Un poquito de calma, por favor

La furia engendra más furia y, si no conseguimos controlarla, todo acabará pareciéndonos intolerable.

Cuando se enteró de que había llamado a Xavi Hernández para disculparse por unas declaraciones poco afortunadas, José Mourinho sentó a Iker Casillas en el banquillo. ¿Qué era ese buen rollito con el archienemigo azulgrana? El entrenador portugués tiene una gran fe en el odio. Bien canalizado, puede ser un vigoroso motivador. Te aparta de la mente cualquier otro objetivo, inunda tus venas de adrenalina y te incita a acometer acciones que con un temple más sereno jamás se te ocurrirían.

Los entrenadores deportivos no son los únicos que conocen este secreto. “¡Indignaos!”, invitaba Stéphane Hassel en 2010, mientras la Gran Recesión causaba en Occidente estragos. La irritación ante la injusticia denota compasión y generosidad. Por eso mucha gente se deja dominar ingenuamente por ella, la alimenta, la exhibe cuando puede y, llegado el momento, incluso la arroja contra el adversario. No hay arma más poderosa. “Estados Unidos”, me contó hace años André Glucksmann, “subestimó a Bin Laden porque lo valoraba con criterios convencionales. ¿Dónde estaban sus divisiones? ¿Cuántas cabezas nucleares tenía?” Pero Al Qaeda no sembraba minas, sino odio. Equipados con un simple cúter, sus militantes poseían “la capacidad destructora de la máquina más sofisticada”.

Los clásicos ya alertaron contra el abuso de la ira. A Séneca le preocupaba en concreto que, una vez espoleada, era difícil de desactivar. Ahora se ha puesto de moda abrir “salas de la furia” en las que los clientes se desahogan tirando abajo una pared con un mazo o golpeando el retrato enmarcado de su expareja con un palo de golf. El sentido común nos dice que este ejercicio nos ayuda a librarnos de nuestros demonios, pero la evidencia revela que sirve más bien para excitarlos. En un experimento de 1959 se insultaba a unos estudiantes y luego se invitaba a una parte de ellos a desquitarse remachando clavos. “Los resultados mostraron que, al cabo de 10 minutos, estaban más irritados que los compañeros a los que se había dejado tranquilamente sentados”. Lo mismo sucede cuando, en lugar de clavos para remachar, te facilitan un saco de boxeo y unos guantes, o un martillo pilón y un tabique de pladur.

La furia engendra más furia y, si no conseguimos controlarla, todo acabará pareciéndonos intolerable. “Vivimos en un mundo en el que hay muchos motivos para indignarse”, señala William B. Irvine, “lo que significa que, a menos que aprendamos a gestionar nuestra rabia, estaremos perpetuamente indignados”.

Eso quizás dé resultados en el fútbol, pero en política su uso está claramente contraindicado. La ira no persigue la justicia. Busca la retribución, la venganza, el ojo por ojo. Si alguna vez deben enjuiciarnos, ¿querríamos que los miembros del tribunal estuvieran llenos de santa indignación? Lo dudo. Tampoco creo que sea el mejor estado de ánimo para debatir sobre la desigualdad, el futuro de las pensiones o el cambio climático.

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