Por qué cae tan mal el empresario

El pusilánime piensa que todos son como él, que buscan el placer y eluden el dolor. No comprende que para ciertos individuos la delicia suprema es el esfuerzo frenético de crear.

El empresario siempre ha sido un bulto sospechoso en este país. ¿Por qué? Me temo que se trate de un malentendido. En la jerarquía de problemas, el malentendido nos parece el más leve, el más manejable de todos. Decimos: “En el fondo, pensamos igual”. La diferencia está en la superficie, apenas un arañazo que puede subsanarse con una rápida explicación. Sucede, sin embargo, que el que a uno lo entiendan no depende siempre de lo bien que se explique.

Ortega hacía una distinción reveladora. Decía que en esta época de hedonismo se pasa a menudo por alto que no todas las almas tienen idéntico formato. Las hay grandes y pequeñas, y así lo subraya el idioma al discriminar entre personas magnánimas y pusilánimes. La vida es para unas y otras una operación radicalmente diferente.

El pusilánime carece de misión. Vivir es para él simplemente existir, perseverar, moverse entre las cosas que están ahí, hechas por otros, ya sean sistemas intelectuales, estilos artísticos o instituciones políticas. Sus actos no emanan de una pasión creadora. El pusilánime, en sí, no tiene nada que crear. Carece de proyectos y obra agitado por las pulsiones primarias: el placer y el dolor. Busca el primero y elude el segundo, y este modo de razonar (o de no razonar, más bien) lo lleva a suponer que si un músico o un pintor se esfuerzan en su oficio lo hacen impelidos por el apetito de fama y riqueza.

Esta perspectiva es cierta en el caso de otros pusilánimes, pero radicalmente falsa cuando se aplica a los magnánimos. Ortega pone el ejemplo de Julio César. Nos dice que “así como el deseo de eludir sufrimientos no lo apartó de su obra, tampoco lo movió a ella la esperanza de delicias”. No niega que ambicionara bienes terrenales. ¡Por supuesto que los ambicionaba! Pero su biografía revela que siempre estuvo dispuesto a jugarse cuanto poseía para avanzar un peldaño más en su misión. ¿Qué pusilánime haría algo parecido? El pusilánime diría: “Tío, ya has derrotado a los helvecios y conquistado la Galia transalpina. Para y deja en paz a los germanos”. Pero César no paró y no dejó en paz ni a los germanos ni a los celtas ni a los belgas ni a los bretones. Y como aún le sobraban energías, regresó a Italia, cruzó el Rubicón y le corrió el pelo a Pompeyo.

Con el empresario de raza ocurre lo mismo. El pusilánime piensa que lo que busca es un BMW deportivo con alerón trasero y tubos de escape cromados, porque eso es lo que él considera la buena vida. Y no entiende que, una vez alcanzado el nivel de renta que le permite adquirir el BMW y tunearlo, el empresario no se retire y continúe madrugando, ampliando horizontes, creciendo. Como tampoco entiende que no pregone su éxito a los cuatro vientos y aproveche luego la fama para zambullirse en un yacusi rodeado de señoritas en bikini. (Bueno, algunos sí lo hacen).

Para el pusilánime esto es inaudito. ¿Cómo es que este señor no se conforma con el deportivo, el yacusi y las señoritas? El pusilánime piensa que todos son como él, que buscan el placer y eluden el dolor. No comprende que para ciertos individuos la delicia suprema es el esfuerzo frenético de crear: para el pintor, pintar; para el escritor, escribir; para el empresario, hacer empresa.

Peor aún. En su afán por desentrañar los misterios del alma grande, el alma chica dictamina que la actividad empresarial es una manifestación particularmente virulenta de codicia. Cree que únicamente alguien enfermo sigue generando riqueza cuando ya ha amasado la suficiente para permitirse el deportivo y el yacusi. Por eso el empresario está tan mal visto, y en la literatura y en el cine se le retrata a menudo como un ser incapaz de saciar su malsana avidez de bienes materiales, ruin y egoísta.

Es una gran injusticia, porque en las sociedades libres toda empresa surge de un chispazo de altruismo: alguien detecta una necesidad insatisfecha y decide diseñar un producto o un servicio para atenderla. Y al contrario de lo que ocurre en una economía dirigida, donde la casta decide quién triunfa y quién fracasa, en un mercado el pueblo vota con su billetera. Bill Gates, Jeff Bezos o Amancio Ortega se han hecho millonarios porque fabrican productos o prestan servicios que nos hacen la existencia más grata.

Para verlo solo hay que superar un pequeño malentendido, pero de una especie singularmente correosa y difícil de deshacer.

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