La última opa en el Claridge

Nuestra civilización ha sido posible gracias a la cooperación, pero no puede sustentarse solo sobre la cooperación.

—Este tipo viene de jugar en las grandes ligas rusas —dijo Monroe Stahr tirando el diario salmón sobre la mesa—. Mal asunto.

No suelo hablar de negocios con Stahr. Mantenemos opiniones radicalmente opuestas. Para mí, la economía es una rama de la ética y siempre le recuerdo que Adam Smith dio lecciones de moral. Para Stahr, la ética es un subgénero de la ciencia ficción y siempre me recuerda que Bernie Madoff dio lecciones de economía.

Así que no hablo de negocios con Stahr.

—Va a machacarlos —volvió él a la carga al cabo de un rato.

—Está bien —capitulé por fin—. ¿Quién va a machacar a quién?

Señaló con la cabeza el diario salmón. Había por lo visto una pelea por una cadena de distribución.

—Este tipo es un gran depredador —dijo—. Su especialidad son los animales enfermos. Observa la manada del Ibex y, cuando ve uno que se descuelga, empieza a hostigarlo. Compra el 29%, justo por debajo del límite legal que obliga a lanzar una opa, y reclama un asiento en el consejo.

Una vez dentro, se dedica a meter cizaña.

—El objetivo es debilitar la pieza, impedir que las acciones se recuperen y, para ello, de cuando en cuando filtra a los medios lo mal que se llevan y lo incompetentes que son los gestores, lo que ahuyenta aún más a los inversores. A continuación, anuncia a bombo y platillo que abandona el consejo. Cunde el pánico, la cotización termina de desplomarse y, en ese momento, lanza la opa a precio de saldo.

Stahr guardó un silencio solemne, como si acabara de describirme una obra de arte.

—Y a ti eso te parece legítimo —le dije.

—Un hombre de negocios no puede tener simpatías éticas. Es un amaneramiento imperdonable. Admito que, como regla general, ser decente es lo más práctico. Nuestra civilización ha sido posible gracias a la cooperación, pero no va a sustentarse solo sobre la cooperación. Mi sobrino solía colarse en el metro y se gastaba el dinero del billete en chucherías. ¿Te das cuenta, le dijo su madre, de que si todos hicieran lo mismo el metro tendría que cerrar? No te imaginas lo que le contestó…

Hizo una pausa para generar expectación. Tenía la mirada clavada en la bebida. De pronto, la expresión de arrobamiento se transmutó en otra de contrariedad.

—No entiendo —dijo—esta moda de servir el gin-tonic en una copa balón. Para mí el vaso de tubo era perfecto.

—¿Qué le contestó tu sobrino? —le pregunté con impaciencia.

—¡Ah, sí! —Recuperó la expresión arrobada—. Le dijo: es verdad, si todos hicieran lo mismo el metro tendría que cerrar, pero no todo el mundo hace lo mismo. ¿Te das cuenta? Como la gente es decente, los depredadores disponen de oportunidades.

—Qué triste —comenté.

—Es la vida, muchacho —filosofó Stahr—. Igual en el más allá podemos pacer sin sobresaltos, pero aquí no y una carnicería a tiempo ayuda al rebaño a mantenerse alerta.

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