Si los votantes somos tan listos, ¿por qué tenemos políticos tan ineptos?

Las democracias no funcionan mal porque una conjura de poderosos imponga su agenda. La explicación es más deprimente.

La incuria de los votantes no es un postulado teórico. Es un hecho tozudo que corroboran los sondeos que se realizan en Estados Unidos desde 1945. La mayoría es incapaz de citar uno solo de los tres poderes del Estado o de explicar en qué consiste la Declaración de Derechos. Más de dos tercios no tienen ni idea de qué hace la Agencia del Medicamento y tres cuartos ignoran cuánto dura una legislatura del Senado. “Aparte de desconocer asuntos básicos”, escribe Louis Menand en The New Yorker, “no se esfuerzan demasiado por ser coherentes. No entienden, por ejemplo, que la defensa de unos impuestos bajos es incompatible con el deseo de que el Gobierno desarrolle más programas sociales. […] Cuando planteas a los encuestados si están a favor de potenciar el estado de bienestar, la mayoría dice que no; pero cuando les preguntas si lo están de aumentar la ayuda a los pobres, la mayoría dice que sí”.

En The Myth of Democratic Failure el economista Donald Wittman argumenta que este desinterés no supone ningún obstáculo para la marcha de la democracia. El mercado político es tan eficiente como cualquier otro mercado y, del mismo modo que los empresarios ajustan su producción a los bienes que demanda el consumidor guiándose por las señales de los precios, los Gobiernos ajustan su gestión a los proyectos que reclama el ciudadano guiándose por las señales de los votos. “Ya”, me dirán, “pero no es igual escoger un desodorante que un diputado”, a lo que cabría objetar que tampoco sabemos mucho del desodorante, ni falta que nos hace. En el primer caso nos fiamos de la marca y, en el segundo, de la reputación. Ya se encargan la competencia partidaria, la prensa y los jueces de dejar en evidencia a los elementos más deshonestos e inútiles.

Algunos académicos no comparten la fe de Wittman en las señales del mercado político, pero coinciden con él en que la desinformación no es grave, porque la magia de los grandes números acude al rescate del sistema. Es como en los concursos de la tele. ¿Por qué acierta más el comodín del público? La mayoría de los espectadores están tan pegados como el concursante y deciden al azar. Por ello, sus respuestas se reparten entre las distintas opciones uniformemente y, como siempre hay unos pocos que conocen la solución, el empate se deshace en el sentido apropiado. En contra de lo que siempre han opinado los apologetas de la tecnocracia, la masa sabe más que el individuo. ¿O no?

Bryan Caplan no es tan optimista. La idea de que nos guiamos por la reputación de los candidatos le parece ingenua, y la investigación empírica le da la razón: el castigo electoral a la corrupción es, en el mejor de los casos, leve. Caplan tampoco cree que la gente decida mal por ignorancia. Decide mal deliberadamente, “porque cree que queda bien y sale gratis”, asegura. Todos conocemos a algún vecino que se niega a subir el sueldo al portero y luego propugna las medidas sociales más generosas. Imagina que las costearán otros (“los ricos”), pero su frivolidad se traduce en leyes contraproducentes. Es muy loable aplicar aranceles a los artículos extranjeros para proteger los nacionales, pero la medida eleva los precios y deteriora el bienestar general.

“Hace siglos”, dice Caplan, “la gran fuente de identidad era la religión. Ahora es la política. La abordamos de un modo acrítico y ha terminado reducida a una serie de dogmas y convicciones, de santos que se salvan y pecadores que se condenan. Es todo muy visceral. Si a alguien que sostiene una opinión políticamente correcta le pides que te explique por qué piensa así, no responde: me alegro de que me hagas esa pregunta. Qué va. Se pone hecho una fiera, te chilla: ¡Cómo puedes siquiera dudarlo, es obvio!”

En su último libro Caplan realiza sugerencias (alguna discutible) para impedir que la insolvencia intelectual de los electores hunda la democracia, como superar un examen de cultura económica para poder votar o dar varias papeletas a los más cultos. Sin embargo, la raíz del mal quizá no sea la ignorancia. “Muchos problemas políticos carecen de solución óptima”, dice Menand. “Afectan a asuntos difíciles de objetivar: cuándo empieza la vida; qué importa más, la libertad o la igualdad…”

Y luego está nuestra propia naturaleza. Quienes conducen bebidos o practican el sexo sin protección no lo hacen por falta de información. Existe un componente visceral en nuestra conducta que nunca erradicaremos, y Caplan es el primero en reconocerlo. “Desde los medios nos instan a menudo a ser fríos y reflexivos, como vulcanianos o robots, y yo pienso para mí: de verdad que lo intento, de verdad que me esfuerzo por conservar la calma, por consultar la evidencia… Pero no puedo evitarlo, soy humano”.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s