¿Por qué se pelean tanto los marxistas?

Si eres leal a los muertos, terminas siendo desleal con los vivos.

De la fotografía mítica de Podemos en el primer congreso de Vistalegre no queda más que Pablo Iglesias en la cúpula. Es inevitable establecer un paralelo con el Politburó original del Partido Comunista de la URSS: de sus seis miembros, solo Stalin sobrevivió. Cuatro fueron ejecutados durante la Gran Purga y al quinto le abrieron la cabeza con un piolet en México.

Podríamos atribuir estos dramáticos finales a la naturaleza implacable de Iglesias y Stalin (que no voy a discutir), pero es un destino compartido por toda la izquierda radical. El tardofranquismo y la Transición están llenos de escisiones del PCE que iban a su vez fragmentándose en grupúsculos cada vez menores cuyo único límite cierto era el individuo: PCE (m-l), PCE (i), PCE (r), PCOE, PCPE, PTE, OMLE, ORT, LCR… Pío Moa cuenta en De un tiempo y de un país que, después de militar sucesivamente en el PCE, la OMLE y el PCE (r), constituyó el Colectivo Comunista, un nombre sin lugar a dudas excesivo porque “se redujo en seguida a tres personas”.

Monty Python caricaturiza en La vida de Brian esta dinámica suicida con las peleas entre el Frente Popular de Judea y el Frente Judaico Popular, y la comparación está muy bien traída, primero, porque la Jerusalén del Segundo Templo era un hervidero de sectas (fariseos, saduceos, esenios, zelotes, cristianos…) y, segundo, porque, como posteriormente harían las distintas escuelas marxistas, cada una de ellas se arrogaba el título de exégeta exclusivo de una escritura sagrada: la Biblia o El Capital.

Todas las doctrinas que se inspiran en un libro están sometidas a una tensión interpretativa. “El autor más preciso”, apunta José Ortega y Gasset, “dice a veces algo imprecisamente”. No puede o no quiere en ese momento desarrollar su pensamiento y elige “un giro ancho donde la idea, como el badajo en la campana, se puede mover con sobrante holgura”. En esos giros anchos acaban derrapando y despeñándose los discípulos. La necesidad de rellenar la holgura fomenta una industria hermenéutica que rápidamente degenera en un juego de tronos entre los guardianes de la ortodoxia (los dogmáticos) y los partidarios de adaptar el mensaje a los nuevos tiempos (revisionistas).

La única manera de detener esta espiral sanguinaria es la invitación freudiana a matar al padre. Felipe González lo haría en el XXVIII Congreso del PSOE. “Marx dijo cosas interesantes”, había proclamado previamente, “pero también se hartó de decir tonterías. ¿O es que Marx era Dios? Hizo una teoría del Estado que no se tiene en pie y hoy es una solemne tontería decir que el Estado va a desaparecer”.

González se quedó sabiamente con los grandes ideales que inspiraron a Marx (la búsqueda de la justicia, la simpatía por los explotados) y desechó sus explicaciones y sus remedios necesariamente coyunturales (el colapso inevitable del capitalismo, la plusvalía, la lucha de clases). Comprendió que si eres leal a los muertos, terminas siendo desleal con los vivos, como estamos viendo que sucede en Podemos.

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