El inmortal

“Todos caminamos hacia el anonimato, solo que los mediocres llegan un poco antes” (Jorge Luis Borges)

El verano que me incorporé a La Gaceta de los Deportes, J. M. S. se jubilaba. Apenas coincidimos unos meses en el periódico. Llegaba yo lleno de ímpetu y de proyectos, con mis ilusiones de adolescencia intactas, y me desconcertó la serenidad con que aquel veterano atacaba la rampa final de su carrera. No había sido particularmente exitosa, al menos de acuerdo con los exigentes parámetros que manejaba yo entonces. Cualquier notoriedad que no fuera la de un Cela, un Delibes o un García Márquez nos parecía a mí y a mis colegas de Filología insatisfactoria y J. M. S. quedaba muy por debajo de ese nivel. De hecho, ¿quién había oído hablar de él? Era “conocido en su casa a la hora de comer”, la expresión cruel con que escarnecíamos la medianía, la vulgaridad, el fracaso. Nosotros nunca seríamos como él. Nosotros íbamos a iluminar el firmamento con nuestros logros. Nos acosarían los lectores, nos estudiarían en los institutos, nos agasajarían con premios. Así nos imaginábamos dentro de 40 años, no amarrados a un pulcro escritorio, editando las crónicas de los corresponsales y contando las letras de los titulares para que mancharan correctamente, como hacía J. M. S. tarde tras tarde.

Y sin embargo, la mayor parte del tiempo aquel hombre tenía la sonrisa dibujada en los labios. ¿Por qué? Mi amigo Rubén y yo barajamos varias explicaciones (cortesía, algún trastorno asociado con la edad, ganas de fastidiar al redactor jefe), pero jamás se nos ocurrió atribuirla a un bienestar genuino.

Pasó el verano y la vida me alejó de aquel redactor cuya falta de ambición tanta extrañeza me había inspirado. Aunque obtuve exclusivas, goberné redacciones, acudí a programas de radio y televisión, compartí mesa y mantel con políticos y dignatarios y en algún momento incluso me pararon por la calle, no experimentaba sensación alguna de plenitud. El gusano del reconocimiento me roía incansable. Si firmaba la portada de La Gaceta de los Deportes, me mortificaba que no fuera la del Marca. Si me invitaban a TVE, quería que fuera Tele 5.

Me costó desentrañar uno de los misterios de la condición humana: somos insaciables. Tenemos una capacidad de adaptación tremenda, para lo bueno y para lo malo. La mayoría de nosotros no seríamos significativamente más desgraciados si hubiéramos nacido en un suburbio de Bombay. Y viceversa: si nos trasladaran a una de esas espectaculares mansiones de Malibú que salen en las películas, no tardaríamos en habituarnos al lujo y al cabo de un rato nos resultaría intolerable que nos sirvieran el daiquiri demasiado frío o demasiado ácido o demasiado amargo.

La felicidad es un estado de ánimo. Cuando comprendí en toda su extensión esta sencilla verdad, me senté tranquilamente a mi mesa y ahora, en la última vuelta del camino, he ocupado mi hueco al borde del río que da la inmortalidad. Continuamente se acercan jóvenes deseosos de bañarse en sus aguas. Yo les sonrío y ellos me devuelven la misma expresión perpleja con que debía yo mirar a J. M. S.

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