Ganar sucio

No podemos ni imaginar lo felices que seríamos si secretáramos la dosis de testosterona adecuada a cada situación. ¿O no?

Los economistas hablan mucho de PIB, de renta per cápita y de productividad por trabajador, pero esa ficción populista que se conoce como el-hombre-de-la-calle lo mide todo en una unidad diferente: los huevos. Si perdemos al baloncesto, es porque no le hemos echado los suficientes. Si dejamos que el Tribunal de Justicia de Luxemburgo enmiende la plana al Supremo, somos unos eurosumisos. Si aceptamos las disposiciones de un Parlamento burgués, nos falta masculinidad.

No podemos ni imaginar lo felices que seríamos si secretáramos la cantidad de testosterona adecuada a cada circunstancia. Nuestros problemas desaparecerían. Nos llevaríamos todos los mundiales, la Copa Davis y el Tour, conservaríamos el imperio y habríamos abolido las clases. ¿O no?

Seguro que ha habido situaciones en las que hubiera sido deseable echarle más arrestos, pero la buena voluntad no es un sustituto perfecto de la habilidad. Pruebe a medirse con Garri Kaspárov. Por muy motivado que esté, le dará mate rápidamente.

Es verdad que por sí sola la pericia tampoco garantiza nada. Andre Agassi tiene un talento indiscutible. En sus memorias cuenta cómo desde niño lo aprovechaba para embaucar “tontos”. Se apostaba delante de una pista en su club de Las Vegas y, cuando cruzaba “algún adolescente engreído o algún invitado borracho”, preguntaba “con voz lastimera” si quería apostarse unos dólares. No levantaba ni medio metro del suelo, así que siempre había alguno que aceptaba. El incauto no sabía todavía de qué iba la cosa cuando Andre ya estaba sirviendo la pelota de partido.

A los 16 años se hizo profesional. La prensa lo señaló como el salvador del tenis americano. “Mi drive crece cada vez más”, escribía. “Las bolas atraviesan a mis rivales. Todos se vuelven a mirarme con incredulidad: ¿de dónde coño ha salido eso?” Se volvió un icono. Millones de adolescentes imitaban su melena de mechas decoloradas, sus vaqueros cortos, sus piercings. En 1992 conquistó Wimbledon, pero también sufría derrotas dolorosas. No progresaba como quería, se venía abajo de repente, dudaba.

Un día le sugirieron contratar como entrenador a Brad Gilbert. Lo conocía bien, se habían enfrentado a menudo. Si Andre era el ejemplo vivo del tenista que jugaba por debajo de sus posibilidades, Brad era la encarnación del que lo hacía muy por encima. Sus aptitudes eran limitadas, pero las suplía con astucia. No superaba a sus rivales, los desesperaba. Así había llegado a encaramarse al número 4 del circuito. Su filosofía está resumida en un libro cuyo título lo dice todo: Ganar feo.

Andre accedió a cenar con él y Brad le dio un baño de realidad. Le dijo: estás persiguiendo algo que no existe, la perfección. Le dijo: habrá cinco veces al año en que te levantes a tope, pero no son esas cinco veces las que te harán campeón, sino las otras. Le dijo: no hace falta ser genial todo el tiempo; si mantienes tu juego a un 50%, pero tu cerebro a un 90%, acabarás triunfando.

Antes de llegar a los postres, Andre le preguntó: “¿Cuándo empezamos?” Fue un acierto. Con Brad conquistó seis de los ocho Grand Slam que adornan su palmarés.

Los estoicos distinguían cuatro virtudes: sabiduría, valor, templanza y justicia. La excelencia consiste en practicarlas todas simultáneamente. Sin coraje no se puede ser ni buen tenista ni buena persona, pero únicamente con él no se llega lejos. Un general que muestre arrojo bajo fuego real, pero que ignore el abecé de la estrategia no logrará muchas victorias. Y un político que incite a desobedecer las sentencias o las leyes de las que discrepa no será nunca un gobernante aconsejable, por más huevos que le eche.

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