Regreso al futuro de ‘Regreso al futuro’

Tiene todo el sentido que, en lugar de hacer famoso a un político, los partidos hagan político a un famoso.

Es mi escena favorita de Regreso al futuro. Para huir de unos terroristas libios, Marty McFly se mete en el DeLorean y acaba en 1955. Allí va en busca de Doc, pero este no se cree todavía que nadie pueda viajar en el tiempo y decide ponerlo a prueba.

“A ver, chico del futuro”, le dice con retintín, “¿quién es el presidente de Estados Unidos en 1985?”

“Ronald Reagan”, responde McFly.

“¿Ronald Reagan? ¿El actor? ¡Ja! ¿Y quién es el vicepresidente? ¿Jerry Lewis?”

A un científico de la posguerra podía parecerle un disparate, pero la ocupación de la vida pública por las celebrities ha dejado de ser una extravagancia. La última incorporación es el ucraniano Volodymyr Zelensky y hay que decir que, desde el punto de vista de la mercadotecnia, no es ninguna tontería. La fabricación de un candidato es un proceso laborioso. Tienes que encontrar un buen material de base, pulirlo, darlo a conocer… Los partidos tradicionales llevan décadas cultivando la cantera y disponen de un amplio banquillo de abogados del estado y registradores de la propiedad aguardando turno, pero las nuevas formaciones carecen de fondo de armario y deben elaborar de repente listas para 52 circunscripciones. Tiene todo el sentido que, en lugar de hacer famoso a un político, opten por hacer político a un famoso.

El método se ha revelado bastante eficaz. Los perfiles serios conectan peor con la gente que un tipo que habla como si estuviera en la barra del bar, y los escaños del Congreso podrían llenarse de toreros, tertulianos, concursantes de realities y deportistas. Hay quien se escandaliza, pero, al final, ¿qué más da que su señoría haya participado en Supervivientes o en una oposición si va a limitarse a apretar el botón que le diga el jefe del grupo parlamentario?

Sucede, sin embargo, que una cosa es ir de palmero al Legislativo y otra muy distinta tomar las riendas del Ejecutivo. El balance de las estrellas mediáticas metidas a dirigentes no es muy alentador. Piensen en Jesús Gil y Marbella.

El historiador de la economía Carlo Cipolla ya alertaba de que una importante porción de los electores son estúpidos y las democracias les brindan “una magnífica ocasión de perjudicar a todos sin obtener ningún beneficio”. En su opinión, es cuestión de tiempo que los idiotas acaben con la civilización occidental, como antes hundieron el Imperio romano, y algunas voces han empezado a reclamar que se limite el voto. Desde la derecha, Jason Brennan propone reservarlo para los ciudadanos mejor preparados y, desde la izquierda, David Reybrouck aboga por recuperar la designación aleatoria de la Grecia clásica para frenar el auge del fascismo.

A mí no me convencen. Roslyn Fuller recuerda a Reybrouck que los magistrados elegidos por sorteo en Atenas gestionaban el día a día, pero no tomaban las decisiones relevantes, que seguían en manos de la Asamblea. En cuanto a Brennan, los Gobiernos anteriores al sufragio universal no eran muy ecuánimes, porque tenían fuertes incentivos para cargar el peso de los ajustes sobre los hombros de quienes no votaban. Finalmente, si uno y otro releyeran a Cipolla, aprenderían que la segunda ley de la estupidez determina que la probabilidad de que alguien sea estúpido es independiente de cualquier otra característica. No depende de la educación ni del ambiente. Es una constante de la naturaleza, como la gravitación universal o la velocidad de la luz. “Tanto cuando se analiza una universidad grande como una pequeña”, argumenta Cipolla, se aprecia “la misma proporción” de cretinos entre los bedeles que entre los profesores.

¿Estamos perdidos, entonces? Quizás no sea lo ideal que un indocumentado se instale en el Gobierno, pero si Estados Unidos ha resistido a Trump, debemos confiar en que Europa resista a Grillo. La fiebre populista remitirá. Las celebrities inundan la política porque los partidos necesitan mudar de piel, confundirse con el pueblo y desmarcarse de las élites a las que se responsabiliza de la Gran Recesión. Siempre que estalla una crisis profunda se desmorona la fe en las instituciones tradicionales. Luego, a medida que las heridas se restañan, el lustre de los caudillos providenciales decae.

Lo fundamental es no perder la cabeza entre tanto y tener presente cuáles son las alternativas a la democracia liberal y qué resultado han dado a lo largo de la historia.

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