El manantial

Ni las leyes ni los contratos ni la racionalidad económica valen de nada sin una red moral que las soporte.

Cuando el filósofo Jay Richards leyó La rebelión de Atlas experimentó “un puñetazo en el pecho”. Ayn Rand lanzaba contra cada uno de los tópicos izquierdistas “estocadas mortales” que lo reafirmaron en su convicción de que el colectivismo era inviable, pero que también lo sumieron en una agonía religiosa, porque Rand era una atea furibunda y consideraba la fe cristiana de Richards decadente e incompatible con la búsqueda del propio interés, que era “el manantial del progreso”.

Ese ha sido siempre el pecado original del capitalismo: que se basa en el egoísmo. André Comte-Sponville añade cínicamente que “por eso funciona tan bien”, pero esa eficacia no consuela a muchas personas, porque la prosperidad se obtiene al precio de generar desigualdades, de sufrir crisis periódicas y devastadoras y, sobre todo, de envilecernos.

La idea de que todo sale perfecto de las manos de Dios y degenera en las manos del hombre no es una afortunada teorización de Rousseau. Un grupo de profesores de la Universidad de Zúrich se ha dedicado a perder carteras por medio mundo para ver cómo reaccionaban quienes las encontraban. El experimento, que publica Science, desvela “un patrón universal de honestidad”: la mayoría (51%) devolvía el dinero. Este resultado contradice los “modelos de la economía clásica”, que postulan que anteponemos nuestro beneficio al de los demás, y alienta la esperanza de que otra política es posible. Bastaría con dejar que la gente diera rienda a sus impulsos naturales, en lugar de exacerbar sus pasiones más bajas e incitarla a competir desde la infancia.

En realidad, la sorpresa es relativa. La propensión a cooperar de nuestra especie lleva décadas contrastándose en los laboratorios mediante el juego del dictador. Se coge a un sujeto, se le da un billete de 100 dólares y se le insta a repartírselos con otro como le venga en gana (de ahí lo de dictador). En teoría puede quedarse con los 100 dólares, y eso es lo que cabría esperar si nos moviera el puro egoísmo. Pero sucede apenas en un 40% de los casos. La mayoría de los dictadores comparten la cantidad, no demasiado equitativamente, eso sí: la proporción media es de 80/20, de conformidad con el precepto evangélico “sed hermanos, no primos”.

La explicación podría ser que el sistema no nos ha corrompido completamente, aunque es cuestión de tiempo. Pero si el desarrollo disolviera los vínculos sociales, los ciudadanos de los países más prósperos confiarían menos los unos en los otros, cuando sucede al revés, como revela el índice que elabora Trust Across America: a mayor renta, mayor fe en el prójimo.

La razón por la que el mercado no acaba con el altruismo es porque lo necesita. Max Weber atribuía el despegue del capitalismo a la ética luterana del trabajo. “Los ateos recelan unos de otros”, escribió. “Se dirigen a nosotros [los protestantes] cuando quieren hacer negocio”. Y Francis Fukuyama argumenta que “las leyes, los contratos y la racionalidad” de nada valen sin “reciprocidad, obligaciones morales, responsabilidad hacia la comunidad y confianza”. “Esto último”, remacha, “no es un anacronismo”, sino “la condición sine qua non de su éxito”.

Es también lo que Richards descubrió haciendo una lectura más reposada de Adam Smith. El padre de la economía clásica no se engañaba sobre nuestra condición. “No es de la benevolencia del carnicero […] de lo que podemos esperar nuestra cena, sino de […] su codicia”, escribió. Contemplaba la satisfacción propia como un móvil poderoso, pero no inmoral; solo inevitable. “Cada vez que respiramos, que nos lavamos las manos, que comemos fibra o tomamos vitaminas obramos en nuestro interés”, dice Richards. Podemos ignorar esta verdad, como hacen los cubanos, y organizar nuestra convivencia sobre la suposición rousseauniana de que el hombre es justo y abnegado. O podemos aceptarla y canalizarla, como hace el mercado. “A pesar de su egoísmo y su rapacidad natural”, sostiene Smith, “[los empresarios] son guiados por una mano invisible y, sin pretenderlo ni saberlo, trabajan en beneficio de la sociedad”.

“Adviertan”, observa Richards, “que [Smith] escribe a pesar de su egoísmo”. No dice que el carnicero deba ser egoísta. Al contrario. Tiene que sobreponerse a “su rapacidad natural” para lograr que se le compre la carne a él y no a otro. Para saciar su codicia, debe encontrar antes el modo de satisfacer los deseos de los demás.

El juego de emprender parte siempre del “dolor del cliente”, de un problema por cuya solución alguien está dispuesto a pagar. Marx propugnaba que uno se hacía rico a base de empeorar la vida de los demás, de arrebatarles algo que tenían, pero la fortuna de Steve Jobs o de Amancio Ortega se debe a todo lo contrario: a que nos ofrecen algo que no teníamos. Se han hecho millonarios porque han mejorado nuestras vidas. Ese es el manantial del progreso.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s