Por qué hemos dejado de ir al circo

La actual oferta de ocio es un logro relativamente reciente de la civilización. Hasta no hace tanto, en Occidente nos aburríamos como osos.

Hace unos años, cuando la competencia digital empezaba a asomar sus peludas orejas en el horizonte y los medios debatíamos cómo detener la sangría de ingresos, un colega de Prisa me explicó que la idea de cobrar por los contenidos era prematura. “Nosotros al menos”, argumentaba, “no damos aún la calidad suficiente”. Me pareció una opinión sorprendente. Por supuesto que todo es mejorable, pero no me imagino a mis colegas de El País sentándose delante del ordenador y diciéndose a sí mismos: “Resérvate, tío, no lo des todo”. En La Gaceta de los Negocios, que era donde trabajaba yo entonces, todos procurábamos hacerlo lo mejor posible, siguiendo el sabio apotegma de Emilio Romero que tanto repite mi padre: “Nuestras portadas tienen que sorprender al lector y desazonar a la competencia”. (Otra cosa es que lo consiguiéramos).

En realidad, la falta de calidad nunca ha sido un obstáculo para cobrar por nada. El factor relevante es la existencia de bienes sustitutivos. El pan es un típico ejemplo: las subidas de precio apenas afectan a la demanda porque sus consumidores habituales no tienen con qué suplirlo.

Los medios tampoco escapamos a este principio económico y, si los lectores hallan un sucedáneo adecuado, prescindirán de nosotros al menor conato de cobro. ¿Y existe ese sucedáneo? Depende del contenido de que se trate. El periódico moderno es un terreno aluvial en el que han ido depositándose materiales muy heterogéneos. En sus orígenes, servía para que los Gobiernos dieran a conocer sus disposiciones, pero con el tiempo fueron incorporándose noticias, artículos de opinión y reportajes. Ese revoltijo se ofrecía empaquetado, de modo que no era fácil determinar por qué se vendía. Los profesionales creíamos (y así lo reflejaban las primeras páginas) que el principal atractivo era la “información seria”: los editoriales sobre Oriente Próximo, la crónica de bolsa, la reseña del Consejo de Ministros. Pero internet nos ha despertado de esta ensoñación. Basta con echar un vistazo a lo más visto en El Mundo: el 31 de agosto eran las críticas a Tamara Gorro (¿?) por su último desnudo, un análisis de cómo la noche madrileña es una perdición para las estrellas del fútbol o un adelanto de la autobiografía de Cayetano Martínez de Irujo en la que cuenta cómo se obsesionó en un momento dado por “seducir a mujeres de todas las nacionalidades. Ninguna se resistía”.

Todo esto es puro entretenimiento y cobrar por él no es sencillo, porque la oferta de ocio es brutal. Se trata de un logro relativamente reciente. Hasta no hace tanto, en Occidente los ricos se aburrían como osos. Los aristócratas de las novelas rusas del XIX destilan un sopor asfixiante. La gran adúltera de la historia de la literatura francesa, Emma Bovary, se arroja en brazos de Rodolphe Boulanger por puro hastío. En cuanto a los pobres, la situación no era más halagüeña. Piensen que muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. ¿Quién de nosotros consideraría memorable algo semejante? Lo mismo ha sucedido con el circo. Hace un siglo, la llegada al pueblo de un domador que mantenía a raya a un león famélico con ayuda de una silla suscitaba una expectación rayana en la histeria. Hoy tiene suerte si el alcalde no le cierra el espectáculo por maltrato animal. Nadie necesita ya acróbatas en pantis ni tragasables para pasar el rato. Contamos con bares, cines, discotecas, fútbol, televisión a la carta, videoconsolas…

En un entorno con tantas alternativas, el entretenimiento intelectual que dispensa la prensa es fácilmente sustituible. Si intentas cobrar por él, el público se irá a Twitter, Facebook, Instagram, Quora…

La información seria es distinta. Su elaboración no es barata. Para enterarse de lo que ocurre en Afganistán hay que mandar a alguien allí. Y montar una cadena como la CNN, capaz de cubrir los cuatro puntos cardinales, no está al alcance de cualquiera. El buen periodismo carece de sucedáneo adecuado y, aunque no sean la mayoría, bastantes personas no pueden prescindir de él. Políticos, banqueros, empresarios, académicos y profesionales liberales necesitan estar al corriente del brexit, de la guerra comercial o de la enésima crisis de pagos argentina, y están dispuestos a pagar llegado el caso.

Los medios anglosajones llevan años cobrándoles y, hasta donde yo sé, sin introducir mejoras sustanciales en sus productos. Aquí seguimos mareando la perdiz. Como tardemos más, a la clientela local le va a dar tiempo de aprender inglés y, para cuando tengamos listo el muro de pago, va a estar suscrita al Economist y The New York Times.

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