Defensa del chiste

¿Es una crueldad intolerable reírse de las rubias tontas, de los niños gordos, de los paletos?

Me encanta The Big Bang Theory, pero no todo el mundo disfruta con ella. El otro día dieron un episodio en el que Howard y Raj deciden buscar una novia a Sheldon. Cuelgan en Craigslist un test que no pasarían ni los de Mensa y, cuando ya parece que nadie va a presentarse, llama al apartamento una chica preciosa. Tras disculparse porque estaba atrapada en un congreso de espectroscopia de resonancia magnética nuclear y no ha podido llegar antes, le explica a Cooper que ha disfrutado “traduciendo el pasaje en klingon [un idioma de Star Trek] al sánscrito” y que “tenía que conocer al responsable de tan brillante idea”. Sheldon admite que es efectivamente “un unicornio”, pero que “como sabe” ha llegado fuera de plazo y le cierra la puerta en las narices.

A mi hijo le molestó que se retratara como una extravagancia la afición por las lenguas muertas (no nacidas, en el caso del klingon). En general, toda la serie le resulta poco caritativa. No comparte que me hagan gracia las excentricidades de Sheldon, los desventurados amores de Raj, el fracaso sin paliativos de Stuart, y no le falta razón. Son unos infortunados que debieran inspirarnos lástima, pero los ponemos bajo los focos y nos mofamos de ellos.

¿Es una crueldad imperdonable? ¿Soy una mala persona? ¿Hay que cancelar la emisión de The Big Bang Theory?

Le he estado dando vueltas en el gimnasio, mientras pedaleaba en la elíptica y veía una antología de El Club del Chiste. Todas sus historias satirizan a alguien: las rubias tontas, los niños gordos, los funcionarios, los paletos… Son clichés vacíos, despersonalizados. Por eso nos hacen gracia. En cuanto les asignamos una humanidad definida, les ponemos nombre y apellidos, la hilaridad se esfuma. ¿Cómo reírte de un crío bulímico o de un aldeano que no ha tenido la menor oportunidad y cuida cabras desde los cinco años?

“No hay mayor enemigo de la risa que la emoción”, escribe Henri Bergson. Lo cómico requiere “una anestesia momentánea del corazón”. Un alma altamente sensible, en la que cualquier suceso produjera una resonancia sentimental, carecería de humor.

Por suerte, nadie es así. Incluso quienes alegan “sufrir por el hambre del mundo” emplean el verbo en un sentido hiperbólico. Yo sufrí cuando a mi hijo le realizaron a los dos años una punción lumbar para descartar una meningitis y, si experimentara lo mismo cada vez que sale un bebé con el vientre hinchado en el telediario, no soportaría vivir. Siento compasión, por supuesto. Es un rasgo de la especie al que le hemos sacado un provecho enorme. Gracias a ella, hemos alcanzado los niveles de cooperación y coordinación que nos han permitido construir catedrales y levantar imperios.

Pero la empatía se vuelve contra nosotros cuando nos domina como si fuéramos el propio damnificado. Necesitamos alejarnos para no hundirnos en la depresión ante la desgracia ajena. Es lo que hace el humor: diluye la emoción y nos convierte en fríos espectadores. Por eso realizamos comentarios jocosos en los funerales, para mantener a raya el miedo a la muerte.

Bergson dice que hay que desimpresionarse para disfrutar del humor, pero funciona también al revés: hay que disfrutar del humor para desimpresionarse, para marcar distancias. Cuentan una anécdota apócrifa de Freud. Los nazis irrumpen en su casa de Viena y, tras ponerla patas arriba y humillarlo delante de su familia, lo obligan a firmar un documento en el que alega que ha sido tratado con “respeto y consideración”. Freud lo firma, pero añade: “Recomiendo encarecidamente la Gestapo a cualquiera”.

El humor nos ayuda a tolerar lo intolerable y aceptar lo inaceptable. Es esencial dominar su manejo y prohibir su manifestación más popular, los chistes contra terceros, no sería buena idea. ¿Dónde ponemos el límite? Habría que censurarlos todos, porque nunca faltará quien se sienta agraviado por algo: una falda corta, una lengua larga, una melena desnuda, un velo, un crucifijo, un minarete…

En lugar de atizar la indignación contra lo que nos disgusta, debemos aprender a reírnos de lo que nos gusta. Primero, porque seguramente no somos tan listos como pensamos. Segundo, porque tomarse demasiado en serio es malo para la presión arterial y la convivencia. Y tercero, porque la ironía bien entendida empieza por uno mismo: burlarnos de nosotros nos legitima para burlarnos de los demás.

Esta reciprocidad del humor difumina la frontera entre ofendidos y ofensores. Unas veces caes de un lado, otras de otro y, mientras se respete cierto equilibrio en este toma y daca, las víctimas parecen arreglárselas perfectamente. En El Club del Chiste, los chistes de rubias los cuenta Martina Klein y, cuando a Manuel Fraga le preguntan qué opina de los de gallegos, responde: “Si son auténticos, son muy buenos”.

Ambos saben distanciarse de los clichés y hay que suponer que los devotos del klingon no son diferentes.

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