¿Nos estamos volviendo idiotas con tanta maquinita?

Ni usted ni yo cultivamos los alimentos que comemos ni construimos las casas que habitamos, por no hablar de la cara que se nos pone cuando levantamos el capó del coche.

Hace unos años tuve que tomarle la lección a mi hijo Carlos. Le habían mandado estudiarse los pilares del islam. Era muy pequeño, la religión le traía sin cuidado y se distraía con el vuelo de una mosca, así que no tenía ni idea. Se retorcía penosamente los dedos de las manos mientras yo lo miraba con gesto grave. “Carlos, no te lo sabes”, dije al fin. “¡Sí que me lo sé”, respondió con los ojos inundados de lágrimas, “lo que pasa es que no me acuerdo!”

La salida no carecía de ingenio, pero no me convenció. La sabiduría no se agota en la capacidad de almacenar y relacionar contenidos, pero sí está muy vinculada con esa habilidad y es importante contar con una memoria robusta, que nos suministre los conocimientos a medida que los necesitamos. Para obtener el título de bachiller, a mi generación la obligaban a enumerar los silogismos de la lógica aristotélica. Está claro que no valía para nada, pero hoy todo está en Google y, si el criterio fuera la mera disponibilidad, “¿para qué molestarse en recordar y retener información?”, plantea el físico Gene Tracy. “Cuando cualquier alumno puede acceder con su móvil a la sabiduría universal, ¿por qué lo obligamos a metérsela en la cabeza?”

Hasta los más fieros enemigos de que los niños reciten como loros los afluentes del Tajo convendrán conmigo, sin embargo, en que hay ciertas cuestiones que conviene saber. El nudo del desacuerdo radica en cuáles. Dicho de otro modo, ¿cuánto podemos permitirnos olvidar? ¿No corremos el riesgo de volvernos idiotas con tanta maquinita?

Lo primero que hay que señalar es que la memoria es un recurso limitado. No podemos acordarnos de todo y, de hecho, “la civilización avanza mediante el olvido organizado”, como señala Tracy. Ni usted ni yo cultivamos los alimentos que comemos ni construimos las casas que habitamos, por no hablar de la cara que se nos pone cuando levantamos el capó del coche. Formamos parte de redes de conocimiento y nos hemos especializado en pedazos de la realidad. Unos son abogados, otros contables, otros ingenieros y luego nos juntamos en los cócteles y discutimos sobre quién es más inútil. La respuesta es que todos y ninguno. Todos porque, si nos soltaran en una isla desierta como a Robinsón Crusoe, las pasaríamos canutas para arrancar una tenue llama de un par de palitos (con la excepción, quizás, de mi amigo Jesús). Y ninguno, porque nuestra formación parcial nos permite engranarnos armónicamente en un mecanismo capaz de generar cotas de bienestar desconocidas en la historia. En buena medida, nuestra especie se ha hecho grande gracias a lo bien que olvidamos, no a lo mucho que recordamos.

¿No debemos preocuparnos, entonces, de que la tecnología nos entontezca? Por mucho que nuestros abuelos encarezcan la importancia de lo que les enseñaron de críos, cada generación se enfrenta a un repertorio de desafíos nuevos que requieren destrezas específicas. Hace años era crítico saber orientarse, pero hoy disponemos de navegadores que calculan la ruta más conveniente para ir de un lado a otro. ¿Y si mañana no hay navegadores? Nos adaptaremos. Los humanos hemos demostrado bastante criterio a la hora de determinar qué nos conviene aprender en cada momento. No existe un cuerpo cerrado y definitivo de materias cuyo dominio confiera la sabiduría universal. Depende de cada circunstancia concreta. Por absurdo que nos parezca a la mayoría, tiene sentido empollarse los silogismos de Aristóteles si eres profesor de lógica. Y los cuatro pilares del islam no resultan de gran utilidad para el madrileño medio, pero sí para un alumno que, como mi hijo Carlos, va a pasar un control de religión.

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