Vivimos una era dorada de la cultura

Internet ha sembrado el caos en la industria del ocio, pero ha supuesto una bendición innegable para los consumidores

Una de las últimas cosas que hizo mi cuñado en la discográfica para la que trabajaba a principios de siglo fue escoger la tapicería del coche de empresa. Lo recuerdo recostado en el sofá de Orgaz, perdido en un mar de catálogos de BMW. Esta dichosa agonía terminó abruptamente a las pocas semanas, cuando le comunicaron que estaba despedido. Las cosas iban así de rápido en el negocio de la música. Un día dudabas entre el cuero (“más elegante”) y la tela (“no se enfría en invierno ni se calienta en verano”) y al siguiente hacías cola en una oficina del INEM.

“Fueron tiempos terribles”, contaba hace poco un directivo de Universal. “Tuve que echar a más de 250 personas”. Cuando lo invitaban a una cena, su mujer le pedía por favor que no le dijera a nadie con qué se ganaba la vida, como si se dedicara al tráfico de armas.

La digitalización ha puesto patas arriba sectores enteros y ha llevado a muchos a buscar el amparo de los Gobiernos. Los pequeños comercios piden protección frente a Amazon, los taxis frente a Uber y los hoteles frente a Airbnb, pero pocas industrias han sufrido tanto como la del ocio: música, libros, televisión, cine. Incluso se llegó a temer por la continuidad del arte. Las nuevas tecnologías apuntaban al corazón mismo de su sistema retributivo: los derechos de autor. Estos constituyen un monopolio artificial que perjudica a los consumidores, pero también incentivan la producción y, en general, se consideraba que merecían la pena.

Era un consenso puramente teórico. En Against Intellectual Monopoly, Michele Boldrin y David Levine explican que nadie se había tomado nunca la molestia de corroborar que “algún tipo de protección era necesaria para garantizar a los inventores y creadores el fruto de sus esfuerzos”. Y cuando ellos lo hicieron en 1990, se encontraron con que ninguno de sus modelos “certificaba las supuestas ventajas de la propiedad intelectual”.

La idea de explotar en solitario un descubrimiento atraía efectivamente a muchos inventores potenciales, pero los abogados de los inventores consagrados no tardaban en disuadirlos. “En muchos manuales”, escriben Boldrin y Levine, “James Watt figura como un héroe”. Pero en cuanto obtuvo la exclusiva de la máquina de vapor, se consagró a litigar contra todo el que pretendía mejorarla y, en las tres décadas que sus derechos duraron, la potencia de los motores avanzó a razón de 750 caballos por año. Una vez expirada la patente, se aceleró hasta los 4.000.

La evidencia es igualmente elocuente en arte. El copyright para la música no existió hasta el XVIII, cuando lo introdujo Inglaterra. En el resto de Europa hubo que esperar varias décadas. “¿Y de dónde salen los compositores que dominan el XIX?”, observa Boldrin. “De Austria, de Alemania, de Italia…”

A pesar de todo, persistía la convicción de que la propiedad intelectual era uno de los pilares de la civilización y, cuando internet desbordó las rudimentarias defensas que habían levantado los lobbies cinematográficos, editoriales y musicales, muchos temieron que estuviéramos asistiendo al colapso no ya de un negocio, sino de la cultura.

Nada más lejos de la realidad, asegura Joel Waldfogel en Digital Renaissance. En el terreno de la cantidad no cabe ninguna duda. Ahora mismo disponemos de más arte que en cualquier otro momento de la historia. En 2010 se estrenaron en Estados Unidos 3.000 películas, frente a las 500 de 1990. La edición de canciones se multiplicó por siete entre 1988 y 2007. Y los libros publicados pasaron de 85.000 en 2008 a 400.000 en 2012. “La mayoría de este material nuevo es horrible”, conviene Tim Harford en el Financial Times, “pero eso es irrelevante, porque a nadie se le obliga a verlo, escucharlo o leerlo”. Lo que importa no es la calidad media, sino si hay más o menos piezas maestras.

Esto no es fácil de determinar, pero Waldfogel recurre a un torrente de reseñas, tanto de críticos profesionales como de usuarios, y su conclusión es que, en medio de toda la escoria, destaca un número creciente de espléndidas películas y, sobre todo, de series de televisión. En cuanto a la música, parece que se dio una breve edad de oro a finales de los 60 y principios de los 70 (“cualquier otro resultado”, apunta Harford, “habría sido una sorpresa”). Las composiciones actuales obtienen calificaciones inferiores, pero no hay ningún indicio de que sean peores que las de los 90.

¿Y no se gana menos dinero? Cualquiera con cierta edad puede atestiguar cómo se ha abaratado todo. En GooglePlay alquilas películas por uno o dos euros. Los libros electrónicos cuestan entre el 30% y el 90% menos que los de papel (cuando no se regalan). Y con lo que en 1999 pagabas por seis CD contratas hoy una suscripción anual a Spotify que pone a tu alcance un repertorio mayor que el de la FNAC de Callao.

A pesar de esta rebaja general de precios, las grandes estrellas siguen ingresando sumas fabulosas, incluso en el vapuleado mundo de la música. Sam Wolfson cuenta en The Guardian que Fleetwood Mac tiene 11 millones de oyentes cada mes en Spotify y “se embolsa un cheque enorme sin mover un dedo”. Y cantantes que jamás habrían grabado un álbum en el antiguo régimen ven cómo su obra se difunde gracias a internet y el MP3.

No ha habido ningún colapso cultural. La creación no se ha interrumpido y los consumidores tenemos más donde elegir. Los perdedores han sido los directivos de las antiguas discográficas, que aprovechaban el monopolio artificial para extraer rentas y regalarse lujosos coches de empresa. Lo siento por mi cuñado, pero hasta él tiene que reconocer que la humanidad ha salido ganando.

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