La materia más dura

En promedio, todos somos sujetos promedio, pero para levantarnos cada mañana necesitamos pensar que somos mejores.

El ciudadano de a pie es casi tan bueno como cualquier experto determinando cuándo un medio de comunicación es de fiar y cuándo no. Gordon Pennycook y David G. Rand, dos investigadores norteamericanos, seleccionaron una muestra de internautas y les pidieron que evaluaran el rigor de 60 webs: desde la BBC a la Fox, pasando por el New York Times, el Washington Post o Breibart. Luego cotejaron su puntuación con la asignada por “ocho verificadores [fact-checkers] profesionales” y comprobaron que hay “una correlación positiva muy elevada” y “una coincidencia llamativamente fuerte”.

¿Qué lleva entonces a alguien a entrar una y otra vez en una página que sabe que le engaña? Pennycok y Rand no lo dicen, pero la idea evangélica de que la verdad nos redime de nuestros prejuicios y nos hace libres es una exageración bienintencionada. No vivimos en el error por ignorancia, sino porque de algún modo nos encontramos a gusto en él. “La mentira”, dice Jorge Luengo, “es un acto de cooperación entre el mentiroso y el que le escucha”. Luengo sabe bien de qué habla. Se gana la vida montando números de magia y la complicidad del espectador es esencial para mantener la ilusión. “Sé que no te esperabas que te dijera esto, que si te han mentido tú has sido en parte culpable, pero párate a pensar y dime cuántas veces sabías que algo no podía ser cierto y aun así has hecho por creértelo”.

Fuera del escenario las cosas no son distintas. Cuando hace unos años entrevisté al economista Tyler Cowen, me desaconsejó sobre todo ser calculador, preciso, recto. “Asusta a los demás”, me dijo. En ocasiones, lo más racional es no ser racional. “Uno debe repetirse constantemente que su pareja es la mejor y su matrimonio es el más feliz, y algún día quizás logre que lo sean”. Y no solo hay que repetírselo de los otros, sino de uno mismo. Autoengañarse ayuda a prevenir la depresión. “En promedio, todos somos sujetos promedio, pero para levantarnos cada mañana necesitamos pensar que somos mejores”.

El problema es que, para tomar buenas decisiones, conviene ser realista. ¿Cómo se resuelve esa contradicción? “No se resuelve”, dice Cowen. “Hay que vivir con ella”. En una de las entrevistas que concedió cuando acudió a Madrid a presentar Descubre al economista que llevas dentro, a Cowen le preguntaron qué autor le había influido más. “Cervantes”, respondió. “Don Quijote […] vive fuera de la realidad, pero gracias a ello tiene una energía de la que el resto de los personajes [de la novela] carece. No se conoce a sí mismo y, en cuanto se vislumbra, se desanima. La materia más dura es siempre uno mismo”.

Naturalmente, a nuestro lado cabalga un leal escudero que procura devolvernos los pies al suelo, pero, como al fact-checker, le hacemos un caso relativo. “Hay que ser a un tiempo Quijote y Sancho”, aconseja Cowen. “Te proporciona una suerte de paz”.

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