¿Usted entiende a los independentistas? Yo tampoco

A diferencia de la vitamina C, cuyo exceso se elimina por la orina, el nacionalismo se adhiere como el colesterol a las paredes de los vasos sanguíneos y dificulta el riego cerebral.

Si mañana asumiera el poder un dictador providencial, suspendiera las libertades y empezara a meter mano en la economía, cualquier ciudadano con posibles y dos dedos de frente se exilaría. A pesar de lo que pregonan los himnos latinoamericanos, adscritos en general a la corriente del realismo mágico (“en cada hombre hay un héroe”, “estamos listos para morir”, “centauros indomables”), el amor a la patria tiene un límite y se basa en un cálculo elemental y práctico: vivimos en un país mientras las ventajas superan a los inconvenientes. En cuanto ese equilibrio se invierte, tomamos las de Villadiego, como se dice vulgarmente.

Esto ha sido así a lo largo de los siglos, pero en esta era de avance tecnológico y consumismo desbocado la ciencia histórica ha conseguido destilar el patriotismo, igual que hemos separado la celebridad del mérito o la vitamina C del zumo de pomelo. Ello permite su administración aislada, lo que resulta francamente cómodo, porque podemos disfrutar de sus ventajas en el momento y lugar que más nos convenga. Yo no sé si se acuerdan de la vez en que Julio Iglesias, Bertín Osborne y Raphael juraron bandera en la cubierta del Elcano. Aquel acto emotivo demostró convincentemente, creo yo, que para ser patriota ni siquiera hace falta hoy en día la patria. Te la sirven a domicilio, en Miami o donde sea.

Desgraciadamente, no es sencillo calcular la dosis adecuada y, a diferencia de la vitamina C, cuyo exceso se elimina por la orina, el patriotismo se va adhiriendo como el colesterol a las paredes de los vasos sanguíneos y puede dificultar el riego cerebral. En Montreal, con motivo de una visita profesional, nos asignaron hace años como guía a un nacionalista quebequés. Todos los periodistas estábamos fascinados por lo bonita que era aquella ciudad, por lo civilizado y fácil que era todo. Tuvimos además la fortuna de gozar de una temperatura primaveral y no entendíamos por qué aquel tipo se empeñaba en complicarse la existencia. “¿Qué te va a aportar la secesión de Canadá que no tengas ya?”, le decíamos. Nunca supo qué responder.

Aquel silencio no me resultó del todo extraño. Lo había visto ya en un sujeto bastante más siniestro: Kandido Azpiazu, el asesino del concejal de la UCD Ramón Baglietto. Erwin Koch entrevistó al etarra para Der Spiegel en 2001, cuando ya había cumplido condena. Toda la conversación gira en torno a una incógnita: ¿por qué mató a quien, siendo niño, lo había salvado de morir atropellado por un camión? Koch intenta argumentar con él. Rememora cómo, tras la muerte de Franco, el Gobierno liberó a los terroristas presos, autorizó que se colgara la ikurriña en la calle y sometió a referéndum un estatuto que apoyaron el 90,27% de los votantes. “Ese estatuto”, sigue, “os permite a vosotros, los vascos, tener vuestra propia lengua, una Administración propia, policía propia, periódicos propios, estaciones de televisión, universidades y escuelas”. Y añade más adelante: “¿Qué es lo que quieres?” “Independencia”, contesta Azpiazu. “¿De quién?”, insiste Koch. Azpiazu guarda silencio. Únicamente, “gira su cabeza mirando al vacío”, escribe Koch.

Igual que el secesionista quebequés, igual que los vándalos que hoy destrozan el mobiliario urbano de Barcelona y queman sus cajeros automáticos, la épica nacionalista obstruye sus venas cerebrales y es incapaz de realizar ese cálculo elemental y práctico en que se basa el patriotismo saludable.

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