Sobre la voluntad popular

“No existe tal cosa como la sociedad”, decía Margaret Thatcher. “Solo hay individuos, hombres y mujeres”.

Las elecciones apenas han evolucionado desde que los griegos las inventaron. Seguimos metiendo pedazos de terracota o de papel en un recipiente y eso, desde un punto de vista tecnológico, no dice mucho en su favor. Los políticos proclaman solemnemente: “El pueblo ha hablado”, pero el pueblo no existe. Es una categoría que los humanos hemos creado para reducir el mundo a un formato manejable y, en general, funciona razonablemente, porque hay un montón de características, de intereses y de necesidades que los habitantes de una región específica comparten.

Lo que por convención o pereza llamamos voluntad popular no es más que la agregación de miles de voluntades particulares, cuyo sentido varía además en función del método que se emplee. Sin la interposición de ese cuerpo extraño que es el Colegio Electoral, Donald Trump no ocuparía hoy la Casa Blanca, porque obtuvo menos votos que Hillary Clinton. Y si los límites de las circunscripciones no coincidieran en España con los de las provincias, tendríamos un Congreso radicalmente diferente. El Nobel Kenneth Arrow demostró que, cuando hay tres o más alternativas, no puede diseñarse un mecanismo que recoja las preferencias de los ciudadanos y respete a la vez ciertos criterios deseables de justicia. No existe un sistema ideal que recoja la voluntad popular. Cada uno construye la suya propia.

Y si las elecciones son una herramienta rudimentaria y sesgada, los referéndums lo son aún más. Es una frivolidad reducir a dos posibilidades cualquier asunto. Incluso asumiendo que los británicos quieran efectivamente dejar la UE, hay muchos modos de hacerlo. Debería habérseles preguntado también si deseaban seguir en la unión aduanera y, en caso contrario, si eran partidarios de pagar o no la factura que Bruselas les exige. El problema es que, a medida que añades matices, segmentas el universo consultado y, al final, te puedes encontrar con que la opción ganadora no suma ni el 10% del censo. ¿Es eso democrático?

En su discurso de Gettysburg, Abraham Lincoln definió la democracia como “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, pero no pasa de ser un arreglo institucional que nos permite deshacernos de los mandatarios incompetentes. Podríamos echar a suertes cada cuatro o seis años quién ostenta qué cargo. Los griegos lo hacían, y sería bastante igualitario: nadie estaría destinado a ser el jefe de Estado por el peregrino motivo de apellidarse Borbón en lugar de López, ni tendrían ventaja los cachorros de las familias adineradas que se forman en las elitistas escuelas de negocios. ¿Por qué no lo hacemos? Por temor a que las riendas del país caigan en manos de algún perturbado y porque la política, sin llegar a ser una profesión como la de médico o ingeniero, requiere cierta preparación y experiencia.

Pero no saquemos las cosas de quicio ni convirtamos un mecanismo para la toma de decisiones colectivas en la expresión de una entidad superior. El pueblo no habla, el pueblo no quiere, el pueblo no sabe. “Únicamente hay individuos, hombres y mujeres”, observó en cierta ocasión Margaret Thatcher. “No existe tal cosa como la sociedad”. Ni como el Reino Unido. Ni como Cataluña. Son artificios con los que algunos aventureros disfrazan y legitiman sus agendas particulares.

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