La leyenda de la obsolescencia programada

¿Por qué nos duran cada vez menos los electrodomésticos?

“La esperanza de vida de los productos se reduce cada vez más, y no es por casualidad”, denuncia Sara Escudero en La Sexta, y acto seguido enumera lo rápido que “se estropean” una serie de dispositivos. No repito sus cifras, porque no coinciden con las que he podido encontrar, pero la tendencia está clara. Un análisis del Öko-Institut para la Agencia Federal del Medio Ambiente de Alemania concluyó que la lavadora que en 2004 se desechaba a los 16 años, en 2012 se sustituía a los 13,7. La televisión de tubo duraba 12 años, pero la de pantalla plana se jubila a los seis. Y lo del móvil es aún más escandaloso: no pasa de los tres.

“No siempre fue así”, argumenta Escudero, y señala cómo las medias de nailon eran casi irrompibles y las bombillas alumbraban décadas. “Hay una en un parque de bomberos de California que sigue encendida tras más de 120 años”. Tiene hasta su propia web: La Luz Centenaria.

¿A qué se debe este acortamiento? La explicación de La Sexta es, naturalmente, el sistema. Los rapaces empresarios proyectan sus artículos para que se autodestruyan al cabo de un tiempo y obligarnos así a comprar más. El fenómeno se llama obsolescencia programada y está históricamente documentado. En 1925, Osram, General Electric y otras marcas constituyeron el cartel Febo y acordaron que las bombillas se fundieran a las 1.000 horas. Se inspiraban probablemente en la industria del automóvil, donde era habitual introducir cada temporada algún cambio para, en palabras del diseñador Brooks Stevens, “instilar en el cliente el deseo de poseer algo un poco más nuevo, un poco mejor y un poco antes de lo preciso”.

El problema de esta obsolescencia programada es que es muy inestable. Solo funciona donde los oligopolios campan a sus anchas. Esto no es fácil. En un mercado libre siempre surge un oportunista que aprovecha para bajar precios o dar calidad, como los fabricantes escandinavos que en 1930 desafiaron a Febo. También Volkswagen se rio en 1959 en las barbas de los grupos estadounidenses con una campaña publicitaria en la que afirmaba: “No vamos a cambiar un coche por el capricho de cambiarlo”.

¿Por qué se estropean más los electrodomésticos, entonces? En realidad, no “se estropean”, como afirma Escudero. Se desechan, lo que no siempre implica que estén rotos. “Más del 60% de las televisiones de pantalla plana se reemplazaron en 2012 simplemente porque el consumidor quería un producto mejor”, sostiene el Öko-Institut. En el caso de los móviles, en apenas el 9% de los cambios se alegó alguna deficiencia de la batería. El deseo de estar a la última afecta incluso a la lavadora y la nevera: “casi un tercio de las compras se llevan a cabo para sustituir un aparato en perfecto uso”.

Esto no significa que los servicios de competencia deban desentenderse de lo que maquinan las compañías. Hay que mantenerse alerta porque, como observa Adam Smith, las reuniones de operadores de un mismo sector terminan a menudo “en una conspiración contra el público o en alguna estratagema para subir los precios”.

Pero los primeros responsables de la creciente rotación somos los consumidores. A menudo obramos inducidos por los avances: aunque nunca hubiera habido un cartel de la bombilla, nadie tendría hoy colgada en su casa la Luz Centenaria porque no da más que cuatro miserables vatios. Sin embargo, también nos dejamos llevar por las modas y arrinconamos teléfonos o portátiles que van como un tiro porque no tienen pantalla infinity o pesan 300 gramos más que el último ultrabook. El directivo del Öko-Institut Rainer Griesshammer cree que la mala conciencia que esto nos genera explica en parte la popularidad de la teoría de la obsolescencia programada. “Cualquier remordimiento”, escribe, “se ve acallado por la convicción de que [el dispositivo] habría fallado en cualquier caso”, y no por casualidad.

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