El legado de Thunberg

¿Estamos de verdad robándoles el futuro a nuestros hijos ante sus propios ojos?

“Nuestra civilización está siendo inmolada para que un número muy pequeño de personas pueda ganar enormes cantidades de dinero”, proclamaba el 17 de diciembre Greta Thunberg en la cumbre del clima de Katowice (Polonia). Esta adolescente sueca se abrió paso hasta el estrado de la ONU después de que su activismo la convirtiera en un icono de la defensa medioambiental. En lugar de ir a clase, Thunberg se sienta los viernes ante el Parlamento de Estocolmo y reclama a sus miembros “acción real”. Dice que se les llena la boca proclamando que “aman a sus hijos por encima de todo”, pero luego les roban “el futuro ante sus propios ojos” impulsando “las mismas malas ideas que nos metieron en este lío”. Y añade: “En 2078 celebraré mi 75 aniversario. Si tengo niños, quizás me pregunten […] por qué no hicieron nada mientras aún estábamos a tiempo”.

El vídeo de la intervención llevaba 2,7 millones de “me gusta” en YouTube la última vez que lo miré (y 67 de “no me gusta”, 68 con el mío), pero la requisitoria no puede ser más injusta. A Thunberg igual le parece insuficiente, pero en Estados Unidos y el Reino Unido, los dos países que más han perseverado en esas “mismas malas ideas” capitalistas de las que habla, las emisiones contaminantes llevan décadas cayendo. A nivel global, la tasa de fallecimientos causados por la polución se ha reducido desde 1990 en torno al 30%. Respiramos un aire más limpio y la razón fundamental es el descenso constante de lo que la AIE denomina “intensidad”, es decir, de la cantidad de energía primaria necesaria para generar cada punto adicional de PIB. “En 2016”, explica la agencia en su último informe, “el mundo habría usado un 12% más de energía de no haber sido por las mejoras en la eficiencia desde 2010”.

Es llamativa la confianza con que Thunberg menciona que en 2078 celebrará su 75 aniversario. Da por hecho que alcanzará esa edad, como si fuera una ley física, pero se trata de una vicisitud relativamente reciente. Hasta 1960 la esperanza de vida de la mujer en Suecia no superó esa barrera y, dos décadas atrás, apenas llegaba a los 70 años. En 2003, cuando ella nació, era de 82. Las generaciones de sus padres y sus abuelos, cuya gestión tan lamentable le parece, le han regalado 12 años. Es un legado digno de celebración, y no el único. Thunberg no podía haber elegido mejor momento para incorporarse a la humanidad. Nunca en la historia ha habido menos pobreza, menos desigualdad, menos víctimas de catástrofes naturales, menos conflictos (y menos muertes por conflicto), menos analfabetos

Quedan, por supuesto, muchas tareas pendientes. Por eso, lo que Thunberg y sus colegas deberían hacer es dejarse de sentadas los viernes y seguir yendo a clase, a ver si cuando sus nietos cumplen 16 años son capaces de dejarles en herencia otros 12 años de vida y una Tierra todavía más limpia.

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