Por qué nos empeñamos en perseguir la fama

“El éxito está sobrevalorado”, dice la escritora Donna Leon. Y tiene (casi) toda la razón.

Desde el punto de vista de la evolución, la modestia es difícil de entender. Somos animales jerárquicos. Hacemos cosas para alcanzar reconocimiento y escalar por la pirámide social, porque eso nos da acceso a más parejas con que procrear. ¿Por qué querría nadie mantener en secreto sus logros?

Brian Gallagher recordaba hace poco en el blog Facts So Romantic un episodio de la serie Curb Your Enthusiasm en el que Larry David, el protagonista, entrega una suma considerable al Consejo para la Defensa de los Recursos Naturales y acude a la reunión de la ONG con la esperanza de ser agasajado por su gesto. Allí descubre para su sorpresa que el protagonismo lo acapara Ted Danson, que también ha realizado una fuerte donación, pero anónima. En uno de los corrillos, una senadora de California lo llama abiertamente “héroe”, mientras Danson finge ruborizarse y agacha teatralmente la cabeza: “Por favor, senadora”.

“Nadie me dijo que se pudiera ser anónimo e ir por ahí contándolo”, se queja David justificadamente. Pero como escriben Moshe Hoffman, Christian Hilbe y Martin A. Nowak en una investigación para Nature Human Behavior, “las donaciones nunca son completamente anónimas. Su procedencia suele desvelarse al receptor, al círculo más íntimo del donante y a la comunidad de filántropos”. Ese limitado grado de reconocimiento no solo basta, sino que es el único que en el fondo cuenta. ¿Qué más nos da lo que opinen de nosotros miles de sujetos con los que jamás vamos a tener el menor trato? La aprobación que buscamos es la de nuestros grupos de referencia: la familia, los amigos, los vecinos… George Harrison vendió toneladas de discos y ganó dinero a espuertas, pero nada de ello lo consoló de la sombra que sobre él proyectaban John Lennon y Paul McCartney. Siempre fue el tercer Beatle.

“El éxito está sobrevalorado”, dice Donna Leon. Esta novelista se ha instalado en Venecia y ha prohibido a su editorial que traduzca sus obras al italiano porque así puede pasear por la calle como una vecina más, sin que a cada momento la importunen para pedirle un autógrafo o un selfi.

¿Y por qué nos empeñamos entonces en perseguir la fama? Lo explicó muy bien Gabriel García Márquez cuando una vez le preguntaron por qué escribía: “Para que mis amigos me quieran más”. Recibir el Nobel de Literatura es altamente gratificante por muchos motivos obvios, pero sobre todo porque eleva tu aprecio entre las personas que te importan. Y si encima tienes el buen sentido de no envanecerte y adornar tus laureles con una elegante (y no necesariamente falsa) modestia, disfrutarás de la admiración rendida que la senadora californiana tributa a Danson en Curb Your Enthusiasm. Es algo cada vez más frecuente. En Estados Unidos en 2018 se registraron 21 donaciones anónimas de 10 millones de dólares o más. Es un dato del que, además de Larry David, quizás debería tomar nota Amancio Ortega: su figura se agigantaría todavía más a ojos de quienes de verdad lo quieren y se ahorraría muchos comentarios miserables.

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