Contra los puritanos de todos los partidos

Cuando una idea se combina con las mejores intenciones resulta imparable.

Nos gusta llamar la atención. Nos tomamos muchas molestias para ello. Invertimos tiempo en asearnos y elegir la ropa que nos queda mejor, evitamos comer todo lo que nos apetece, madrugamos para ir al gimnasio. Y pocas sensaciones hay comparables a descubrir que eres el centro de las miradas, especialmente entre los representantes del sexo opuesto.

Esta sensualidad se ha convertido, sin embargo, en algo culpable. No podemos expresar admiración por una persona guapa porque supone degradarla. Entiendo que hay piropos y piropos, pero no creo que deban establecerse castigos y prohibiciones nuevas. Bastan las viejas normas elementales de la cortesía y la buena educación.

Hay aquí un equívoco del lenguaje que es urgente deshacer. La expresión “sexo opuesto” evoca enfrentamiento, pero no antagonismo. Es una oposición en la que los contrarios, lejos de destruirse, se construyen y completan mutuamente. Ningún equipo practica el fútbol en solitario. Necesita un adversario. También reglas y un reparto de papeles. El juego de la seducción no es diferente.

“Que las mujeres”, argumenta la filósofa Bérénice Levet, “hayan sido asociadas con la belleza, la gracia, el encanto, las lágrimas”, mientras que a los varones les corresponde “cultivar la valentía, el dominio de sí mismo, la capacidad de no ceder demasiado ante la naturaleza, la caza, la guerra, los asuntos vulgares, no tiene en sí nada de ultrajante”. Es una especialización que hace posible el cortejo y que solo la mente enferma del violador confunde con la cruda dominación. El hombre galante busca gustar a las damas, serles amable, cautivarlas. No desea poseer un cuerpo inerte: de ahí el sufrimiento de Otelo cuando el pérfido Yago lo convence de que Desdémona no le corresponde. “El colmo del placer se alcanza cuando los dos amantes sucumben al mismo tiempo”, escribió Ovidio.

“Hace 50 años”, observa Levet, “nuestros progresistas [de Mayo del 68] exaltaban el deseo; ahora, lo encierran en una jaula”. Y recuerda la escena de Tener y no tener en la que Lauren Bacall le explica a Bogart: “Si me necesitas, silba”. “Hoy”, dice Levet, “si un hombre silba a una mujer, lo multan por ofensa sexista”.

Al condenar esta dimensión erótica, los puritanos de todos los partidos nos agravian doblemente: nos despojan de uno de los mayores gozos de la vida y nos rebajan a la condición de animales incapaces de embridar nuestros instintos. No existe presunción de inocencia. Harvey Weinstein no es la excepción, sino la norma. “Uno de cada dos o tres hombres es un agresor”, sostiene con inquietante imprecisión Caroline de Haas, mientras WhatsApp nos bombardea con una felicitación tétrica: “Por un 2019 en el que cada niña y mujer que sale de su casa vuelva sana y salva”.

¿Erradicará esta histeria la violencia machista? Lo dudo. A lo largo de la historia la criminalización de colectivos no ha resuelto nada. Al revés. Lo saben bien muchas de las feministas que por la mañana protestan contra la xenofobia, pero que por la tarde redactan manifiestos en los que se incita a desconfiar de media humanidad.

La incoherencia, por desgracia, nunca fue un obstáculo para quienes vienen a librarnos del pecado. Cuando una idea se combina con las mejores intenciones resulta imparable.

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