Por qué mienten los políticos

Lo que les pasa es que están deseosos de complacernos y ello comporta alguna pequeña exageración.

Las promesas políticas son productos altamente perecederos. De un candidato se cuenta que se pasó la campaña jurando que no tocaría los impuestos. Al poco de formar Gobierno los subió y, cuando un periodista se lo afeó, le dio humildemente la razón. “Debería haber esperado un poco más”, reconoció.

¿Pensaba quizás que con el paso del tiempo su compromiso se habría olvidado? No lo creo. Los votantes guardamos perfecta memoria de lo que se nos dice (y si no, ahí está la oposición para refrescárnosla). Da más bien la impresión de que la franqueza nos preocupa relativamente. Algunos se comportan como auténticos hinchas: quieren ganar y, si no es por las buenas, que sea por las malas. Un miembro del Frente Atlético me aseguró una vez que su sueño era derrotar al Madrid “de penalti injusto y en el último minuto”. Forma parte de la esencia de cualquier competición maximizar el sufrimiento del rival y una derrota duele más cuando es fruto de la arbitrariedad.

La pugna política no es diferente de la deportiva. La identidad prevalece sobre la lógica. Se supone que los ciudadanos atendemos los debates con una mente abierta y damos luego la razón al candidato que más nos convence, pero la mayoría ya vamos convencidos y nos inclinamos por el candidato que nos da la razón. Los políticos lo saben y hace tiempo que desistieron de liderar a la opinión pública. Van detrás de ella, como una manada de pavos. Están deseosos de complacernos y ello comporta alguna pequeña exageración. “Sacaré a España de la OTAN”. “No habrá rescate bancario”. “Bruselas tendrá que aceptar nuestro plan de gasto”.

¿Hay un límite más allá del cual el bochorno se haga insoportable? No parece. El octavo mandamiento es categórico, pero en la práctica ninguno de nosotros considera la verdad un bien absoluto. Juzgamos su conveniencia a la luz de otros valores: la amistad, el placer, la piedad. Los marxistas han sido aquí ejemplarmente sinceros: para ellos, es lícita cualquier falsedad que nos acerque a la sociedad sin clases. Aunque el resto de las personas no somos tan cínicas como Lenin, Stalin o Trotski, tampoco somos dechados de integridad. “Nos movemos en entornos demasiado intrincados para hacer siempre lo correcto; a menudo, ni siquiera sabemos qué lo es”, observa Massimo Pigliucci, y añade parafraseando a Epicteto: “Son unos locos los que creen que todo es blanco o negro”.

Además, ¿soportaríamos un mundo en el que nadie mintiera? Kant era tajante al respecto. Sostenía que si un amigo se ocultaba en tu casa huyendo de un asesino y este te preguntaba por él, estabas obligado a delatarlo. También es conocida su correspondencia con María Herbert, una joven austriaca que, cumpliendo la exigencia kantiana de no faltar jamás a la verdad, había desvelado que no era virgen al galán que la cortejaba. “Su amor se esfumó”, le contaba desolada al filósofo. Ahora, comparado con la pasión perdida, todo resultaba insípido y deleznable y le consultaba cómo podía recuperar el gusto de vivir. “He leído La fundamentación de la metafísica de las costumbres y no me ayuda nada”.

Kant le contestó que esa devastación era el castigo merecido por su error y que debía confiar en que su arrepentimiento conmoviera al amado y sentara las bases del vínculo en algo más firme que el mero placer, que en su opinión estaba “inmensamente sobrevalorado”. Un año después, María le informaba en una nueva carta del “progreso de su alma” y le decía que, pese a seguir sus consejos, el hastío persistía. Desvanecida la turbulencia del amor, únicamente le quedaba un “inmenso vacío” imposible de colmar y solicitaba a Kant permiso para visitarlo y ver cómo se las arreglaba él para conservar la ilusión con una dieta moral que anteponía la honestidad a la vida de un amigo o a una relación dichosa.

Nunca recibió respuesta. Por sus comentarios a terceros sabemos que Kant acabó considerándola una desequilibrada y, de hecho, María se suicidó al cabo de un tiempo, pero su experiencia corrobora la opinión generalizada de que la sinceridad no es aconsejable bajo toda circunstancia. ¿Por qué iban a pensar de otro modo los políticos?

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