Arco y el ninot del rey

El que hagan chistes sobre Felipe VI es un signo de que la corona goza de buena salud.

El humor presupone un límite. Una ventosidad carece en sí de cualquier gracia, pero expelida en medio de una reunión de trabajo suscitará una hilaridad irresistible. Hagan la prueba si quieren. La base de la comicidad es la transgresión. Por eso la prensa satírica gozaba de tan buena salud durante la dictadura. Aquello estaba lleno de límites. No se podía hablar de política ni de religión ni de sexo ni de nada, y la gracia consistía en hacerlo sin que se notara. Ser humorista era sencillo, a la vez que peligroso. Bastaba con llamar Abajo al diario Arriba para que el personal se partiera de risa y te cayera una multa de órdago, como le pasó a La Codorniz. Durante años circuló también la leyenda de que la revista había publicado un escueto parte meteorológico: “Reina en el país un fresco general procedente de Galicia”, pero su director, Álvaro de la Iglesia, siempre lo negó. “¡Habría dado con mis huesos en la cárcel!”

La muerte de Franco acabó con ese filón. Las democracias son territorio hostil para los humoristas. Todo está permitido. Quedan si acaso los límites del buen gusto y la familia real. Por eso El Jueves es tan chabacano y tan republicano.

Con el arte contemporáneo sucede igual. El contexto lo es todo. Si su hijo deja los vaqueros y los calzoncillos tirados en medio de la habitación, usted le regaña porque es una falta de higiene, pero si lo hace Jim Hodges es una instalación y la gente hace cola para verla. ¿Quién establece lo que es arte y lo que no? Muchos creen que estamos ante una gigantesca manipulación. Los expertos que han consagrado a Damien Hirst o Miquel Barceló son unos farsantes y nosotros, unos acomplejados por no denunciarlos.

Pero como me explicó hace años el entonces director del Instituto de Cultura de la Fundación Mapfre, mi buen amigo Pablo Jiménez, siempre ha habido alguien que fijaba el canon. En tiempos del absolutismo eran el rey y la Iglesia. Luego lo serían las academias, los marchantes, los críticos, los coleccionistas… En términos generales, el número de opinadores se ha ido ampliando y, en teoría, cada uno goza hoy de absoluta autonomía para decidir de acuerdo con su recto discernimiento.

Esta libertad resulta, sin embargo, incómoda. A menudo nos sorprendemos ante un móvil japonés preguntándonos: y esto, ¿se supone que me tiene que gustar? Por eso nos arrojamos en brazos de los expertos. A lo mejor no te resuelven el dilema del móvil japonés, pero al menos te alivian la ansiedad de no tener criterio.

Y si al espectador le azora la indeterminación, ¡imaginen al artista ante el lienzo en blanco! Cuando el academicismo dominaba la pintura, había repertorios de temas, de colores, de técnicas. Ahora se permite cualquier cosa. El problema es llamar la atención. Desde que Duchamp envió su urinario a una muestra de Nueva York, hemos visto de todo: una vaca y su ternera bisecadas, un Cristo sumergido en orina o una Virgen elaborada con excremento de elefante.

Lo más seguro es buscar algún límite y transgredirlo, arremeter contra las figuras que suscitan aprobación. El escándalo es siempre proporcional a la cantidad de público ofendido y, ¿cuáles son las instituciones más valoradas por los españoles? Las fuerzas de seguridad y la monarquía.

El que hagan chistes y ninots sobre Felipe VI es un signo de que la corona goza de buena salud.

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