trámite objetivó el proceso de licitación, abriéndola a cualquier candidato. Ya no hacía falta ser el cuñado de un político para ganar un concurso. Cualquiera que cumpliera el pliego de condiciones podía lograrlo. El fin de los privilegios liberó las fuerzas creativas que permitirían a Estados Unidos dar un salto espectacular en prosperidad y no tardó en ser emulado en Reino Unido, Escandinavia, Francia o Alemania.

A la vista del resultado cabría preguntarse por qué el ejemplo no ha cundido en el resto del planeta. “Aunque las ganancias potenciales son considerables”, admite Wallis, “los riesgos son igualmente enormes. El capitalismo de amiguetes es arbitrario e ineficiente, pero garantiza la paz. Si se desmantelan las alianzas que lo soportan, puede que uno acabe convirtiéndose en Estados Unidos, pero puede asimismo que se hunda en una guerra civil”.

México es una clara muestra. Allí se han lanzado varias cruzadas contra el narcotráfico, pero su brutal respuesta ha suscitado tal espanto en la población que hasta ahora los sucesivos Gobiernos se han visto obligados a retractarse.

Ojalá López Obrador tenga más fortuna.

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