Si solo me quedara una hora de vida

El único modo de aplacar la angustia de una muerte inminente es moverse, actuar, hacer algo. ¿El qué?

Después de vender la participación que mantenía en un grupo editorial, un viejo y querido jefe recibió una suma exorbitante y, durante una temporada, se dedicó a hacer eso que todos decimos que vamos a hacer si nos toca la lotería: levantarse tarde, viajar, leer, ir al cine entre semana.

Aguantó un año. “Tengo mono de tinta”, me confesó una tarde. “Cada vez que paso delante de un kiosco y no veo una cabecera impresa por mí, me pongo nervioso”. Poco después se compraba un diario (no un ejemplar: la empresa entera) y se embarcaba de nuevo en interminables y agotadoras jornadas.

¿Para qué diablos le sirvió el dinero? Nos comportamos como si fuera lo más importante, pero ¿de verdad lo es? Y si no, ¿qué lo es?

Hace unos años, tuve ocasión de preguntárselo a Roger-Pol Droit. Acababa de publicar Si solo me quedara una hora de vida. Puesto ante esa tesitura, la realidad se escinde como el mar Rojo. A un lado queda lo esencial, al otro lo superfluo. ¿Qué haría un filósofo como él? ¿A qué dedicaría el tiempo libre?

Lo primero que me dijo fue que le daban risa los clásicos con su proyecto de prepararse para morir. “Aprender cualquier cosa, desde tocar el piano a montar en bici, requiere práctica y no podemos morir varias veces hasta dominar la técnica”. A lo más que podemos aspirar es a “guardar la compostura”.

La lógica de Epicuro (“cuando tú estás la muerte no está y, cuando la muerte está, tú no estás”) es impecable, pero consuela poco, igual que el argumento irrebatible de que te quitas de un montón de problemas. Ya no importa si cumples objetivos o si estás delgado, y allá se las componga el planeta con el cambio climático.

El único modo de aplacar la angustia de un fallecimiento inminente es moverse, actuar, hacer algo. ¿El qué? En su libro, Droit va planteando alternativas. Una obvia es lanzarse de cabeza a lo que “por decencia o por temor” nunca se hizo. Pero, ¿merece la pena invertir los últimos y preciosos minutos en “un colocón tremendo”, en “cargarme a algunos de los sujetos que odio”, en “perderme en una orgía”? “Es inútil”, concluye. “Tan inútil como quedarse abatido, postrado”.

Droit no es religioso ni cree en el más allá. “No temo nada, ni juicio ni castigo”, aunque no descarta llevarse “una sorpresa, quién sabe”. Tampoco considera viable una felicidad laica. “Cada vez entendemos menos lo que esa palabra significa”. No es un lugar físico (la Utopía de Moro, el paraíso comunista) ni un estado psíquico. Nadie alcanza una beatitud permanente. Experimentamos “un amasijo de sentimientos: los que regocijan y los que duelen”. Separarlos para “filtrar el placer y extraer esa venturosa pasta llamada felicidad” es una quimera. La vida viene en un lote en el que hay de todo, en proporciones variables. Podemos tabicar, separar, segmentar, pero eso apenas dura un momento.

¿Y los gozos de la sabiduría? “Más vale acabar con la obsesión de comprenderlo todo”, afirma Droit. Nadie cerrará un día los laboratorios para anunciar: “En el día de hoy, cautiva y desarmada la ignorancia, los investigadores han alcanzado sus últimos objetivos. La ciencia ha terminado”. Las fronteras son inabarcables o se mueven constantemente: detrás del átomo viene el protón, detrás del protón el quark, detrás del quark el bosón… “No hay ninguna orilla, solo navegación”.

Descartadas la orgía, la religión, la felicidad, la sabiduría, ¿qué nos queda? Droit observa que, más allá de los latidos, del nerviosismo, de las emociones, hay algo que “sigue su curso, que no se alimenta de nada”. Es la pura pasión de persistir. “Cada cosa se esfuerza en perseverar en su ser”, decía Spinoza. “Lo que nos ata a la existencia es un deseo interminable”, añade Droit. Es esa ilusión animal, y no la filosofía, la que nos mantiene en pie “incluso cuando todo es difícil, pesado, insoportable”.

En Occidente hemos desarrollado el hábito malsano de interpelar a la vida por su sentido y eso nos impide reparar en que la vida nos interpela continuamente a nosotros, orientándonos, dirigiéndonos. No hay más que prestar atención. “No hace falta deducir, elaborar y descubrir al final de un largo trabajo qué es el bien”. El cabrero más iletrado sabe tanto como el catedrático mejor instruido. “Mencio pone el ejemplo de un niño que está a punto de caer a un pozo. Cualquier paseante que lo viera se abalanzaría a salvarlo. No lo haría calculadamente, para congraciarse con sus padres o granjearse las alabanzas de los vecinos, sino por humanidad. Si careces de empatía, no eres humano”.

Las personas inventamos razones para vivir, pero son meras justificaciones. En nuestro fuero interno sabemos lo que debemos y no debemos hacer, lo que nos gusta y nos disgusta. Y en vísperas del trance definitivo, el cuerpo bascula hacia su centro de gravedad. “En los últimos instantes”, dice Droit, “hablaría con mis más allegados: mi mujer, mi hija, mis padres, la constelación íntima de los que formaron mi vida”.

Fue lo que hizo mi jefe. Había sufrido un infarto a los 50 años y debía someterse a un chequeo cada verano. El de 2008 no le gustó a su médico. Le puso un tratamiento muy estricto y volvió a citarlo para otoño. Las pruebas salieron peor. No tenía mujer ni hijos y un viernes, después de dejar la consulta, llamó a un par de buenos amigos. Pasó el día paseando con ellos. Tomaron unas cervezas, hablaron de trivialidades, se rieron. Nada especial. Luego ingresó en la clínica y ese mismo fin de semana falleció.

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