Las antípodas de una lección

Los enemigos de la libertad llevan siglos pugnando por imponer su receta de la felicidad. No han hecho más que acumular fracasos, pero no se desaniman.

“Nueva Zelanda será el primer país del mundo con un presupuesto que se medirá no por el crecimiento económico (PIB) sino por el bienestar de su ciudadanía”, anuncia Cristina Manzano en “Lección desde las antípodas”. Parece una medida revolucionaria, pero ¿qué país desarrollado tiene en cuenta solo el PIB? Impulsar el crecimiento es relativamente sencillo. Basta con bajar los impuestos y concentrar el gasto en proyectos faraónicos, en lugar de destinarlo a obra social. Hay partidos que abogan por este tipo de programas, pero en Occidente los electores los hemos mantenido confinados en los márgenes del sistema, porque nos preocupan todas esas cosas que, según Manzano, no nos preocupan: la pobreza, las personas sin hogar, la identidad cultural, la vivienda, el medio ambiente.

¿En qué consiste la originalidad de la propuesta neozelandesa? En que forma un paquete cerrado con lo que entiende que son “los criterios para valorar el bienestar”. Suena bien, pero la composición de ese paquete constituye la esencia de la política. No todos coincidimos en cuál es la combinación adecuada de libertad, igualdad o seguridad. Lo ideal sería disponer de ellas en proporciones ilimitadas, pero se trata de valores que no son perfectamente compatibles. A mayor libertad, menor seguridad, y viceversa. El Nobel Gary Becker contaba en una entrevista para el Chicago Maroon que acabar con la delincuencia no era una empresa imposible, pero comportaba un precio en términos de derechos que muy pocos estaban dispuestos a pagar.

Si existiera una receta universalmente aceptada de lo que es la sociedad perfecta, no haría falta la política. Delegaríamos en un cuerpo de tecnócratas la administración de la cosa pública para que ajustaran los engranajes cada vez que la maquinaria chirriase. Pero votamos justamente porque somos incapaces de ponernos de acuerdo a la hora de definir prioridades. Los ecologistas denuncian que no se ha hecho lo suficiente contra el cambio climático, pero congelar el crecimiento, como propuso el Club de Roma en 1972, habría sido un error, porque gracias al crecimiento la tasa de pobreza extrema ha pasado del 44% de principios de los 80 al 10% actual. “Cada mañana de los últimos 25 años”, escriben Max Roser y Esteban Ortiz-Ospina, “la prensa podría haber publicado un titular que dijera: ‘El número de pobres se redujo ayer en 128.000 personas”. ¿No ha merecido la pena? Lo fantástico sería que además los recursos no se agotaran, pero son escasos y susceptibles de usos alternativos, debemos optar entre ellos y no hay ninguna preferencia que sea objetivamente superior.

¿O sí? Es lo que la socialdemocracia neozelandesa plantea, según Manzano, pero no es ninguna primicia. Desde Platón hasta Maduro, pasando por Rousseau, Marx y la Escuela de Fráncfort, los enemigos de la sociedad abierta llevan siglos pugnando por imponer su receta de la felicidad. No han hecho más que acumular fracasos (Siracusa, la Francia del Terror, la Unión Soviética, Cuba, Venezuela), pero no se desaniman y ahora vuelven a la carga enarbolando la bandera de lo políticamente correcto.

Lejos de ser una lección desde las antípodas son las antípodas de una lección.

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