Si no hay cifras, no hay burbujas

Manipular los datos por una buena causa no parece insensato. ¿O sí?

“¡Tenemos que provocar miedo!”, le conminó Al Gore a Hans Rosling cuando en 2009 coincidieron en Los Ángeles, entre los bastidores de un evento de TED. Por aquel entonces, Rosling sentía un “enorme respeto” por la labor divulgativa del exvicepresidente. Muy pocos, decía, ignoran hoy el aumento de la temperatura media del planeta y ese alto grado de conciencia se debía en buena medida a Gore. “Para mí”, escribe Rosling, “era y sigue siendo un héroe”.

Por su parte, a Gore lo habían deslumbrado los gráficos de burbujas que Rosling había diseñado con ayuda de su hijo y su nuera para visibilizar el enorme avance de la humanidad. Los conoció durante una charla. Rosling recordaría años después cómo a su término “dos personas se abalanzaron al estrado para hablar conmigo: Al Gore y Larry Page [el fundador de Google]. Al Gore me sacudía literalmente, susurrándome al oído, quizás para que nadie lo oyera: ‘No tenía ni la menor idea de cuánto habían mejorado la salud y la demografía en Vietnam hasta que he visto su presentación”.

Rosling siempre estuvo de acuerdo en que era necesario actuar contra el cambio climático y le halagaba la idea de colaborar con Gore. Pero cuando le propuso crear unos gráficos de burbujas a partir de “los cálculos más dramáticos”, que mostraran “el peor escenario posible como si fuera seguro”, se quedó de una pieza.

“Entiendo la tentación de recabar apoyos seleccionando las peores perspectivas y ocultando las enormes incertidumbres que entrañan las cifras”, explica en Factfulness. ¿Quién no? Todos hemos pensado alguna vez en cargar la mano para inclinar el debate de nuestro lado, sobre todo si defendíamos algún proyecto encomiable. Manipular los datos por una buena causa no parece insensato.

El problema es que los datos y la buena causa están íntimamente relacionados. Cuando decimos que el fin justifica los medios hacemos una distinción con el lenguaje que no existe en la realidad. Los medios son el fin. Reconocemos una buena causa por los datos. Hay cambio climático porque así lo corroboran los registros de temperatura y, si manipulamos estos a nuestro antojo, ¿en qué queda el cambio climático? ¿En lo que decida Gore? ¿Y por qué Gore y no un señor que pasa por la calle o, ya puestos, Donald Trump, que ha ganado unas elecciones democráticas?

La falta de rigor conduce a la arbitrariedad. “A partir de una premisa falsa”, dijo en cierta ocasión Bertrand Russell, “puede demostrarse cualquier cosa”. “Entonces”, le preguntaron, “si 2+2=5, ¿usted es el papa?” “Exacto”, respondió. “Supongamos que 2+2=5. Entonces, restando 3 a ambos lados obtenemos que 1=2. Como el papa y yo somos dos personas y 2=1, entonces el papa y yo somos uno. Por tanto, yo soy el papa”.

Russell bromeaba y sabía que no era el papa, pero no podemos decir lo mismo de Gore y el cambio climático. Cuando uno consagra su vida a una causa, terminan por confundirse y ser uno. Por eso da igual partir de una premisa falsa. Es verdad que se trata de una mentirijilla de nada. El consenso científico sostiene que la temperatura está aumentando y que es “extremadamente probable” (más del 95%) que esta subida “sea predominantemente causada por el hombre”. Pero por abrumador que sea el respaldo de una idea, nunca debemos ponerla al abrigo de los datos. Nos ataríamos sin redención posible a la perfección. La humanidad ya lo ha hecho antes. Ha concluido: “Ya está. Esto es lo justo, esto lo injusto y cualquiera que diga lo contrario es un hereje”.

La prudencia aconseja, sin embargo, dejar en paz a los herejes, por indecentes que nos parezcan, porque a menudo el progreso comienza con una herejía. Y la única herramienta capaz detectarlo es una ciencia escrupulosa.

Rosling era consciente de ello y, aunque “Gore continuó argumentando a favor de unas burbujas animadas aterradoras, más allá de las previsiones de los expertos”, puso pie en pared. “Señor vicepresidente”, le dijo, “si no hay cifras, no hay burbujas”.

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