Por qué los empresarios no son buenos políticos

Si España estuviera gobernada por Amancio Ortega, ¿nos iría tan bien como a Inditex? Quizás, pero no necesariamente.

El director de 4Asia, mi gran amigo Julio Trujillo, monta periódicamente unas jornadas sobre el Oriente misterioso y nunca falta entre los asistentes alguien que nos pregunta a los panelistas si el éxito de China y Singapur no demuestra la superioridad del capitalismo autoritario. Branko Milanovic analiza esta posibilidad en Letras Libres. “Lo que defiende este modelo es que la misma organización eficiente y dictatorial que existe en la producción de móviles debería trasladarse a la esfera política”, escribe el prestigioso economista. Y recuerda cómo Wilde reprochaba al socialismo que ocupaba “demasiadas tardes”, porque todo se discutía y votaba en asambleas agotadoras, en vez de encomendarse al experto correspondiente.

La idea tiene atractivo. ¿Imaginan que España estuviera gobernada con el mismo talento con que Amancio Ortega y José Manuel Lara levantaron Inditex y Planeta? ¿Por qué no confiar las riendas de la Administración a empresarios de éxito y no a políticos que no saben lo que es ganarse el pan con el sudor de la frente y cuyo único mérito ha sido abrirse paso a codazos en las listas de un partido? ¿No nos iría mejor?

Esta caracterización del empresario como un profesional laborioso y capaz y del político como un parásito indeseable e inútil es injusta. Los capitanes de la industria también meten la pata, y mucho. Cientos de quiebras lo atestiguan cada día. Lo que pasa es que nosotros nos fijamos en los que triunfan. Los malos desaparecen del radar antes de que reparemos en ellos. En la pantalla quedan solo los Ortega, los Lara, los Jobs, los Gates. Por eso pensamos que todos son eficientes.

El eficiente es, en realidad, el mercado, que aparta implacable al que se equivoca o, simplemente, no tiene suerte. El empresario como categoría ontológica no es ni más ni menos eficiente que el político, y la prueba es que en las oportunidades en que hemos injertado a algún directivo ilustre en el Estado no lo ha hecho mejor, cuando no la ha cagado abiertamente, como Donald Rumsfeld en Irak o Jesús Gil en Marbella.

A menudo se han intentado justificar estos fracasos alegando que los problemas que afrontan unos y otros son distintos, pero mi impresión es la contraria. La naturaleza de lo que deben gestionar es muy similar: escenarios altamente complejos e irrepetibles. Dirigir una compañía o un Gobierno no es una tarea para la que uno pueda entrenarse, como una partida de ajedrez o una cirugía de rodilla. Estas conforman lo que Robin M. Hogarth, Tomás Lejarraga y Emre Soyer denominan “entornos de aprendizaje amables”. Toda la información está disponible, hay patrones recurrentes y tropiezas una y otra vez con situaciones similares, lo que te permite ejercitarte hasta adquirir las destrezas adecuadas. Aunque el número de posiciones que pueden adoptar las piezas en el tablero es enorme, las reglas son limitadas. Los peones se mueven hacia adelante, los alfiles en diagonal, las torres en horizontal o vertical. Ahora imagínese que de pronto la reina levitara sobre su escaque y saliera volando por la ventana. ¿Qué haría usted? Ni idea, ¿verdad? Bienvenido a la política.

No quiero desear ningún mal a nadie, pero a chinos y singapurenses les ocurrirá algo parecido tarde o temprano. Vivirán una situación insólita, para la que no les valdrá la experiencia acumulada. La historia está llena de estos choques asimétricos. España entró en decadencia porque su tecnología naval estaba diseñada para el Mediterráneo, no para el Atlántico. Y Nokia era una firma ejemplar hasta que surgió el smartphone.

En esos trances, da igual que seas empresario, abogado, licenciado en exactas o ingeniero industrial. Nadie está preparado para afrontar algo que nunca ha sucedido. Lo único que funciona es probar y descartar, y los autócratas tienden a encariñarse con sus soluciones. El gran defecto de Fidel Castro no fue que se equivocara al montar esta planta de televisores o aquella de lavadoras. Eso le pasa a cualquiera. El gran defecto fue su reluctancia a rectificar cuando los televisores o las lavadoras no se vendían.

Las democracias carecen de esa paciencia. Son implacables como el mercado y apartan a los gobernantes que no funcionan sin la menor consideración. Por eso acaban adaptándose a la larga, aunque en ocasiones den la impresión de que ocupan demasiadas tardes.

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