Por qué los robots no son el enemigo

Las máquinas ya conducen coches y mantienen conversaciones elementales. Identifican rostros y proporcionan traducciones instantáneas. Escriben informes, editan genomas, diagnostican enfermedades… Y esto no es más que el principio. Un famoso estudio de Oxford asegura que el 47% de los trabajadores de Estados Unidos corren el peligro de verse desplazados por los ordenadores en los próximos 10 ó 20 años. ¿Qué hay de cierto en este escenario de ciencia ficción?

A unos kilómetros de la pequeña ciudad de Concordia, en el corazón de Kansas, el avispado promotor Larry Hall compró en 2008 un antiguo silo de misiles del Ejército y ha levantado en su interior el Complejo del Superviviente, un bloque de 15 pisos de lujo a prueba de bombas atómicas. Almacena alimentos y combustible para cinco años, aunque sus ocupantes podrían resistir indefinidamente gracias al cultivo hidropónico de verduras y a una piscifactoría de tilapias.

El periodista Evan Osnos cuenta en The New Yorker que Hall “ha vendido todos los apartamentos, menos uno que se ha quedado para él”. No son baratos: tres millones de dólares, aunque el propietario puede personalizar las vistas con ventanas de ledes que reproducen diferentes paisajes. Una neoyorquina ha escogido un vídeo de Central Park. “Las cuatro estaciones, de día y de noche”, cuenta Osnos. “Quería los sonidos, incluidos taxis y bocinazos”.

Otro futuro inquilino es Tyler Allen, un constructor de Florida que ha llegado a la conclusión de que en Estados Unidos se está gestando una insurrección social que las autoridades no saben cómo afrontar. Dice que han diseminado deliberadamente el ébola para debilitar a la población. Osnos le pregunta si sus amistades no ponen caras raras cuando comparte estas elucubraciones y Allen replica: “También hace 10 años parecía absurdo lo que ocurre hoy: la agitación y la división cultural, los debates racistas y las manifestaciones de odio”.

En la otra punta del país, en la culta y opulenta California, la psicosis entre los magnates de Silicon Valley no es menos virulenta. Steve Huffman, el CEO de Reddit, se ha sometido a una cirugía de córnea no por coquetería ni por comodidad, sino porque mejora sus opciones de subsistir en el caos que se avecina. “Si el mundo se acaba […] conseguir lentillas o gafas va a ser una complicación. Y sin ellas estoy jodido”.

Tim Chang, director de una firma de capital riesgo, asegura que hay “un buen puñado de gente como nosotros en el Valle [del Silicio]”. Se reúnen a cenar y charlan de cómo planean sortear el holocausto. Su esposa y él tienen siempre listo el equipaje, por si estalla “una guerra civil”.

¿De dónde ha salido esta paranoia? Reid Hoffmann, el cofundador de LinkedIn, dice que la naturaleza del miedo varía con cada individuo, “pero muchos temen que, a medida que la inteligencia artificial vaya adueñándose de una proporción creciente de empleos, se produzca una reacción contra Silicon Valley, la segunda concentración de riqueza de Estados Unidos. [La primera es Connecticut]. Se lo he oído decir a bastantes personas. ¿Se va a alzar la nación contra los millonarios? ¿Se va a revolver contra la innovación tecnológica?”

Energía. “Hasta en Silicon Valley y el Foro de Davos se plantean la adopción de un salario incondicional porque, con los avances tecnológicos, no va a quedar trabajo para todos”, coincidía en mayo Cive Pérez, durante el debate Renta básica universal: ¿de lo imposible a lo inevitable?, organizado por IMF Business School. “El estudio que se hizo en Oxford”, prosiguió, “es alarmante: el 47% de los empleos de Estados Unidos corren el riesgo de ser automatizados. No es ciencia ficción. Los robots ya están aquí, aunque no sean antropomorfos. Los cajeros automáticos compiten con nosotros y es una lucha desigual, porque la energía que puede desplegar un humano es insignificante comparada con la que libera un litro de gasolina”.

Cive Pérez es miembro de Attac y tiene una agenda política, pero Carl Frey y Michael Osborne, los autores de la investigación de Oxford que menciona, son dos académicos, lo mismo que Stephen Hawking, que el año pasado proclamaba que “la automatización ya ha arrasado trabajos en la manufactura tradicional y el desarrollo de la inteligencia artificial posiblemente extienda esta destrucción a las clases medias”. Y advertía: “Vivimos el momento más peligroso de la historia”.

Quienes se consuelan pensando que nos hemos adaptado a otras revoluciones tecnológicas y que los vaticinios actuales son los mismos que vociferaban los luditas de principios del siglo XIX y los sindicalistas de finales del XX (y que el tiempo reveló falsos) tropiezan con el argumento de que asistimos a unos avances de una naturaleza radicalmente diferente. “Hoy en día”, escribe Ray Avent en La riqueza de los humanos (Ariel, 2017), “las máquinas pueden conducir vehículos y mantener una conversación elemental. Son capaces de identificar rostros entre la multitud y proporcionar traducción instantánea de idiomas extranjeros. Escriben informes y editan genomas”. Y esto no es más que el comienzo, porque los autómatas que son “lo bastante potentes para hacer todas estas cosas lo son también para hacer muchas otras”.

“Si los robots se encargan del grueso de la producción”, le sugirieron a Avent cuando acudió a Madrid a presentar su libro, “las personas quizá podamos trabajar dos días a la semana y descansar los otros cinco”.

“Ese es el sueño”, respondió Avent. “Pero si uno trabaja menos, cobra menos”. El empleo es el mecanismo que usamos para repartir las rentas que genera el sistema. Si se lo quedan las máquinas, ¿de qué vivirán quienes no posean ninguna?

Cuellos de botella. “A quienes sostienen que asistimos al fin del trabajo”, dice Stefano Visintin, economista de la Universidad Camilo José Cela, “les respondo que, por ahora, las estadísticas no han detectado nada”. El número de ocupados sigue creciendo en todo el planeta y la Organización Internacional del Trabajo no prevé que deje de hacerlo.

Juan Carlos Rodríguez, investigador de Analistas Socio-Políticos, ha realizado un seguimiento del empleo entre 1985 y 2015 en 14 países de la UE15, Japón y Estados Unidos, y “el resultado más evidente es la tendencia general al aumento de la tasa global de ocupación, tan solo contradicho por los casos de Finlandia, Suecia y Estados Unidos, cuyas caídas apenas representan entre 0,5 puntos y un punto porcentual por década”. Es decir, “la implicación en el mercado de trabajo estaría aumentando, no disminuyendo”.

Obviamente, la evolución no es la misma entre las mujeres y los varones. “Para las primeras, es muy positiva en todos los casos, salvo Suecia. Para los segundos tiende a ser negativa en todos lados menos Alemania, Países Bajos, Irlanda y Reino Unido”. Se trata, sin embargo, de caídas mínimas, únicamente llamativas en los casos de Grecia (4,2 puntos), Portugal (3,3), Italia (2,4) y Estados Unidos (2,2), y en todos ellos muy condicionadas por la reciente crisis.

“En definitiva”, concluye Rodríguez, “si cabe una historia de caída del empleo es una historia limitada a los varones, y no muy dramática en términos netos”.

La otra gran laguna de la teoría de la conspiración cibernética la destacó el exministro Miguel Sebastián en el debate sobre la renta básica de IMF Business School. “Si fuera cierto lo de los robots”, dijo, “deberíamos ver un aumento de la productividad y el problema que tenemos es justamente el contrario: desde que entramos en el euro no se ha movido prácticamente”.

En Estados Unidos pasa lo mismo: las máquinas hipereficientes están en todas partes menos en la contabilidad nacional. “La productividad del trabajo y la inversión en capital y, especialmente, en tecnología de la información y software se han desacelerado desde que empezó el siglo XXI”, escribe Lawrence Mishel, presidente del Instituto de Política Económica, un think tank de Washington.

Son dos objeciones notables para quienes alegan que nos estamos quedando sin empleo porque los robots son cada vez más productivos: ni el empleo disminuye ni la productividad aumenta. No obstante, Juan Francisco Jimeno, autor de Crecimiento y empleo: una relación turbulenta (RBA, 2016), no descarta que “la inteligencia artificial tenga características distintas a las innovaciones que la han precedido”.

Jimeno cree que “estamos lejos del mundo de ciencia ficción de Terminator”, pero también señala que la productividad es una magnitud muy elusiva. “Puede que no percibamos su incremento porque haya en juego fuerzas contrarias. Si la productividad de quienes utilizan ordenadores mejora, pero la del resto de la economía empeora en la misma proporción, el balance es neutro. Hay que medirla con más precisión, pero no es sencillo desagregar sectores con bienes de equipos muy heterogéneos”.

Los apóstoles del Armagedón cibernético barajan otra hipótesis para justificar el decepcionante comportamiento de la productividad. “Los automóviles”, escribe Avent, “eran un objeto impresionante a finales del XIX”, pero “su potencial transformador no se hizo patente hasta el siglo XX”, porque la sociedad tarda en explotar una tecnología disruptiva.

La informática estaría atravesando esa fase de asimilación, pero en cuanto la supere el ritmo de progreso no será gradual, sino exponencial. Es como la leyenda del inventor del ajedrez. El rey quedó tan complacido que le dijo: “Pídeme lo que desees”. El sabio respondió que en la primera casilla pusiera un grano de arroz, en la segunda dos, en la tercera cuatro, y fuera así duplicando la cantidad hasta completar las 64. El rey sonrió y, efectivamente, el cereal crece despacio al principio, pero se dispara a magnitudes inconcebibles a partir de un determinado punto. De igual modo, ahora nos hallaríamos en las casillas iniciales del tablero digital y apenas percibiríamos el cambio. Pero a medida que avancemos nos zambulliremos en un futuro desconocido.

Aunque las estadísticas no reflejen nada todavía, basta echar un vistazo a las competencias que van asumiendo los ordenadores para comprobar que se amplían día a día. ¿Cuántas se encuentran fuera de su alcance? Es lo que intentan establecer Frey y Osborne en su famoso artículo “El futuro del empleo”.

El procedimiento es sencillo. Con el asesoramiento de expertos en aprendizaje de máquinas, Frey y Osborne aíslan una serie de atributos que llaman “cuellos de botella de ingeniería” y que son tareas no susceptibles de mecanización. A continuación, cogen la base O*NET, un listado en el que se detallan 903 ocupaciones de Estados Unidos, y comprueban cuántas de ellas no presentan ninguna de esas tareas y son, por tanto, automatizables. Finalmente, multiplican cada una de esas ocupaciones por su número de empleados y concluyen que el 47% “son potencialmente automatizables en un plazo no especificado de tiempo, tal vez una o dos décadas”.

La investigación de Frey y Osborne ha sido posteriormente replicada en otros países, con resultados igualmente alarmantes: en Finlandia corre peligro el 35% de los puestos, en Alemania el 59% y en el sur de Europa más del 60%.

Tareas. La metodología de Frey y Osborne presenta, sin embargo, lagunas, como revelan en “El riesgo de automatización del empleo en la OCDE” Melanie Arntz, de la Universidad de Heidelberg, y Terry Gregory y Ulrich Zierahn, del Centro Europeo para la Investigación Económica. El error fundamental consiste en que aceptan sin cuestionar la descripción que se hace de las ocupaciones en la base O*NET, lo que no siempre coincide con lo que pasa en el mundo real. Por ejemplo, según O*NET los contables apenas interaccionan con otros colegas y, por ello, Frey y Osborne les asignan un riesgo de sustitución del 98%. Sin embargo, cuando se recurre al Programa para la Evaluación Internacional de Competencias de Adultos (PIAAC, en sus siglas en inglés), una encuesta que averigua lo que los empleados de la OCDE hacen efectivamente en sus puestos, apenas el 24% de los contables trabaja en solitario. Lo mismo ocurre con los vendedores: la posibilidad de automatización que les atribuyen Frey y Osborne es del 92%, pero la mayoría forma parte de equipos donde la empatía es esencial.

Arnzt, Gregory y Ziehran examinan directamente las tareas que se refieren en el PIAAC y el resultado es que pocas ocupaciones están libres de “cuellos de botella”. En Estados Unidos un 9% de los trabajadores afronta un peligro de reemplazo alto. En el resto de la OCDE, el dato varía. En Finlandia, donde ya se han tecnificado muchos procesos, el margen es inferior que en España. También influye la cultura: los alemanes son más vulnerables que los ingleses, porque tienen menos necesidad de comunicarse. Sea como fuere, la horquilla oscila entre el 6% de Corea del Sur y el 12% de Austria.

Se trata de cifras claramente inferiores al 47% de Oxford, pero así y todo Arnzt, Gregory y Ziehran creen que exageran la amenaza real. Para empezar, el método de los “cuellos de botella” ha sido diseñado por ingenieros, que tienden a olvidar que las dificultades técnicas no son las únicas que hay que vencer para poner un invento en el mercado. En primer lugar, deben salir las cuentas: proyectos como el tren de levitación magnética o el avión de pasajeros supersónico son factibles, pero la falta de rentabilidad frena su desarrollo. Luego hay que formar profesionales capacitados, lo que requiere tiempo y fondos que no siempre se encuentran disponibles. Finalmente, están los obstáculos éticos (no existen algoritmos que ayuden a los coches autónomos a discernir si es preferible chocar contra un turismo o contra un camión) y jurídicos (aplicaciones como Uber o Airbnb afrontan una larga batalla en los tribunales).

Toda la historia. “La tecnología no destruye empleos”, dice Stefano Visintin, “sino tareas”. Esta distinción es crucial. Cuando una ocupación se mecaniza por completo, el puesto asociado desaparece, como es lógico. Pero esto es algo insólito. Según el profesor de la Universidad de Boston James Bessen, de las 271 profesiones registradas en el Censo de Estados Unidos de 1950 únicamente la de ascensorista se había extinguido hacia 2010 por culpa de la tecnología.

Lo normal es que la mecanización sea parcial y, en esos casos, el empleo no solo se preserva, sino que puede aumentar, incluso cuando los porcentajes de sustitución de tareas alcanzan el 98%. Es lo que sucedió con la industria textil en el siglo XIX. El abaratamiento de la ropa la hizo accesible a millones de clientes y, para atenderlos, los fabricantes debieron incorporar más mano de obra.

Un fenómeno similar se ha repetido recientemente con los cajeros automáticos que mencionaba Cive Pérez más arriba. Bessen explica que, a partir de 2000, su instalación creció a una tasa anual del 2% y, sin embargo, los trabajos equivalentes a tiempo completo en la banca se incrementaron. Las máquinas redujeron el coste de las sucursales y permitieron operar en sitios donde hasta entonces no eran rentables.

Naturalmente, los cajeros de carne y hueso han debido reconvertirse y realizan más labores comerciales o de gestión. Este reciclaje también se ha verificado en otros ámbitos, como la prensa, donde el software editorial ha acabado con los teclistas y los montadores, pero ha obligado a contratar más maquetadores.

Esta destrucción creadora es un proceso enmarañado. La acción simultánea de dinámicas de signo opuesto impide apreciar con nitidez lo que ocurre. El hueco que dejan los puestos liquidados salta a la vista, pero esa no es toda la historia, porque los ahorros obtenidos gracias al abaratamiento de la producción se trasladan a los precios y, al impulsar la demanda, facilitan la aparición de nuevos puestos en otras áreas de la economía. Sabemos que este efecto de segunda vuelta ha prevalecido en el pasado, pero ¿tenemos la certeza de que seguirá haciéndolo?

Los ya citados Gregory y Zierahn y su colega Anna Salomons de la Universidad de Utrecht han evaluado el impacto de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) en 238 regiones europeas entre 1999 y 2010. La conclusión es que su introducción terminó con un número importante de empleos (9,6 millones), que no compensó el surgimiento de otros 8,7 millones relacionados con las propias TIC. Ahora bien, las ganancias de productividad permitieron a los ciudadanos consumir más de otros bienes, lo que indujo la creación de 12,4 millones de trabajos. El balance neto fue un aumento de la ocupación de 11,6 millones de personas.

El título de este artículo es significativo: “¿Compitiendo con la máquina o contra ella?” La pregunta es procedente, porque damos por supuesto que humanos y robots rivalizan, cuando la mayoría de las ocasiones forman una fructífera alianza. En “Cómo la automatización afecta a las ocupaciones”, Bessen elabora un censo de profesionales que usan ordenador y, tras comparar su evolución con la de los que no lo usan, observa que el empleo entre los primeros no solo no se ha contraído desde 1980, sino que ha crecido más deprisa. De hecho, las ocupaciones que se informatizan fagocitan a las que no se informatizan. No estamos, por tanto, ante un relato de máquinas que desplazan a personas, sino ante un relato de personas con máquinas que desplazan a otras personas.

“Hoy por hoy no hay nada más eficaz que un humano auxiliado por una buena tecnología”, dice el sociólogo de la Complutense Arturo Lahera Sánchez. “En muchos ámbitos lo que mejor funciona es la cooperación: metro, cirugía, centrales nucleares…”

“Cada día van a mecanizarse más actividades”, coincide Stefano Visintin, “pero seguirá haciendo falta gente”.

Esa ha sido la norma, pero con softwares cada vez más inteligentes, ¿no cabe la posibilidad de que las computadoras acaben hartándose de nosotros y nos dejen tirados, como hace la voz de Scarlett Johansson con el pobre Joaquin Phoenix en Her?

Una silla es una silla. El catedrático del Instituto Tecnológico de Massachussetts David Autor explica que cualquier profesión es una compleja combinación de ingredientes: talento y músculo, inspiración y transpiración, improvisación y planificación, experiencia e intuición. Las máquinas nos superan en algunos terrenos. Son más fuertes y fiables. Tampoco se cogen vacaciones ni tienen derecho a indemnización por despido.

Pero en otras áreas (empatía, creatividad) las personas conservamos una clara ventaja y Autor no cree que vayamos a perderla. Para que un ordenador ejecute cualquier cometido, hace falta que alguien entienda y programe todos los pasos que lo componen, pero hay ciertos procesos que se nos resisten. “Cada vez que cascamos un huevo contra el borde de una taza, distinguimos un pájaro de un rápido vistazo, redactamos un párrafo elocuente o ideamos una teoría para explicar un fenómeno desconocido, ejecutamos tareas que no acabamos de entender”. Como decía el filósofo Karl Polanyi: “Sabemos más de lo que somos capaces de explicar”.

Autor ilustra su tesis con una habilidad tan elemental como identificar una silla, algo que cualquier niño realiza con gran precisión y rapidez. Un ingeniero puede indicar al robot que es un objeto con cuatro patas, un asiento y un respaldo. Pero muchas sillas carecen de respaldo y, si especifica que este es opcional, ¿cómo la diferenciará de una mesita? A pesar de haberse escrito decenas de miles de líneas de código, no se ha dado aún con un programa que no esté sujeto a falsos positivos. Los esfuerzos más recientes de que tengo noticia recurren a bancos de imágenes, pero el desenlace continúa siendo desesperanzador. El economista de la Universidad de Zúrich David Dorn cuenta en “El auge de las máquinas” que cuando al autómata se le sitúa frente a una butaca, la reconoce correctamente y se sienta encima. Pero cuando se le ofrece un velador, lo tumba sobre un costado y se sienta igualmente encima.

Centauros. “Esas ficciones en las que las élites viven encastilladas mientras el pueblo se muere por las esquinas no tienen mucho sentido”, reflexiona Juan Carlos Rodríguez. “¿Por qué iba la gente a consentir que se llegara a esos extremos? Incluso las propias élites, ¿por qué iban a consentirlo? Una sociedad así es inviable. Ni siquiera el peor comunismo te tiene mendigando por la calle”.

El propio Ray Avent se manifiesta “decididamente optimista”. Aunque nos adentramos en tierra incógnita, “con toda probabilidad la humanidad emergerá por el otro lado en cuestión de unas décadas y encontrará un mundo en el que las personas son inmensamente más ricas y felices que en la actualidad”.

Pero entre tanto hay que gestionar la transición. “Las revoluciones tecnológicas causan polarización, y esta no es una excepción”, explica Juan Francisco Jimeno. “Quienes se adaptan al cambio se vuelven más productivos y ganan más, pero quienes desempeñan tareas rutinarias y fácilmente sustituibles lo pasan mal”.

Como remedios se han sugerido la introducción de una renta básica universal (RBU) o la creación de un impuesto sobre los robots, pero los expertos consultados para este reportaje no son partidarios ni de la una ni de lo otro.

“La RBU tiene que ver con otros temas, como la pobreza y la desigualdad”, dice Lahera Sánchez. “Vincularla con la digitalización me parece oportunista y poco útil”.

“Según mis cálculos”, explicó Miguel Sebastián en el debate de IMF Business School, “requeriría una inversión de 60.000 millones. Es una cifra considerable, pero no inabordable. Me preocupan mucho más los desincentivos. ¿Vamos a tirar la toalla de las políticas activas de empleo? ¿Y qué pasa si no funciona? ¿Cómo damos marcha atrás? Porque se habla mucho del coste de entrada, pero no del de salida”.

En cuanto a gravar los robots, a Jimeno le parece “muy mala idea. Si se usan para producir, son capital y ya tributan. Además, ¿qué es un robot? ¿Un algoritmo? ¿Un smartphone? ¿La Thermomix?”

“Hay que centrarse en una suerte de presente continuo, en lo que de verdad está sucediendo, y operar en ese marco”, aconseja Juan Carlos Rodríguez. “La mayor parte de las propuestas sensatas combinan formación, mercados que funcionan con bastante o mucha libertad y Estados que aseguran niveles suficientes de equidad”.

“Son las mismas recetas que ya probamos en el pasado”, coincide Jimeno. “Más educación y mecanismos de redistribución”.

“Lo demás es matar moscas a cañonazos”, apunta Lahera Sánchez, que no cree ni en distopías apocalípticas ni en tecnoparaísos. “Todo no va a ser negro, pero tampoco color de rosa”.

Lo más probable es que asistamos a un aburrido escenario intermedio.

“Hay una experiencia reveladora”, dice Stefano Visintin. Y me cuenta cómo tras caer derrotado en 1997 ante Deep Blue, a Garri Kasparov se le ocurrió organizar un torneo de ajedrez en el que ordenadores y personas formaran equipos. A los practicantes de esta modalidad se les conoce como centauros y resultan imbatibles tanto para los grandes maestros como para los programas más sofisticados. “La complementariedad es el futuro”, concluye Visintin. “No hay nada más eficiente. Las empresas las dirigiremos ayudados por simuladores”.

(Este reportaje se publicó originalmente en Actualidad Económica en junio de 2017)

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