Blue Bayou

Nos pasamos la vida quejándonos de lo bien que estaríamos en una luminosa playa del trópico, donde la gente es divertida y la luna de plata.

Antes de que llegara a presidente de una importante petrolera como consecuencia de uno de esos pactos accionariales que ponen los pelos de punta a la CNMV, la CNMC y la EMT, Monroe Stahr se dejaba caer de cuando en cuando por el Calridge. Es difícil encontrar un antro en la ciudad con una densidad mayor de fracasados por metro cuadrado, pero de esa combinación de frustraciones emerge una atmósfera de solidaridad y camaradería, un raro calor que conforta el alma. No siempre es así, tampoco quiero engañarles. La mayor parte del tiempo nos embarga la incómoda sensación de que nos estamos perdiendo algo y lo pasamos quejándonos de lo a gusto que estaríamos lejos de aquí, en una luminosa playa del trópico como la que Linda Ronstadt canta en Blue Bayou, donde la gente es divertida y la luna de plata. Pero, de pronto, Alejandro está inspirado y suelta una parida y Pablo y Rafa le siguen el rollo y todos nos reímos de buena gana y yo pienso que echaré de menos estos momentos cuando me muera.

También Monroe, ya les digo, solía venir antes de convertirse en un astro del IBEX, pero el jefe de seguridad de la petrolera considera que el Calridge no reúne las condiciones necesarias para protegerlo de los enemigos que se ha buscado justamente como consecuencia del pacto accionarial y ahora solo lo vemos cuando hablan de él en el telediario porque se ha peleado con el presidente de otra energética española o de una constructora calabresa.

Una tarde, camino del Calridge, mientras esperaba en un semáforo, se me atravesó en medio del paso de peatones un Audi gigantesco. La ventanilla trasera se deslizó con un zumbido y una voz me ordenó desde el interior: “Sube”. Era Monroe. “Tienes buen aspecto”, le dije acomodándome a su lado. Llevaba el terno oscuro de los funerales. “Ahora visto siempre así”, se justificó, “nunca sabes lo que te va a deparar la jornada”. Tenemos muy mitificada la vida del alto directivo, pero la meritocracia es una trampa, como explica este libro. Las élites se dedicaban antes al consumo ostentoso. Hoy se matan a trabajar. “A los accionistas”, filosofó Monroe, “les cuesto una fortuna, así que no me dejan perder ni un segundo”. En otra época lo hubiera tomado por una de sus baladronadas, pero detecté en su tono un velo de sincera aflicción. Es más: lo encontré extrañamente emotivo y, si no fuera el sujeto frío y sin escrúpulos que se había abierto paso implacablemente desde los más bajos fondos, diría incluso que se alegraba de verme. Preguntó por todos los parroquianos del Calridge y, únicamente cuando hubimos repasado la lista entera, mandó detener el coche. “Quiero que les lleves un recado a los muchachos”. Hizo una pausa teatral y añadió solemne: “No existe Blue Bayou”. Luego volvió la vista al frente mientras el chófer abría la puerta y me invitaba a apearme.

Me dejó tirado en una acera remota, bastante más lejos del Calridge de donde me había recogido. Mentiría si dijera que no estaba molesto, pero aquella noche Alejandro estuvo inspirado, Pablo y Rafa le siguieron el rollo y nos reímos de buena gana y yo me pregunté si a Monroe no le habían jodido la existencia justamente como consecuencia de uno de esos pactos accionariales etcétera.

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